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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– ¡Quince días! -repitió Marianne, sorprendida de saber que había estado en el mismo condado que Elinor sin haberla visto antes.

Edward se mostró algo incómodo mientras agregaba que se había estado quedando con algunos amigos cerca de Plymouth.

– ¿Ha estado últimamente en Sussex? -le preguntó Elinor.

– Estuve en Norland hace un mes.

– ¿Y cómo está el querido, querido Norland? -exclamó Marianne.

– El querido, querido Norland -dijo Elinor- probablemente esté bastante parecido a como siempre está en esta época del año… los bosques y senderos cubiertos de una gruesa capa de hojas secas.

– ¡Ah! -exclamó Marianne-. ¡Cuán transportada de emoción me solía sentir entonces al verlas caer! ¡Cómo me he deleitado en mis caminatas viéndolas caer en torno a mí como una lluvia impelida por el viento! ¡Qué de emociones me han inspirado, y la estación, el aire, todo! Hoy no hay nadie que las contemple. Ven en ellas tan sólo un fastidio, rápidamente las barren, y las hacen desaparecer de la vista como mejor pueden.

– No todos -dijo Elinor- tienen tu pasión por las hojas secas.

– No, mis sentimientos no suelen ser compartidos, ni tampoco comprendidos. Pero a veces lo son -mientras decía esto, se entregó por un instante a un breve ensueño; pero saliendo de él, continuó-: Ahora, Edward -le dijo llamando su atención al pa isa je-, éste es el valle de Barton. Contémplalo, Y manténte en calma si es que puedes. ¡Mira esas colinas! ¿Alguna vez viste algo igual? Hacia la izquierda está la finca, Barton Park, entre esos bosques y plantíos. Puedes ver una esquina de la casa. Y allá, bajo esa colina lejana que se eleva con tal grandeza, está nuestra cabaña.

– Es una hermosa región -replicó él-; pero estas hondonadas deben estar llenas de lodo en invierno.

– ¿Cómo puedes pensar en el lodo, con tales cosas frente a ti?

– Porque -replicó él, sonriendo- entre todas las cosas frente a mí, veo un sendero muy enfangado.

“¡Qué persona curiosa!”, se dijo Marianne mientras continuaba su camino.

– ¿Es agradable el vecindario acá? ¿Son los Middleton gente grata?

– No, en absoluto -respondió Marianne -, no podríamos estar peor ubicadas.

– Marianne -exclamó su hermana-, ¿cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes ser tan injusta? Son una familia muy respetable, señor Ferrars, y con nosotras se han portado de la manera más amistosa posible. ¿Es que has olvidado, Marianne, cuántos días placenteros les debemos?

– No -dijo Marianne en voz baja-, y tampoco cuántos momentos dolorosos.

Elinor no escuchó sus palabras y, dirigiendo la atención a su visitante, se esforzó en mantener con él algo que pudiera parecer una conversación, para lo que recurrió a hablar de su residencia actual, sus ventajas, y cosas así, con lo que logró sacarle a la fuerza alguna ocasional pregunta u observación. Su frialdad y reserva la mortificaban gravemente; se sentía molesta y algo enojada; pero decidida a guiar su conducta más por el pasado que por el presente, evitó toda apariencia de resentimiento o disgusto y lo trató como pensaba que debía ser tratado, dados los vínculos familiares.

CAPITULO XVII

La sorpresa de la señora Dashwood al verlo duró sólo un momento; la venida de Edward a Barton era, en su opinión, la cosa más natural del mundo. Su alegría y manifestaciones de afecto sobrepasaron en mucho el asombro que pudo haber sentido. Recibió el joven la más gentil de las bienvenidas de parte de ella; su timidez, frialdad, reserva, no pudieron resistir tal recibimiento. Ya habían comenzado a abandonarlo antes de entrar a la casa, y el encanto del trato de la señora Dashwood terminó por vencerlas. En verdad un hombre no podía enamorarse de ninguna de sus hijas sin hacerla a ella también partícipe de su amor; y Elinor tuvo la satisfacción de ver cómo muy pronto volvía a comportarse como en realidad era. Su cariño hacia ellas y su interés por el bienestar de todas parecieron cobrar nueva vida y hacerse otra vez manifiestos. No estaba, sin embargo, en el mejor de los ánimos; alabó la casa, admiró el panorama, se mostró atento y gentil; pero aun así no estaba animado. Toda la familia lo advirtió, y la señora Dashwood, atribuyéndolo a alguna falta de generosidad de su madre, se sentó a la mesa indignada contratodos los padres egoístas.

¿Cuáles son los planes de la señora Ferrars para usted actualmente? -le preguntó tras haber terminado de cenar y una vez que se encontraron reunidos alrededor del fuego-. ¿Todavía se espera que sea un gran orador, a pesar de lo que usted pueda desear?

– No. Espero que mi madre se haya convencido ya de que mis dotes para la vida pública son tan escasas como mi inclinación a ella.

– Pero, entonces, ¿cómo alcanzará la fama? Porque tiene que ser famoso para contentar a toda su familia; y sin ser, propenso a una vida de grandes gastos, sin interés por la gente que no conoce, sin profesión y sin tener el futuro asegurado, le puede ser difícil lograrlo.

– Ni siquiera lo intentaré. No tengo deseo alguno de ser distinguido, y tengo todas las razones imaginables para confiar en que nunca lo seré. ¡ Gra cias a Dios! No se me puede obligar al genio y la elocuencia.

– Carece de ambición, eso lo sé bien. Todos sus deseos son moderados.

– Creo que tan moderados como los del resto del mundo. Deseo, al igual que todos los demás, ser totalmente feliz; pero, al igual que todos los demás, tiene que ser a mi manera. La grandeza no me hará feliz.

– ¡Seria raro que lo hiciera! -exclamó Marianne-. ¿Qué tienen que ver la riqueza o la grandeza con la felicidad?

– La grandeza, muy poco -dijo Elinor-; pero la riqueza, mucho.

– ¡Elinor, qué vergüenza! -dijo Marianne-. El dinero sólo puede dar felicidad allí donde no hay ninguna otra cosa que pueda darla. Más allá de un buen pasar, no puede dar real satisfacción, por lo menos en lo que se refiere al ser más íntimo.

– Quizá -dijo Elinor, sonriendo-, lleguemos a lo mismo. Tu buen pasar y mi riqueza son muy semejantes, diría yo; y tal como van las cosas hoy en día, estaremos de acuerdo en que, sin ellos, faltará también todo lo necesario para el bienestar físico. Tus ideas sólo son más nobles que las mías. Vamos, ¿en cuánto calculas un buen pasar?

– Alrededor de mil ochocientas o dos mil libras al año; no más que eso.

Elinor se echó a reír.

– ¡Dos mil al año! ¡Mil es lo que yo llamo riqueza! Ya sospechaba yo en qué terminaríamos.

– Aun así, dos mil anuales es un ingreso muy moderado -dijo Marianne-. Una familia no puede mantenerse con menos. Y creo que no estoy siendo extravagante en mis demandas. Una adecuada dotación de sirvientes, un carruaje, quizá dos, y perros y caballos de_ caza, no se pueden mantener con menos.

Elinor sonrió nuevamente al escuchar a su hermana describiendo con tanta exactitud sus futuros gastos en Combe Magna.

– ¡Perros y caballos cazadores! -repitió Edward-. Pero, ¿por qué habrías de tenerlos? No todo el mundo caza.

Marianne se ruborizó mientras le respondía:

– Pero la mayoría lo hace.

– ¡Cómo quisiera -dijo Margaret, poniendo en marcha su fantasía- que alguien nos regalara a cada una gran fortuna!

– ¡Ah! ¡Si eso ocurriera! -exclamó Marianne brillándole los ojos de animación, y con las mejillas resplandecientes con la dicha de esa felicidad imaginaria.

– Supongo que todas lo deseamos -dijo Elinor-, pese a que la riqueza no basta.

– ¡Ay, cielos! -exclamó Margaret-. ¡Qué feliz sería! ¡No me imagino qué haría con ese dinero!

Marianne parecía no tener ninguna duda al respecto.

– Por mi parte, yo no sabría cómo gastar una gran fortuna -dijo la señora Dashwood- si todas mis hijas fueran ricas sin mi ayuda.

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