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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Cuando, poco después de San Elias, desaparecieron los fuegos del monte Panos, cuando la rebelión fue rechazada en la región de Ujitsa, ni unos ni otros manifestaron sus sentimientos y habría sido difícil decir cuáles eran. Los turcos estaban satisfechos al ver alejarse la revuelta y esperaban que se extinguiese completamente y que desapareciese como desaparecen las empresas de los impíos y de los malvados. Sin embargo, la satisfacción era incompleta y quedaba ensombrecida por ser difícil olvidar un peligro tan cercano. Muchos de ellos verían, bastante después, dibujarse en sus sueños los fuegos fantásticos de los insurrectos, semejantes a un enjambre de chispas que corriesen por todas las colinas que rodean la ciudad, o escucharían el cañón de Karageorges, no como un eco sordo y lejano, sino como un estampido enloquecedor que arrastrase consigo la ruina.

En cuanto a los servios, como es lógico, se sintieron decepcionados una vez hubieron cesado los fuegos del Panos; pero en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez, puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque, los que gobiernan y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.

En aquella época, la importancia del puente, por ser la única vía segura de comunicación entre el bajalato de Bosnia y Servia, había crecido extraordinariamente. Se había establecido en la ciudad, a título permanente, un destacamento militar que montaba guardia en el puente y que fue mantenido incluso en los períodos de calma. Para satisfacer su misión del modo más eficiente y con el menor esfuerzo posible, la tropa se puso a levantar un reducto de madera en medio del puente; un verdadero monstruo de fealdad a causa de su forma, su posición y los materiales que lo integraban. Lo cual no resulta demasiado extraño si se tiene en cuenta que todos los ejércitos del mundo elevan para sus fines exclusivos y sus necesidades momentáneas construcciones semejantes que, desde el punto de vista de la vida burguesa y de las exigencias de la paz, ofrecen un aspecto absurdo e incomprensible. Era una auténtica casa de un piso, pesada, hecha de vigas y de espesos tablones, con un pasadizo por debajo, parecido a un túnel. El reducto quedaba algo más alto, reposando sobre unos fuertes pilares, de suerte que abarcaba el puente, apoyando sólo en la kapia sus dos lados; uno, sobre la terraza izquierda, otro, sobre la derecha.

Por debajo, había un camino expedito para los vehículos, los caballos y los peatones; pero desde arriba, desde el piso en que dormían los guardianes y al que se subía por una escalera de madera de enebro, colocada en el exterior, se podía vigilar en todo momento a quienquiera que cruzase el puente, y verificar sus papeles y controlar su equipaje y cerrarle el paso en cualquier instante, si era preciso.

El reducto cambiaba por completo la apariencia del puente. La hermosa kapia desaparecía bajo aquella construcción de madera que, encaramada sobre los pilares, parecía acurrucarse sobre sí misma como un gigantesco pájaro deforme.

El día en que el reducto estuvo listo, exhalaba todavía olor a enebro y los pasos resonaban en el vacío. La guardia se instaló inmediatamente. Desde el amanecer de la primera mañana, el reducto, como una trampa, atrapó a sus primeras víctimas.

Cubiertos por un sol rojizo y bajo, se habían reunido en las primeras horas de la mañana, junto al reducto, algunos soldados y unos ciudadanos armados, unos turcos, que, de noche, montaban guardia alrededor de la ciudad, colaborando así con la tropa.

En medio del grupo, sentado sobre una viga, se encontraba el comandante de la guardia, y ante él se mantenía en pie un viejecito, con la apariencia de un peregrino, que parecía, a la vez, un monje y un mendigo; resultaba dulce y apacible, bastante limpio, y agradable dentro de su pobreza, despierto y sonriente a pesar de su cabello blanco y su arrugado rostro. Era un buen hombre original, llamado lelisías y procedente de Tchainitcha. Ya hacía años que, siempre dulce, solemne y sonriente, visitaba las iglesias y los monasterios, frecuentaba las asambleas de fieles y las fiestas patronales, rogaba a Dios, se prosternaba y ayunaba. Sólo que, antaño, las autoridades turcas no le prestaban atención y lo dejaban circular, como si fuese un anormal, un pobre hombre, y le permitían ir donde quería y decir lo que quería.

Pero ahora, a causa de la insurrección que hacía furor en Servia, los tiempos habían cambiado, trayendo consigo medidas más severas. Habían llegado de Servia algunas familias turcas cuyos bienes habían sido incendiados por los revoltosos. Propagaban el odio y exigían venganza. Fueron montadas guardias en los puestos avanzados y se reforzó la vigilancia, pero los turcos del país continuaban preocupados y llenos de rencor y mal humor y lanzaban sobre todo el mundo miradas sanguinarias, cargadas de sospechas.

El viejo había llegado por la carretera de Rogatitsa y, para desgracia suya, era el primer viajero de aquel día en que se había concluido el reducto y en que se había montado la primera guardia. En efecto: cayó mal, a una hora en que todavía no había amanecido, y para colmo, llevando como una vela encendida, un grueso bastón en el que se veían grabados signos y palabras extrañas.

El reducto se lo tragó como una araña se zampa a una mosca. Fue interrogado brevemente. Se le conminó para que dijese quién era, lo que era, de dónde era y para que explicase los adornos y las letras que figuraban en su bastón. Repuso incluso a las preguntas que no le fueron formuladas; se expresaba libre y abiertamente, igual que si se encontrase en presencia del Juez Supremo y no delante de los resentidos turcos. Dijo que no era nada, ni nadie, sino solamente un viajero sobre la tierra, una sombra al sol. Los pocos días que le quedaban de vida, los iba pasando entre oraciones y visitas a los monasterios; y así continuaría hasta que hubiese recorrido todos los lugares santos, las fundaciones piadosas, las tumbas de los zares y de los grandes señores servios. En cuanto a las efigies y a las letras que adornaban su bastón, simbolizaban las distintas épocas de la libertad y del esplendor servio pasado y futuro. Porque, según decía el anciano sonriendo modesta y tímidamente, estaba cercano el momento de la resurrección y, a juzgar por lo que se leía en los libros y por lo que se veía en la tierra y en los cielos, estaba incluso muy, muy cercana. El reino de los cielos resucitaba, rescatado por la experiencia y fundado sobre la verdad.

– Ya sé que lo que escucháis no os agrada, señores, y que no debería haber hecho ante vosotros estas revelaciones, pero me habéis detenido y me exigís que os diga todo de acuerdo con la verdad: no hay otra solución. Dios es la Verdad y Dios es Uno y, ahora, os ruego que me dejéis partir, porque hoy mismo tengo que llegar a Bania, al monasterio de la Santísima Trinidad.

El intérprete Chefko traducía intentando en vano encontrar, entre sus escasos conocimientos de la lengua turca, las expresiones adecuadas para aquellas palabras abstractas. El comandante de la guardia, un anatolio enfermizo, escuchaba, despierto a medias, las palabras poco claras y poco coherentes del intérprete y, de vez en cuando, echaba una mirada al viejo que, sin temor y extraño a cualquier mal pensamiento, lo miraba y aprobaba con los ojos todo lo que decía el intérprete, aunque no supiese nada de turco. En algún lugar de la conciencia del comandante surgió con nitidez la idea de que se trataba de un medio loco, de un derviche infiel, de un tonto inofensivo y de buen humor. No habían encontrado nada en el curioso bastón del viejo que habían cortado en varios trozos, en la creencia de que estaba hueco y de que contenía algunas cartas ocultas en él. Pero en la traducción de Chefko, las palabras del anciano parecían sospechosas, olían a política y traicionaban intenciones peligrosas. El comandante, por su parte, hubiera permitido a aquel pobre diablo, a aquel simple de espíritu que continuase su camino, pero junto a él se encontraban reunidos otros militares, así como miembros de la población civil que colaboraban con el ejército, todos los cuales habían seguido el interrogatorio.

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