Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
– ¿De verdad no te molesta tenerla contigo?
– No, no me molesta. Sólo hay que recordarle la hora de las medicinas y el color de las pastillas correspondientes. Por lo demás, es una señora muy agradable.
– Sí -Vili asintió con tristeza-. Es la única mujer de su familia que aún está en su sano juicio. Porque Valentina, su hija…, bueno, te lo puedes imaginar. Y Penélope… ¡Ah, mi niñita, mi Penélope! ¿Qué le pasa a mi niña? ¿Por qué está tan desconcertada? Me pregunto qué les ha dado a las dos, a la madre y a la hija, si es que les ha dado algo.
– Ya se les pasará -aseguró Ulises, tranquilo.
– Ya no estoy muy seguro de que esto se vaya a pasar. Esto es como la lluvia, interminable. Sea lo que sea. Por lo menos no se va a pasar dentro de poco. Y hablo sobre todo, de Valentina. En Penélope confío, siempre he confiado en ella, es mi niña y nunca me ha decepcionado. No espero que lo haga ahora. Sin embargo a veces noto que está tan lejos de mí, que se ha distanciado tanto que… No sé, Ulises.
Ulises negó parsimoniosamente con la cabeza.
– Hay que darles tiempo, quizás.
Notaba a Vili más cansado que nunca, tan nervioso que a veces su pensamiento se quedaba un poco rezagado respecto a sus palabras y era como si hablase con puntos suspensivos todo el rato.
– Me parece tan triste que mi mujer no sea capaz de llevarse bien con su madre… Hace mucho tiempo que yo no tengo madre, y no me importaría nada tener una ahora, cuando quizás estoy más en disposición de entenderla. Pero, ya ves. -Dio un sorbo a su café y se quejó por lo bajo de que estaba ardiendo-. Araceli podría estar en casa con nosotros. No hay ninguna necesidad de que tú cargues con una anciana. Sé que no nadas en la abundancia precisamente. -Vili sacó una chequera y garabateó una cifra, luego firmó el cheque-. Toma, creo que… creo que con esto cubrirás algunos gastos por ahora. Por si necesitas llamar a una señora para que te ayude con la limpieza, y todo eso.
Ulises recogió el cheque con gran naturalidad, sin mirarlo siquiera y sin molestarse en hacer una pantomima de rechazo del dinero. Tampoco dio las gracias.
– No me sobra, Vili, pero tampoco me falta. No te preocupes.
– ¿Cómo ha ido la exposición aquella de la que me hablaste? Me refiero a la que te hicieron en Valencia. ¿Has vendido mucho?
– Lo bastante para tirar por una temporada.
– Me alegro.
– Sí -dijo Ulises.
Cuando volvieron a la Academia, los asistentes eran prácticamente los mismos de un rato antes. Casi nadie se había ido a sus casas todavía, pero Ulises consiguió una silla gracias a que su amigo Jorge le había guardado la suya mediante el expeditivo método de estirar las piernas sobre ella y negarse en redondo a cedérsela a las dos o tres personas que se la pidieron, entre ellas una señora con muletas y cara de pocos amigos, vestida con una especie de gabardina hecha de lo que semejaba vinilo marrón, muy tiesa y llena de roces. Jorge pensó si no se la habría confeccionado ella misma utilizando algunas maletas viejas y una máquina de coser a pilas. Le dio un poco de pena, pero no soltó la silla.
El aire olía a humedad allí dentro, aunque no hacía frío. Había una atmósfera caldeada que apestaba a tabaco, casi igual a la de esas grandes y desmañadas aulas universitarias con los techos altísimos, la escayola herrumbrosa y cuarteada alrededor de una lámpara de baratillo, las paredes enjalbegadas con desgana -como si la pintura se hubiera ido aguando a medida que se agotaba el presupuesto, dejando rodales más claros cerca de los rodapiés-, y un montón de chicles descoloridos de tan chupados debajo de los asientos.
– ¿Qué tal? -le preguntó Ulises a Jorge una vez se hubo sentado a su lado.
– Pues ya ves.
– ¿Crees que una mujer puede alcanzar la felicidad viviendo con dos maromos a la vez? -le guiñó un ojo-. ¿Has sacado alguna conclusión sobre la poligamia femenina durante el descanso?
– Sí.
– ¿Cuál?
– Pues verás, creo que no hay Dios, y que la conversación es un arte moribundo.
Ulises sentía las manos pegajosas. Se las secó contra los pantalones vaqueros.
– Joder -respondió.
– No te alteres, sólo citaba a Raymond Carver. -Jorge bostezó y le echó un vistazo a su reloj.
Su amigo lo miró pasmado.
– No sabía que leías.
– No mucho. Pero soy un solitario. Me da tiempo a hacer de todo, incluso llevo una vida sexual de lo más interesante. Conmigo mismo, por supuesto. Tiene la ventaja de que nunca me tengo que dar estúpidas explicaciones sobre qué he hecho y dónde he estado. Y además, no hay ni que decirlo, jamás me engaño.
– Buen método, amigo.
– Hago lo que puedo por ir tirando.
– Sí. Claro. De algo nos tiene que servir lo que aprendemos aquí, ¿no?
– Pues sí, la verdad es que aquí he aprendido muchas cosas.
– Esta Academia no es mal sitio -asintió Ulises.
– Desde luego que no. Además, no sé de ningún otro lugar en Madrid al que uno pueda ir a estas horas, conseguir que lo escuchen y no tener que pagar ni un céntimo por ello. Es bastante mejor que un puticlub, y nunca sales borracho.
– Por eso siempre hay tanta gente aquí, porque es gratis.
Jorge se alisó las perneras del pantalón en la zona de las rodillas con el mismo cuidado que si estuviera doblando la servilleta del desayuno.
– Mireia se ha largado -dijo.
– Qué pena. Me gusta esa mujer. Y me encanta que defienda la poligamia femenina.
– A ti te gustan todas, Ulises.
– ¡Como a ti!, ¿o no?
– Todas todas, no.
– Pero la mayoría.
– Sí, bueno. Tal vez la mayoría.
– Pues ahí lo tienes.
– De todas formas -Jorge entrecerró los ojos soñadoramente; pronto los abrió del todo para fijarse de forma momentánea en la cercana figura de un hombrecillo mustio-, con Mireia no tienes nada que hacer, chaval. Te lo digo para que no andes perdiendo el tiempo. Ésa no dejaría que la tocaras ni metiéndote antes las manos en la freidora. Está casada, y bien casada.
– Pero, Jorge, la chica es una ardiente defensora de la poligamia. Su marido y yo podríamos llegar a un acuerdo -bromeó Ulises. ¿Bromeó?
– Bueno, en ese caso…
Reanudaron la sesión. Cambiaron de tema. Mireia ya no estaba presente y Jacobo había perdido gran parte del interés por su cruzada contra la poligamia femenina después de tomarse tres gin-tonics en un bar cercano, en compañía de su amigo Manolo y su primo Martín.
Pero los ánimos estaban aún revueltos.
– Mire usted, don Vili. -Una señora se puso en pie. Era gordita y no muy mayor. Tenía la piel de la cara encarnada y llevaba un gorrito impermeable que, sobre su cabeza, parecía el sombrerete de un champiñón-. Yo no consigo alcanzar la felicidad, ni a través del bien ni a través del mal. Mi marido está paralítico desde hace cinco años.
– ¡Oh, cielos! -Alguien sentado a su lado le preguntó-: ¿Un accidente de tráfico?
– No, no… -contestó ella-, se desnucó en las escaleras de casa mientras tratábamos de grabar un vídeo doméstico gracioso para un concurso de la televisión.
– Cuánto lo siento, señora.
– Más lo siento yo.
– ¿Ganaron el concurso, por lo menos?
– Siií -la mujer vaciló-. Nos dieron el premio, pero era poca cosa; mi marido perdió su empleo y yo tuve que ponerme a trabajar. Él era camionero. Yo limpio pisos por horas. Él está ahora en casa, y yo me paso los días en la calle. Y la felicidad, ¿dónde está?
– Buenobuenobueno, ¡ya empezamos con los dramas personales! -se quejó Johnny Espina en un puro aullido-. Este… vamos a centrarnos en el tema y a dejar de lado las intimidades, porque si yo contara mi caso… o sea, el expolio a que fue sometida mi tierra americana a manos de España, la madre patria, que la saqueó, la violó, la exprimió, le dio por culo…
Alguien dijo que estaba hasta las narices de oír a Johnny quejarse, que si tanto odiaba a España podía volverse al sitio de donde había salido y no volver nunca más.
– ¿Quién ha dicho eso? -Johnny se levantó y escudriñó unos cuantos rostros, enrabiado-. ¿Quién ha sido?
Hipólito Jiménez se puso en pie.
– He sido yo -dijo con sencillez.
– ¡Ah, claro! El hijoputa…
Hipólito salió de detrás de una fila de sillas llena de gente que miraba a los dos rivales con cara de sobresalto e interés, igual que espectadores bronceados en un partido de tenis.
– Oye, Johnny… -dijo el chico.
Sus espaldas parecieron aún más anchas de lo que ya eran debajo del jersey verde de lana rústica que se había puesto. Aparentaba ser un campesino extraviado en el centro de una ciudad en la que sólo hubiera ruido, indiferencia y avidez.
En su asiento sobre la palestra de la estancia, Vili cerró los ojos, desmoralizado. ¿Pero qué les pasaba a todos últimamente? ¿Sería la lluvia? ¿El mal tiempo acabaría por volverlos locos de remate?
– ¡Tenías que ser tú! -cloqueó Johnny-. ¡Pagad de una vez la Deuda Histórica! Todo lo que nos habéis robado.
– Yo no le he robado nada a nadie -gimió Hipólito-. Yo soy pintor, ¿sabes? Nací en el año mil novecientos sesenta y nueve.
– Hijo de padre desconocido.
– … No estaba allí cuando el jodido Colón descubrió América. -Suspiró y se acercó balanceándose amenazadoramente hasta donde estaba Johnny-. ¡Dios! ¡Ojalá el puto Colón se hubiera quedado quieto y no hubiera ido a ninguna parte! Así, ahora yo no tendría que estar aquí, pagando sus jodidos errores de navegación.
– ¿Qué dices? ¡Pagad la Deuda…!
– ¡No tendría que aguantarte a ti!
– Quieto ahí -le ordenó Johnny-. No te acerques a mí o llamo a la policía.
– Llámala. Mientras no venga en barco… En carabela, quiero decir…
– No me des golpes bajos, cabrón -bramó Johnny..
– Sólo los lanza a tu altura, capullo… -chilló histérico alguien más a sus espaldas.