Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Vili intervino antes de que comenzara una auténtica pelea a puñetazos. Los amenazó a grito pelado con prohibirles para siempre la entrada en su Academia, golpeando el suelo con el tacón de sus botas y batiendo palmas igual que el maestro de ceremonias de un circo para niños desquiciados.
Casi media hora después, cuando los ánimos se fueron calmando y todo el mundo volvió a sentarse en su sitio, el espacio estaba cargado de pesimismo y de un inevitable rencor, espeso y maloliente, que llevaba tiempo esperando su turno y ensuciaba el aire.
– La vida es un asco -dijo en voz alta Miguel Acebo, un funcionario del Ministerio de Agricultura que frecuentaba con asiduidad la Academia.
– Sí, desde luego. Un asco… -coreó la mayoría del auditorio.
Entonces, Vili se enfureció de verdad. Era la primera vez que los concurrentes lo veían así de enfadado. Lo que le ocurría, pensaba él entretanto el corazón le latía con fuerza, era que Valentina, su mujer, lo había cocido antes de salir de casa aquella tarde y, luego, en la Academia entre unos y otros lo habían asado.
Ya no podía más.
Empezaba a estar sobradamente harto. ¿Qué era él, después de todo? ¿Un filósofo, o un pobre idiota ingenuo? Sintió un espasmo nervioso en el voluminoso estómago. El dolor le hizo doblarse sobre la cintura.
¿Pero qué estaba haciendo, por el amor de Dios? Él era rico, podía ir donde quisiera, hacer lo que le viniera en gana. Dejar a su mujer plantada, con todo su equipaje de neurótica amargura y desencanto. No tenía más obligaciones que las que él mismo se había creado. Ni horarios, ni jefes. Ni siquiera hijos naturales. Podía viajar más a menudo, comer en restaurantes exóticos de países lejanos, leer a Séneca frente al mar de Japón, dejar de buscar el diálogo con los demás e intentar a hablar sólo consigo mismo.
– De modo que la vida es un asco… -rugió, y se hizo un silencio absoluto-. ¿Por qué seguís vivos, entonces? Nada os complace. No conseguís hallar la felicidad. La vida no os parece suficiente recompensa. ¿Qué hacéis aquí, pues?
Los contertulios estaban mudos y lo miraban con tanta atención como si lo estuvieran vigilando.
– Escuchadme bien porque voy a contaros una historia. Es una historia que aprendí de Plutarco. En los viejos tiempos, ésos a los que siempre os remito cuando quiero que aprendáis algo sobre vosotros mismos, hubo un ciudadano llamado Timón que un día decidió subir a hablar a la tribuna. -Vili sacó un pañuelo de papel arrugado del bolsillo de su pantalón y se secó con él el cuello. Estaba sudando y le temblaban las manos-. Se hizo un gran silencio, porque el hecho de que Timón se decidiera a hablar no era nada habitual, de modo que todos contuvieron la respiración y lo escucharon. Y Timón les dijo: «Tengo un solar, oh, atenienses, y en él creció una higuera en la que se han saboreado muchos ciudadanos. Como he decidido edificar en aquel sitio, me ha parecido conveniente advertirlo en público para que, si alguno de vosotros quiere ahorcarse, lo haga antes de que arranque el árbol». -Hizo una pausa y observó en derredor suyo el amontonado conjunto de rostros serios e intrigados-. Pues bien, esta Academia es mi higuera, amigos míos, todos vosotros habéis disfrutado de ella a lo largo de los dos años que lleva abierta, pero hoy, esta misma noche, he decidido cerrar el local, talar mi árbol. Antes de que eso ocurra, aquí la tenéis todavía. Si alguno de vosotros quiere ahorcarse, puede hacerlo ahora mismo. Mañana será tarde.
Mañana, pensó, haría las maletas y cogería un avión rumbo al otro lado del mundo. Cuanto más lejos de Madrid y de la Academia, de Valentina y de la lluvia, mejor.
Sí. Mucho mejor cuanto más lejos.
Se dio la vuelta en dirección a su asiento. Se sentía cansado y abatido, una isleta despoblada en medio de un mar hostil, erosionada por el salitre y envuelta en la luz sucia de los verdosos ocasos solitarios.
Ni siquiera vio al hombrecillo que, a espaldas suyas, se levantaba de su silla, avanzaba temeroso y falto de estilo, pero con una mirada decidida, entre los asientos que rodeaban el suyo y, a una distancia de menos de dos metros de Vili, proclamaba con una voz arrulladora, casi femenina:
– Gracias por prestarme su higuera, señor.
Luego sacaba un diminuto revólver del bolsillo de su gabardina, un artefacto que parecía de juguete, y antes de que casi nadie lograra darse cuenta de lo que ocurría, lo acercaba a su sien derecha.
Vili se volvió cuando oyó un chillido de Gabriela. Le sobresaltó el timbre histérico y alarmado de aquel alarido. El hombrecito cerró los ojos y se disparó.
Pero la bala no salió por la sien izquierda del desconocido, tal y como él debía tener previsto. Tampoco se quedó atrancada contra algún mal pensamiento, o un hueso inusitadamente robusto dentro de su pequeña cabeza.
No ocurrió nada de eso. No hubo sangre derramada, ni tragedia irreparable. No hubo agonía. Aunque sí hubo delito: intento de suicido (en algunos países, ¿castigará la ley esta infracción con la pena de muerte?).
No, no hubo nada de todo eso porque otra mano se cerró con rapidez y firmeza sobre la mano del suicida, y desvió la bala hasta el techo: una mano atenta al servicio de un ojo raudo.
SEGUNDA PARTE LO QUE TENEMOS
LA CULPA
Penélope cree que la vida es una lucha a brazo partido contra la culpa, la obligación, la angustia, el miedo a lo desconocido, la dependencia, los deseos de justicia, el temor, la preocupación, la postergación, la falta de amor por uno mismo y la absurda inclinación a vivir en el pasado que a todos nos invade de cuando en cuando.
Una lucha contra todo eso y contra algunas cosas más. Para combatir a tantos enemigos en su vida personal, y en la profesional, se rige por las reglas del arte de la prudencia de Gracián. Su padrastro le había regalado el OráculoManual cuando cumplió dieciséis años, pero ella no supo extraer enseñanzas del libro -ni de ése ni de ningún otro, dicho sea de paso- hasta casi veinte años después. Entonces no sabía nada. Puede que ni siquiera supiese leer. O por lo menos, no sabía lo que leía, ni lo que veían sus ojos o tocaban sus manos. No se enteraba de nada. Estaba poseída por esa descabellada glotonería existencial de la juventud para la que todo es apetito, ansia, derroche y sueño.
Ahora, sin embargo, sí que sabe. Penélope sabe algunas cosas. No todas, ni falta que le hace, pero las suficientes como para ir tirando.
Sabe que es necesario elegir bien a los amigos y a los enemigos, y saber valerse de ambos. Que hay que actuar siempre como si nos estuvieran viendo. Que hay que dejar a los demás con deseo de nosotros, y no saciarlos jamás. Que no debe engañarse sobre ella misma ni sobre nadie. Que debe conocer bien sus defectos y no explicarse con demasiada claridad, porque la mayoría de las personas no valoran lo que entienden y veneran lo que les resulta indescifrable. Penélope ha aprendido el arte del disimulo, porque ser transparente en un mundo despiadado significa no tener futuro: por eso es necesario enmascararse a menudo. En plena selva, los insectos más frágiles sobreviven camuflados entre la vegetación, los verdes confundidos sobre las hojas verdes, y envueltos en las podridas los del color de la carroña.
Penélope ha aprendido a tener buen sentido. Más vale un grano de buen sentido -decía Baltasar Gracián- que montañas de inteligencia.
Ha aprendido a tener gusto y cuidado al hacer las cosas, a tener valor, celo y cordura. Y, sobre todo, a saber esperar.
Desde luego que sí. Penélope sabe ahora al menos un par de cosas.
Hace apenas unas horas que ha vuelto de París. El París del Sena y de Christian Dior, el París huraño y de cielos andrajosos cosidos al bies a modo de sedas grises que languidecen elegantemente mientras impiden que el sol se vea. Ha estado allí seis días en calidad de nueva wonder girl de la moda española, intentando no pestañear ante la estatura de las modelos, tratando de parecer desencantada, dura y visionaria, tal y como todos esperan que sea. Los desfiles han sido un éxito. Sus diseños hablan el lenguaje de las flores y tienen la gracia natural de algo que va más allá de lo puramente contemporáneo. Las levitas de tusor blanco, las chaquetillas de shantung por debajo de la cadera, los otomanes labrados, el lamé de las camisas escotadísimas, la falla y el gazar volaban sobre los talles de las modelos, ajustándolos, insinuantes y osados, haciendo creer a la gente que, más que vestidos, eran vaporosas plumas o pieles nacidas junto a los mismos cuerpos.
Una estilista del Vogue francés le preguntó dónde había hecho el training. ¿Chez Nina Ricci?, ¿o quizás en Balenciaga? Su jefe arrugó los labios y fulminó a la mujer con la mirada. Penélope sonríe al recordar la injuria tatuada en su vieja cara. La idea del crimen flotó en el aire alrededor del hombre hasta que la señora decidió darse la vuelta y alejarse para hablar con un conocido.
Y es que todo París ha estado de acuerdo: sus creaciones son únicas, incluso provocadoras, porque Penélope sabe lo que se hace. «En estos tiempos en los que ya lo hemos visto casi todo, y no sólo en el mundo de la alta costura, sino en todas las artes -afirmó en su columna diaria una famosa cronista de moda parisina-, la única provocación posible es la inteligencia, por eso hay tan pocas provocaciones hoy día. Penélope Alberola Gordón, amigos lectores, es verdaderamente una de ellas.»
Ah, quizá no fuera inteligencia después de todo, pensó entonces Penélope, pero desde luego sí que era buen sentido, su buen sentido. Y se sintió orgullosa de ella misma.
Han sido seis días muy intensos, pero aun así ha tenido tiempo para un breve romance con un cazador de tendencias rubio y fornido, pero bastante distraído, de Future Concept Job.
Se llamaba Jeremy y era diez años menor que ella. Hacía dos que trabajaba como coolhunter en Milán, donde estaba su empresa, y acababa de regresar de Tokio. Fumaba mucho, tomaba fotos a cada momento (apenas dejó la cámara tranquila las tres veces que se metieron juntos en la cama, y luego ella tuvo que robarle los tres carretes de fotos a escondidas, mientras él dormía), y terminó por mancharse de coñac la preciosa camisa de color celeste que llevaba puesta. Penélope llegó a pensar que estaba acostándose con una versión algo mejorada de Mr. Bean, o de Mr. Magoo, y la idea no le hizo ninguna gracia. Cuando volvió a Madrid, ni siquiera se despidió de Jeremy.