La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Me importa un carajo vuestra sentencia. No quiero oírla. El veredicto no me interesa. El pueblo juzgará a Danton, no vosotros.
Danton continúa hablando, de modo que ninguno de los otros acusados oye al funcionario pronunciar sus sentencias de muerte. En el patio de la prisión, los ayudantes de Sanson charlan animadamente.
Lacroix está sentado en un banco de madera. El verdugo le arranca el cuello de la camisa y le corta el pelo.
– Uno ha perdido el conocimiento -dice un guardia.
Detrás de la reja de madera que separa a los prisioneros del patio, el verdugo alza la mano para demostrar que lo ha entendido. Chabot está cubierto con una manta. Su rostro presenta un color azulado, y apenas mueve los labios. Está en coma.
– Encargó que le enviaran arsénico -dice el guardia-. No pudimos impedir que se lo tomara.
– Confieso que a mí también se me ocurrió -dice Hérault a Danton-. Pero al final pensé que, en estas circunstancias, suicidarme equivalía a reconocer mi culpabilidad, y dado que insisten en cortarle a uno cabeza, me parecía un espectáculo de muy mal gusto. Había que dar ejemplo a esa chusma, ¿no te parece? En cualquier caso, es preferible cortarse las venas.
En aquel momento estalla una violenta disputa entre Camille y uno de los guardias.
– Querido Camille, no merece la pena -dice Hérault.
– Nos está causando muchos problemas -responde uno de los guardias.
Al fin consiguen atarle las manos a la espalda. Se les ocurre propinarle un puñetazo para dejarlo inconsciente, pero temen que Sanson se enoje y les acuse de comportarse como unos aficionados. Camille tiene la camisa hecha jirones y un morado debajo del pómulo izquierdo. Danton se arrodilla junto a él.
– Tenemos que atarle las manos, ciudadano Danton.
– Un segundo.
Danton quita el medallón que lleva Camille colgado del cuello, el cual contiene un mechón de Lucile, y lo deposita en sus manos.
– Ya estoy listo -dice a los guardias.
– ¿Qué tal esas chicas belgas? -le pregunta Lacroix, dándole un codazo en las costillas-. ¿Fue divertido?
– Sí. Pero no para las belgas.
Hérault permanece impasible, aunque un poco pálido, al montarse en el carro que lo conducirá al cadalso.
– Menos mal que no tengo que viajar acompañado de unos ladrones -dice.
– Este carro está reservado a los revolucionarios más distinguidos -responde Danton-. ¿Crees que conseguirás llegar, Fabre, o tendremos que enterrarte en el camino?
Fabre alza la cabeza con grandes esfuerzos y contesta:
– Se han llevado todos mis papeles, Danton.
– Sí, es lo que suelen hacer.
– Quería terminar La naranja maltesa. Contenía unos versos muy hermosos. El manuscrito irá a parar a manos del comité, y Collot fingirá haberlo escrito él.
Danton soltó una carcajada.
– Lo pondrán en escena en el Italiens -prosigue Fabre-, bajo el nombre de ese cabrón.
El Pont-Neuf, el Quai de Louvre. El carro avanza traqueteando. Danton separa las piernas para mantener el equilibrio y sujetar a Camille. Camille no cesa de llorar, no por él sino por Lucile, o quizá por los dos, por las numerosas cartas que se han escrito, por su repertorio de gestos, tics y bromas, y por su hijo. Todo se ha perdido, no queda nada.
– No te estás comportando a la altura de Hérault -le reprocha Danton suavemente.
Danton contempla los rostros de los curiosos, mudos, indiferentes, que entorpecen el paso de los carros.
– Tratemos de morir con dignidad -dice Hérault.
De improviso, Camille se despierta del coma en el que le había sumido su dolor y exclama:
– ¡Vete a la mierda! ¡Deja de comportarte como un ci-devant!
Quai de l’École. Danton contempla la fachada del edificio y murmura: «Gabrielle», como si confiara en ver asomarse un rostro detrás de una cortina, una mano agitándose en un afectuoso gesto de saludo.
Rue Saint Honoré. La calle interminable. Al final de la misma, al pasar frente a la fachada de la casa de los Duplay, algunos condenados profieren palabrotas e insultos. Camille trata de dirigirse a la multitud. Henri Sanson se gira y lo mira alarmado. Danton se vuelve sobre Camille y murmura:
– No pierdas la calma. Olvídate de esa chusma.
El sol se oculta en el horizonte. Cuando nos ejecuten habrá anochecido, piensa Danton. En un rincón del carro, vestido como un sansculotte, el abate Kéravenen recita en silencio unas oraciones para los reos. Cuando el carro dobla hacia la Place de la Révolution, alza la mano para impartir una absolución condicional.
Existe un punto que -según dictan las reglas convencionales y la imaginación- no podemos traspasar; quizás esté aquí, al pie del cadalso, donde se detienen los carros para depositar su mercancía, carne todavía fresca, viva, palpitante. Danton deduce que, por ser el más ilustre de los condenados, lo ejecutarán en último lugar, junto a Camille. Sin embargo, en esos momentos piensa menos en la eternidad que en impedir que su amigo se desmorone durante los quince minutos que faltan para que la Cuchilla Nacional los separe.
Pero, naturalmente, se equivoca. En primer lugar hacen bajar del carro a Hérault.
– Adiós, amigos míos -dice simplemente.
A continuación le toca el turco a Camille, lo cual es lógico. Es preferible quitárselo rápidamente de enmedio antes de que soliviante a las masas.
Camille ha recuperado de pronto la serenidad. Es una lástima que Hérault no llegue a ver los benéficos resultados de su ejemplo. Camille mira a Henri Sanson y asiente para indicar que está preparado.
– Como diría Robespierre, es preciso sonreír. En cierta ocasión, el padre de ese hombre se querelló contra mí por haberlo difamado. Pero es inútil guardar rencor a nadie.
Al verlo sonreír, Danton siente un nudo en la garganta. «Carne todavía fresca, palpitante, muerta…» Ve a Camille decir unas palabras a Sanson. Este coge el medallón de manos de Camille y le promete entregárselo a Annette. Los últimos deseos de un reo son sagrados, y él es un hombre de palabra. Durante unos segundos, Danton aparta la vista. Luego contempla la escena que se desarrolla ante sus ojos, cada gota de sangre que cae, cada muerte, hasta que le toca el turno.
– Eh, Sanson.
– ¿Qué deseas, ciudadano Danton?
– Muestra mi cabeza a la multitud. Merece la pena que la contemplen.
Rue Saint Honoré: un día, hace mucho tiempo, su madre estaba sentada junto a la ventana, haciendo una labor de encaje. La luz penetraba por la ventana, iluminándolos a ambos. El niño observaba atentamente el dibujo que su madre iba tejiendo, los espacios entre los hilos.
– Enséñame a hacerlo -rogó a su madre.
– Los niños no hacen esas cosas -contestó ella, prosiguiendo su labor.
El niño se sintió de pronto discriminado, excluido.
Ahora, cuando contempla una labor de encaje -aunque su vista está muy debilitada- le parece ver cada uno de los hilos que forman el dibujo. A veces, cuando está sentado ante la mesa del comité, recuerda esa remota imagen de su infancia. Ve a la joven sentada junto a la ventana, con el vientre abultado, preñada de muerte; ve la luz del sol reflejada sobre sus cabellos, mientras sus hábiles manos siguen tejiendo, como si volaran…
The Times , 8 de abril de 1794
Cuando al fin se produjo la reconciliación entre Robespierre y Danton, ya dijimos que ésta se debía más al temor que los dos célebres revolucionarios sentían el uno hacia el otro que a un afecto mutuo. Añadimos que estábamos convencidos de que dicha reconciliación duraría hasta que uno de ellos, el más hábil y astuto, consiguiera destruir a su rival. Ha llegado ese momento, fatal para Danton… No alcanzamos a comprender por qué Camille Desmoulins, que gozaba de la protección de Robespierre, ha perecido aplastado por el triunfo de ese dictador.