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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Helen se sintió todavía más molesta por el penetrante olor a ovejas, caballos y otros animales que ascendía desde la cubierta inferior. Justo al lado y debajo de donde se alojaba la institutriz se habían instalado corrales para ovejas y cerdos, así como compartimentos para una vaca y dos caballos. Helen encontró todo ello desalentador y decidió ir a quejarse. Indicó a las niñas que esperasen en el camarote y se encaminó de nuevo hacia la cubierta. Por fortuna había un camino más corto para llegar al aire libre que el que recorría la entrecubierta y por el que habían llegado: delante del camarote de Helen unas escaleras conducían hacia arriba. Entretanto se habían colocado unas rampas provisionales para cargar los animales. En la popa del barco no se veía, sin embargo, a ningún miembro de la tripulación. Al contrario que el acceso del otro extremo, éste no estaba vigilado. No obstante, también rebosaba de familias de emigrantes que arrastraban sus equipajes a bordo y que entre llantos y gemidos se despedían de sus allegados. El ruido y la aglomeración resultaban insoportables.

Sin embargo, la muchedumbre se apartó en las pasarelas por las que se embarcaría la carga y el ganado. La causa fue fácil de reconocer: en ese momento estaban cargando dos caballos y uno de ellos estaba asustado. El hombre musculoso y de baja estatura, cuyos tatuajes en los dos brazos indicaban que pertenecía a la tripulación, se esforzaba en sujetar al animal. Helen pensó si el hombre estaría condenado a realizar esa tarea, ajena a su profesión marinera, como castigo. Era evidente que no tenía experiencia con los caballos, pues manejaba al vigoroso semental sin la menor pericia.

– Venga, diablo negro, que no tengo todo el tiempo del mundo -rugía al animal que, sin embargo, no reaccionaba ante tales palabras. Al contrario, el caballo negro tiraba hacia atrás, con las orejas gachas de enfado. Parecía en firme decidido a no poner ni un solo casco sobre la rampa, que oscilaba peligrosamente.

El segundo caballo, que Helen sólo distinguió de forma vaga detrás del primero, parecía más tranquilo. Al menos la muchacha que lo guiaba tenía más agallas. Para su sorpresa, Helen distinguió a una delicada joven vestida con un elegante traje de montar. Esperaba impaciente con la cuerda de una yegua marrón y robusta en la mano. Cuando el semental siguió sin dar muestras de querer avanzar, intervino.

– Así no se hace, ¡déjeme a mí! -Helen contempló maravillada cómo la joven lady le cedía sin más ni más la yegua a uno de los emigrantes que esperaban y le cogía el semental al marinero. Helen imaginó que el animal se soltaría, a fin de cuentas el hombre apenas si había conseguido sujetarlo. En lugar de ello, el caballo negro se sosegó enseguida cuando la muchacha acortó la cuerda con habilidad y le habló con delicadeza.

– Muy bien, ahora iremos paso a paso, Madoc. Yo voy delante y tú vas detrás. ¡Y no intentes atropellarme!

Helen contuvo la respiración mientras el semental seguía, en efecto, a la joven lady, tenso, pero portándose extremadamente bien. La muchacha lo elogió y acarició cuando ya estuvo seguro a bordo. El semental manchaba de espuma el traje de montar de terciopelo azul oscuro, pero la joven no parecía darse cuenta de ello.

– ¿Y usted qué hace con la yegua? -gritó por el contrario al marinero que permanecía abajo, con unos modales poco dignos de una dama-. ¡Igraine no le hará nada! ¡Limítese a subir!

La yegua zaina se mostraba a ojos vistas más tranquila que el joven semental, aunque también ella hacía escarceos. El marinero cogió la cuerda por el extremo. Su expresión era la misma que si estuviera sosteniendo en equilibrio un cartucho de dinamita. No obstante embarcó al animal y Helen se dispuso a presentar su queja. Mientras la muchacha y el hombre conducían a los caballos directamente por delante de su camarote a la cubierta baja, Helen se dirigió al marinero.

– Es probable que no sea culpa suya, pero alguien debe tomar cartas en este asunto. Es imposible que nos instalemos junto a los establos. ¡El olor es tan molesto que resulta casi insoportable! ¿Y qué sucederá si los animales se sueltan? Entonces nuestras vidas correrían peligro.

El marinero se encogió de hombros.

– Yo no puedo hacer nada, señora. Órdenes del capitán. El ganado viene. Y el reparto de camarotes es el mismo: los hombres que viajan solos, delante; las familias en el medio, y las mujeres que viajan solas, detrás. Puesto que ustedes son las únicas mujeres que viajan sin compañía no puede cambiarse con nadie. Confórmese con esto.

Corrió jadeante detrás de la yegua, que se apresuraba de forma evidente para seguir al semental y la joven lady. Ésta colocó primero al caballo negro y luego al marrón en dos compartimentos vecinos, donde los ató con firmeza. Cuando volvió a aparecer llevaba la falda de terciopelo azul cubierta de briznas de heno y paja.

– ¡Qué ropa tan poco práctica! -gruñó la muchacha, e intentó cepillársela. Luego abandonó la empresa y se volvió hacia Helen-. Siento que los animales la molesten. Pero no pueden bajar, están desmontando las rampas…, lo que no carece de peligro. Si se hunde el barco nunca podré sacar de aquí a Igraine. Pero el capitán insiste en ello. Al menos cada día se hará limpieza. Y el olor de las ovejas no es tan fuerte una vez que están secas. Además, uno se acostumbra…

– ¡Nunca me acostumbraré a vivir en un establo! -la interrumpió Helen con un tono majestuoso.

La muchacha rio.

– ¿Dónde está su espíritu pionero? Usted quiere emigrar, ¿no es así? Bueno, a mí no me importaría cambiar mi camarote por el suyo. Pero duermo arriba del todo. El señor Warden ha alquilado el camarote salón. ¿Son todas hijas suyas?

Arrojó una mirada a las niñas, que al principio se habían parapetado, prudentes, en el camarote pero ahora se asomaban con cautela y un poco curiosas al oír la voz de Helen. Daphne, sobre todo, miraba interesada tanto los caballos como el elegante traje de la joven.

– Claro que no -respondió Helen-. Me ocupo de las niñas sólo durante la travesía. Son huérfanas… ¿Y todos estos animales son suyos?

La joven rio.

– No, sólo los caballos…, uno de los caballos, para ser más precisa. El semental es del señor Warden. Al igual que las ovejas. No sé a quién pertenecen los otros animales, pero tal vez se puedan ordeñar las vacas. Entonces tendríamos leche fresca para las niñas. Se diría que podrían necesitarla.

Helen asintió con tristeza.

– Sí, están muy desnutridas. Espero que sobrevivan al largo viaje, se habla mucho de epidemias y de mortandad infantil. Pero al menos llevamos a un médico a bordo. Esperemos que domine su oficio. Por cierto, mi nombre es Helen Davenport.

– Gwyneira Silkham -contestó la muchacha-. Y éstos son Madoc e Igraine… -Presentó a los caballos con tanta naturalidad como si fueran los invitados a una reunión para tomar el té-. Y Cleo… ¿dónde se habrá vuelto a meter? Ah, ahí está. Ya está haciendo amistades.

Helen siguió la mirada de Gwyneira y distinguió a un ser pequeño y peludo que parecía sonreír amistosamente. Pese a ello mostraba unos dientes impresionantemente grandes que enseguida incomodaron a Helen. Se asustó cuando vio a Rosie al lado del animal. La niñita se arrimaba con la misma confianza a su pelaje como a los pliegues de la falda de Helen.

– ¡Rosemary! -la llamó Helen alarmada. La niña se sobresaltó y dejó al perro. Éste se puso boca arriba encantado y levantó la pata suplicante.

Gwyneira rio haciendo a su vez un gesto apaciguador con la mano.

– Deje que la niña juegue tranquilamente con él -dijo con serenidad-. A Cleo le encantan los niños, no le hará nada. Bueno, ahora debo marcharme. El señor Warden estará esperando. Y en realidad yo no debería estar aquí, sino dedicando algo de tiempo a mi familia. Por eso han venido ex profeso mis padres y hermanos a Londres. Otra tontería más. He visto a mi familia durante diecisiete años cada día. Con esto está todo dicho. Pero mi madre no para de llorar y mis hermanas se lamentan con ella.

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