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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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Las pupilas de Raistlin se iluminaron, una sombra de color se dibujó en sus lívidos pómulos con un brillo febril.

—¡El Portal no está donde debería! —se encolerizó, apretando los dientes y retorciendo las manos de ira. Empezó a toser, mas esta circunstancia no atenuó el fulgor de su mirada—. ¡No hagas preguntas pueriles y obedéceme!

Tan imperioso fue su mandato, que la dama retrocedió asustada.

El hechicero, sin aliento, tumbóse de nuevo en el jergón, mientras el guerrero observaba preocupado a Crysania quien, en un intento de recobrar la compostura, se había encaminado al escritorio y fingía estudiar los amarillentos volúmenes de magia que en él se apilaban.

—No te precipites, señora —le suplicó el humano—. No estarás pensando en ir, ¿verdad? ¿Quién es el tal Astinus? Además, no puedes aventurarte en el Robledal de Shoikan sin un talismán.

—Tengo un talismán —replicó la dama—, me lo entregó tu gemelo cuando nos conocimos. Y, en lo que atañe a Astinus, es el conservador de la Biblioteca de Palanthas, donde ocupa su existencia en registrar la historia de Krynn.

—Quizá sea así en nuestro tiempo, pero ahora todavía no ha nacido —le corrigió el guerrero, exasperado—. Recapacita, Hija Venerable.

—Eso hago —lo atajó Crysania, molesta por su ignorancia—. Astinus no es mortal común —le explicó—. Según las leyendas, fue la primera criatura que habitó nuestro mundo y será la última en abandonarlo. Su edad es incalculable.

Al ver que su oponente la estudiaba en actitud escéptica, prosiguió:

—Refleja los acontecimientos meticulosamente, uno tras otro, sabe qué ha ocurrido en el pasado y también qué hechos se producen en el presente. Mas no puede predecir el futuro —añadió, desviando la faz hacia Raistlin—. Dudo que nos preste la menor ayuda.

Incrédulo frente a tan extraña fábula, Caramon porfió hasta el agotamiento a fin de impedir su desplazamiento, pero sus reconvenciones no hicieron sino fortalecer la determinación de la sacerdotisa y, al fin, se rindió.

El estado de Raistlin se agravó en lugar de mejorar. Su piel ardía bajo el azote de la fiebre, sufría períodos de incoherencia de los que sólo salía para inquirir, iracundo, por qué Crysania no había cumplido todavía su cometido.

La mujer se enfrentó a los horrores de la arboleda y a otros, no menos pavorosos, en las calles de Palanthas, en su ansia de apaciguar al desazonado mago. Ahora, terminada su misión, se arrodilló a los pies del camastro, donde contempló inerme el esfuerzo que hizo el enfermo al incorporarse, ayudado por su hermano.

—¡Cuéntamelo todo! —le urgió Raistlin, ya sentado—. No olvides ni el más ínfimo detalle; sé minuciosa aunque te parezca exagerado.

Asintiendo en silencio, agitada aún por el recuerdo de la peligrosa excursión, la sacerdotisa ordenó sus ideas antes de narrar lo sucedido.

—Fui hasta la Gran Biblioteca —declaró al rato—, y solicité entrevistarme con Astinus. Al principio, los Estetas rehusaron admitirme; pero cuando exhibí ante ellos el Medallón se organizó un enorme revuelo, como sin duda imaginas. —Hizo una pausa, en la que alisó los pliegues de la sencilla túnica blanca que Caramon le había comprado para reemplazar al hábito ensangrentado que luciera en su periplo a través del tiempo—. Han transcurrido cien años sin que los antiguos dioses manden una señal a los mortales, de manera que, pasada la conmoción, uno de los acólitos corrió a informar al cronista de mi llegada.

»Tras una larga espera, fui conducida a la cámara donde Astinus consagra todas las horas del día, y a menudo las de la noche, a escribir la Historia.

Calló, súbitamente espantada por la intensidad con que la escrutaba el hechicero. Le asaltó la sensación de que pretendía arrancarle las frases del cerebro sin aguardar a que las pronunciara. Ladeó el semblante al objeto de recomponerse y, fija la vista en las llamas, reanudó su relato.

—Entré en la estancia y él ni siquiera alzó los ojos, absorto en su quehacer. Al advertir su indiferencia, el Esteta que me acompañaba anunció mi nombre: «Crysania, de la casa de Tarinius», tal como tú habías sugerido que me presentara. Al oírlo… —Frunció el entrecejo, y su oyente la apremió:

—Al oírlo ¿qué?

—Levantó sus pupilas —contestó la dama, desconcertada—. Incluso cesó en su labor, posó la pluma en la escribanía para proferir un «¡Tú!», en una voz tan estentórea que yo di un respingo y el acólito casi se desvaneció. Antes de que atinara a hablar, a inquirir qué significaba su sorpresa o de qué me conocía, asió de nuevo su herramienta de trabajo y tachó las frases que acababa de anotar.

—¿Las tachó? —intervino el nigromante pensativo, abstraído en sus meditaciones—. Las tachó —repitió, reclinándose en el jergón.

La sacerdotisa respetó el silencio de su interlocutor. No despegó los labios hasta que él volvió a mirarla.

—¿Qué hizo después? —indagó el mago con débil acento.

—Garabateó algo encima del párrafo que había emborronado, como si corrigiera un error. Concluidas las rectificaciones, se cruzaron una vez más nuestras miradas y creí que iba a reprenderme, una impresión que ratificaron los temblores de mi acompañante. Pero Astinus se mostró tranquilo, despachó al Esteta y me invitó a tomar asiento. Cuando me hube instalado, me interrogó sobre el motivo de mi visita.

»Le expliqué que buscábamos el Portal. Añadí, fiel a tus instrucciones, que la información recabada en distintos confines nos había inducido a situarlo en la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas y, al seguir la pista hasta la mole a fin de investigar su veracidad, habíamos descubierto que no era así. El Portal no se hallaba donde suponíamos.

»Asintió sin un asomo de perplejidad.

»—El acceso fue trasladado cuando el Príncipe de los Sacerdotes trató de apoderarse del edificio —reveló—, por razones de seguridad. Es posible que con el tiempo sea devuelto a su emplazamiento de origen, pero por ahora ocupa su lugar un muro de roca.

»—¿Dónde está? —inquirí.

»Tardó varios minutos en responder. Aguardé paciente, y transcurrido su lapso de mutismo…».

Se quebró su voz, incapaz de reproducir la respuesta del cronista. Centró su atención en Caramon con el temor dibujado en sus rasgos, como si quisiera prevenirlo de una catástrofe.

Al leer el miedo, la zozobra, en su expresión, Raistlin se levantó de su lecho.

—¡Adelante, termina! —le ordenó ásperamente.

Crysania respiró hondo e intentó zafarse del escrutinio del mago. Pero éste la asió por la muñeca y, a pesar de su fragilidad, la sujetó con tal fuerza que no pudo deshacerse de su mortífera garra.

—Dijo que deberías pagar si te obstinabas en averiguar su paradero, que todo hombre tiene un precio y él no era una excepción.

—¡Pagar! —repitió Raistlin en un murmullo, abrasadora la llama de sus pupilas.

La sacerdotisa se esforzó en liberarse de la zarpa, más dolorosa a cada instante. Fue inútil. El nigromante persistió en apretar sus dedos.

—¿Qué pide a cambio de confiarme el secreto?

—Afirmó —repuso la dama, sin resuello— que sólo exigía el cumplimiento de una antigua promesa. Según él, debes recordarla.

El hechicero soltó su magullada muñeca y Crysania retrocedió, eludiendo la mirada compadecida de Caramon. El hombretón se incorporó de manera abrupta para alejarse de la escena, mientras Raistlin, ajeno a las emociones de ambos, se desplomaba sobre su almohada con el rostro lívido, desencajado, nublado el brillo de sus iris.

La sacerdotisa fue hasta el escritorio a fin de servirse un vaso de agua. Pero era tal el temblor de sus manos, que en vez de escanciar el cristalino líquido en el vaso lo derramó sobre el mueble y se vio obligada a posar la jarra. Atento a sus evoluciones, el guerrero acudió en su auxilio. Le tendió el recipiente lleno, ensombrecida su faz por una gravedad poco habitual en él.

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