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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– ¿Apariencia?, ¿quién piensa en la apariencia cuando apagas la luz y dejas que el barrigón medio cegato de tu marido se te ponga encima y te aplaste? -Talía señala acusadoramente a Eufrosina.

– Realmente, es lo primero que oigo… -Penélope da un trago. Siente que sus dientes, al igual que el martini, también acaban de emerger del hielo-. Y eso que, en el mundo en el que yo me muevo, se oyen cosas que…

– ¿Para esto hemos hecho una revolución sexual? -Aglae da un gritito nervioso y se revuelve en el sofá. Es delgada, y en cierto modo gentil, piensa Penélope, a pesar de ese aspecto que tiene de haber sido frotada, de arriba abajo y no hace mucho, con un paño humedecido-. ¿Para esto fuimos a la universidad, y luego hicimos carrera, y mientras tanto dejamos que un montón de salidos, con granos y halitosis y pichas cortas y mugrientas nos metieran mano con la excusa de la dichosa revolución de mierda? ¿Eh, eh? ¿Para esto? ¿Para acabar dejando que un cretino de bisturí fácil nos recorte y liposuccione el origen del mundo?

– ¿El qué? -pregunta Eufrosina.

– El coño. El origen del mundo es el título de un cuadro, de Gustave Courbet -explica Penélope, muy seria-, en el que aparece un coño. Negro y peludo.

– Ah, por un momento…

– ¿Para esto nos hemos deconstruido y vuelto a reconstruir, y nos hemos psicoanalizado y arruinado pagándole al jodido psicoanalista que, al final, no ha sacado nada en claro? ¿Para acabar otra vez mutiladas? ¡Hasta cuándo las mujeres vamos a ser tan tontas como las mujeres!

– Ah, ah… -susurra Penélope, con voz ronca-. Oh, ah…

– No somos más de lo que somos, ¿verdad? -Talía se levanta y da una vuelta por el salón. Busca un vaso limpio con expresión distraída hasta que consigue uno del aparador y sonríe igual que si acabara de tropezarse con un tesoro perdido.

Eufrosina está sentada cómodamente, tiene una apariencia entre estúpida y misteriosa, y no parece muy avergonzada a pesar de la regañina de la que está siendo objeto.

– ¿Y qué me decís del sexo oral? -pregunta. Mira de forma pícara una por una a sus amigas, y por último a Penélope.

– ¿Anal? -Valentina se toca la nariz, despistada.

– No, oral, oral, oral. Sexo oral.

– ¿Sexo oral? ¡Válgame el cielo! -Aglae arruga el ceño y sus pupilas se contraen felinamente-. Para el bestia de tu marido seguro que sexo oral quiere decir hablar un poco del tema antes de entrar al ajo. Algo así como: «¿Eufrosina, qué te parece si te la meto?». Para Eugenio eso es sexo oral, ni más ni menos.

– Bueno, pero…

– Para eso no necesitabas hacer papiroflexia con tus labios mayores y menores -asiente Talía.

– Lleváis razón -dice Valentina-. Estoy absolutamente de acuerdo.

– Cristo bendito… -Penélope vuelve a dar un trago. Ya casi ha terminado su copa. Podría beberse otra. O dos.

– Pero… y si una tiene una aventura, y si una encuentra a alguien que quiera practicar con una el sexo oral de verdad.

– Yo detesto francamente el sexo oral. De verdad.

– ¿Por qué?

– Bueno, no todo. Puedo soportar que un hombre me haga un cunnilingus, pero después de nuestra maldita revolución sexual… ah, ya no. Ah, no. Ni hablar. Ya tuve bastante en su día. -Aglae mueve la cabeza a un lado y a otro-. Nunca me gustó ser una chupapollas. Odio las felaciones con toda mi alma. En realidad, siempre las he odiado, incluso entonces, cuando era revolucionario hacerlas y todas nos sentíamos obligadas a decir lo mucho que nos gustaba. Las odio.

– ¿Y eso?

– Figúrate. Sólo ver un pelo en el plato de la sopa ya me pone histérica.

– En fin, pero, insisto… -dice Eufrosina.

– ¿En qué insistes, en tratar a tu coño como si fuera el bajo de tu falda, doblándolo y desdoblándolo cada dos por tres? Para ya, Eufrosina, detente. Deja de cometer actos terroristas contra tu cuerpo. Porque, de hecho, no creo que los resultados merezcan la pena. -Talía se inspecciona las uñas mientras habla pausadamente-. Eres un mal ejemplo para el género femenino. Las mujeres estamos obligadas a ser lo contrario que tú eres.

– Pero no, bueno, esto… Quiero decir…

– Eufrosina, ¿cuándo aprenderás?

– Quiero decir que, aunque no se vea, lo que tenemos debajo de las bragas es importante.

– En tu caso, cada vez menos.

– No sé… -Eufrosina da un resoplido, canturrea-, a mí me gusta cómo me ha quedado. Y, cuando lo tenga un poco menos grueso…

– Pero, pero, pero… -Aglae se pone de pie. Se levanta la falda.

Lleva unas bragas altas, de encaje rosa, caras y de buena calidad, pero de línea anticuada. Está tan delgada que parece que no tuviera caderas, como si también a ella alguien se las hubiera recortado. Penélope piensa en una muñeca sin piernas, que sólo tiene tronco. Un tronco alargado, de plástico, enfundado en unas horribles bragas de encaje rosa y de línea anticuada.

¿Y qué hace ahora? ¿De verdad está bajándose las bragas? La falda se le escurre sobre las rodillas y, por un instante, Penélope no puede ver nada más. Pero la mujer decide que la falda es un estorbo, así que se desabrocha la cremallera y se la saca por los pies, la pisotea un poco y luego le da un puntapié para ponerla a un lado. Libre ya de ella, todas pueden ver cómo ahora se desembaraza de las bragas, que salen despedidas y llegan cerca de la enorme mesa de cristal del salón. Están arrugadas con descuido cerca de la pata de la mesa, poco estéticas y acusadoras, parecen decirle a Aglae: «Todavía no puedo creer que me hayas dado la patada de esta manera, que me hayas echado fuera de ti sin contar conmigo, y sin que esté sucia todavía». Todas pueden verle a Aglae el monte de Venus inesperadamente tupido, en forma de triángulo isósceles invertido, en el que predomina el color negro, aunque veteado de brochazos plateados que van siendo más importantes, y clareando el pubis, a medida que la mirada se escurre hacia abajo, al vértice del triángulo.

– ¡¿Qué tiene de malo esto, eh?! ¿Me lo queréis decir? -Aglae señala su entrepierna con un dedo índice agarrotado, tembloroso. Se despatarra en medio del salón como una amazona.

Se miran unas a otras.

– Nada -dicen a coro.

Penélope puede verle el trasero caído, aunque armonioso, y unos complicados pliegues de piel chupada adornando su cintura, como si fueran los restos apergaminados de una partida de carne desecada expuesta desde hace mucho a la intemperie.

– ¿Es poco apetecible? ¿Ya no lubrica como antes? ¿Pérdidas de orina? ¿Mínimos niveles de estrógenos y progesterona? ¿Sequedad? ¿Tirantez? ¿Dolor?

– Nooo…

Lo peor de todo es que Aglae no está borracha, ni drogada, ni nada parecido. Lo mejor de todo es que Aglae es así. Y que no resulta grotesca, ni loca, ni obscena.

Penélope reconoce que es muy difícil pasear con gracia por un salón lleno de personas, aunque sean viejas amigas e hijas de viejas amigas, con una blusa de lunares hasta la cintura y unos zapatos de tacón mediano, el culo al aire y unos pendientes de plata y nada más encima.

Ha visto a modelos hacerlo y mostrarse intolerablemente zafias. Y eran chicas de quince, diecisiete años. Veinte, las más maduras.

Preciosidades en flor.

Ninguna tenía cincuenta y seis ni pensaba cumplirlos dentro de poco. Ninguna de aquellas muñequitas habría aguantado como la que ahora tenía delante, con el orgullo y la insolencia de atreverse a ser lo que es repercutiendo por toda su piel y su rostro, embelleciéndolos, dotándolos de una hermosa dignidad casi fiera. No, ninguna hubiese sido capaz.

Penélope se da cuenta en ese momento de lo atractiva que es la vieja bruja de Aglae, de lo verdaderamente cautivadora que es. Percibe toda su sensualidad, su feminidad, y se siente embriagada, celosa. Es una mujer deseable. Tan deseable. Tan combativa, desinhibida e inesperada. Parece limpia, parece que no oculta ninguna herida lacerante, ni por dentro ni por fuera. Penélope se da cuenta de que quiere ser como ella cuando tenga su edad, incluso ahora mismo quiere ser como ella, y querría haberlo sido en el pasado. A los diecisiete y a los veinte. Le hubiera gustado ser siempre así. Igual que esa mujer. Hermosa, muy hermosa. Tan hermosa.

– Tu coño es una maravilla -dice Talía, y se acerca más, para observarlo mejor.

– La verdad es que sí -dice Valentina. En las últimas reuniones que han tenido no ha estado demasiado habladora y, esta tarde, menos que nunca. Así que, en cuanto abre la boca, todas las demás la miran medio embobadas, expectantes-. Sí, la verdad…

– Es sólo un coño. Pero es lo que tengo. Me gusta. Y yo también a él -dice Aglae, y se sienta.

Cuando lo hace, parece que el aire se espesa con partículas de tiempo. Penélope quiere que vuelva a ponerse de pie y a pasearse a lo largo y ancho de la estancia. Si esa mujer estuviera otra vez de pie, se podría respirar mejor, piensa con una nostalgia ensimismada.

– Es horrible -exclama Eufrosina, de repente.

– ¿Quéee?

– No, no me refiero a tu coño, que es precioso, y está sin operar, no como el mío -continúa; por primera vez en toda la tarde parece un poco atribulada-, quiero decir que es horrible saber que una tiene cincuenta y seis años. Quiero decir que es terrible. ¡Cuando pienso en todas las cosas que no podré hacer ya…! Descubrir el amor, perder la virginidad, o morir joven. Quiero decir que es terrible saber que una tiene la edad que tiene y que, por mucho que se empeñe y tome leche enriquecida con calcio a diario, sus piernas ya no van a crecer más.

– Ni tu coño tampoco, así que deja de cortártelo una y otra vez. No es una estrella de mar… -le dice Talía, y saca un cigarrillo. Penélope le pide otro y los encienden a la vez-. Tenle un poco de respeto. Te ha dado tres hijos y mucho placer. Ni te plantees lo de la liposucción.

– Ah, yo qué sé.

– Y sé optimista. Puede que seas gorda, fea y menopáusica, pero ¿qué importancia tiene todo eso comparado con el hecho de que, uno de estos días, te tienes que morir?

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