Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
La desaparición de Daut-Hodja supuso la ruina de la hostería. Surgieron por todas partes los primeros signos de su decadencia. Las conducciones empezaron a atascarse y a oler mal, la lluvia se filtraba por el tejado, y el viento, a través de las ventanas y de la puerta; las cuadras se hundieron bajo el estiércol y las malas hierbas. Pero desde el exterior, el edificio de piedra, sólidamente construido, parecía indestructible y permanente en su tranquila belleza. Las grandes ventanas ojivales de la planta baja, con sus rejas que, delicadas como hilos finísimos, habían sido confeccionadas de una sola pieza de piedra blanca, miraban al mundo con tranquilidad. Pero, sobre las ventanas sin ornamentos del piso superior, aparecían ya signos de miseria, de abandono y de desorden interno.
Poco a poco, las gentes trataron de evitar el pasar la noche en la ciudad o bien se alojaban, pagando, en el hotel de Usta-muitch. Fueron cada vez más escasos los viajeros que se detenían en la hostería, aunque bastase, a guisa de pago, desear paz al alma del visir. Por fin, cuando se vio claro que el dinero no llegaría nunca y que no había nadie que quisiese hacerse cargo de la fundación, todos, incluso el nuevo administrador de los bienes del vacuf, dejaron de preocuparse por el edificio, y la hostería quedó muda y desierta, y comenzó a deteriorarse y a convertirse en una ruina, como sucede con todas las edificaciones en las que no vive nadie y de las que nadie se preocupa. Alrededor de ella, crecieron hierbas silvestres y cardos. En el tejado, los cuervos y las chovas 1 comenzaron a hacer sus nidos y a reunirse en bandadas siniestras y chillonas.
Abandonada así, de modo prematuro e inesperado (todos los sucesos de este tipo surgen, aparentemente, de manera inesperada), la hostería de piedra del visir conoció el principio de su declinar.
Pero si, merced al concurso de una serie de circunstancias insólitas, el parador traicionó su misión al arruinarse antes de tiempo, el puente, que no exigía ni vigilancia ni cuidado, quedó en pie.
Continuó uniendo las dos orillas opuestas y arrojando de un lado a otro hombres y mercancías, como lo hiciera el día de su nacimiento.
En sus murallas, hacían los pájaros su nido; en las grietas invisibles que el tiempo había abierto en los muros, crecían matas de hierbas. La piedra amarillenta y porosa con la que había sido construido el puente, se endureció y se contrajo bajo la acción alterna de la humedad y del calor; y azotada perpetuamente por el viento que sopla en dos direcciones en el valle del río, lavada por las lluvias y secada por el asfixiante calor del sol, aquella piedra adquirió con el tiempo una blancura mate de pergamino, luciendo en las tinieblas, como si estuviese iluminada en su interior. Las inundaciones devastadoras y frecuentes que constituían un peso y una desgracia constante para la ciudad, no podían con él. Se repetían cada año, en la primavera y en el otoño, sin que resultasen siempre igualmente peligrosas y nefastas para la ciudad. Por lo menos una o dos veces al año, el Drina aumenta su caudal y se agita y, con un gran zumbido, arrastra, a través de los ojos del puente, las vallas que ha arrancado en los campos, las cepas desarraigadas y unos aluviones de color pardo en los que se mezclan la hojarasca y el ramaje de los bosques ribereños. Los jardines, los patios y los almacenes de las casas vecinas sufren desperfectos. Y todo queda ahí.
Pero, a intervalos irregulares de veinte a treinta años, se producen grandes inundaciones que, una vez pasadas, dejan un recuerdo profundo, como las insurrecciones o las guerras, y son tomadas como fechas de referencia a partir de las cuales se calcula el tiempo y la antigüedad de los edificios y la duración de la vida humana. ("Cinco o seis años después de la gran inundación", "durante la gran inundación".)
Después de las grandes inundaciones, quedan apenas unos pocos bienes muebles en la zona comprendida dentro de esa gran mitad de la ciudad que se extiende por la llanura, en la pequeña lengua arenosa que se filtra entre el Drina y el Rzav.
Una inundación de semejante envergadura hace que la ciudad dé un paso atrás de varios años. La generación que ha sido sorprendida por las aguas ha de pasar el resto de su existencia reparando los desperfectos y las desgracias que ha dejado la inundación a sus espaldas.
La gente evoca hasta el final de sus días, en sus conversaciones, el terror de aquella noche de otoño cuando, bajo una lluvia fría y un viento infernal, a la luz de unas pocas linternas, retiraron sus mercancías, trasladando cuanto había en sus tiendas y llevándolo arriba, al Meïdan, a las casas y a los almacenes de sus conciudadanos.
Cuando, al día siguiente, miraban, en medio de la mañana turbia, desde lo alto de la colina, aquella ciudad que amaban inconscientemente y con fuerza como a su propia sangre y contemplaban el agua movida y espumosa que bajaba por las calles a la altura de los tejados, arrancando con estrépito las armazones de madera, trataban de adivinar a quién pertenecían las casas que todavía quedaban en pie.
Con ocasión de las slavas 1, de fiestas de Navidad o durante las noches del ramadán, los padres de familia ya maduros, reposados y cuidadosos, se animaban y se volvían locuaces en el momento en que la conversación abordaba el suceso más importante y más penoso de sus vidas: "La inundación". Después de quince o veinte años durante los cuales se habían reparado de nuevo las casas, el recuerdo de la inundación llegaba como algo terrible, grande, querido y próximo. Constituía un lazo íntimo entre los hombres todavía vivos, pero cada vez más escasos, de aquella generación, porque nada une tanto a las personas como una desgracia vivida, atravesada conjuntamente y superada con ventura. Y se sentían fuertemente vinculados por el recuerdo de la prueba pasada.
Por eso amaban tan intensamente las remembranzas del más trágico de los hechos que había perturbado su existencia y, al volver la vista atrás, encontraban un placer, incomprensible para los jóvenes. Sus recuerdos no llegaban a agotarse, y ellos continuaban, infatigables, evocándolos. En el curso de sus conversaciones, completaban mutuamente sus respectivos relatos y se despertaban unos a otros la memoria. Se miraban a los ojos seniles, de amarillenta esclerótica, y llegaban a ver lo que los jóvenes no eran siquiera capaces de presentir.
Se entusiasmaban con sus propias palabras y ahogaban sus preocupaciones presentes y cotidianas, en el recuerdo de mayores preocupaciones que felizmente hacía mucho tiempo que habían desaparecido. Sentados en las habitaciones bien calientes de sus casas, por las cuales pasara antaño la inundación, narraban por centésima vez, con especial placer, ciertas escenas conmovedoras o trágicas.
Y cuanto más penoso y torturante era el recuerdo, más grande resultaba el gozo de evocarlo.
Estas escenas, contempladas a través del humo del tabaco o de un vasito de aguardiente dulce, a menudo se transformaban, exageradas y embellecidas por la imaginación y la distancia; pero ninguna de aquellas personas se daba cuenta y cada una de ellas habría podido jurar que todo sucedió tal y como ahora se decía, porque participaban inconscientemente de esta deformación involuntaria.
De esta manera, vivían siempre algunos ancianos que se acordaban de la última gran inundación de la cual no dejaban de hablar entre ellos, repitiendo a los jóvenes que ya no había catástrofes como antes, como no había la bondad y la bendita existencia de otros tiempos.
Una de las mayores inundaciones de la historia de la ciudad tuvo lugar el último año del siglo XVIII, y quedó grabada durante mucho tiempo en todas las memorias, siendo objeto de numerosos relatos.
En aquella generación, según decían después los viejos, no había casi nadie que recordase bien las últimas grandes inundaciones. Sin embargo, durante los días lluviosos de otoño, todos se mantuvieron alerta, sabedores de que "el agua es un enemigo".
Vaciaron los almacenes más próximos al río, montaron rondas de noche que, provistas de linternas, vigilaban a lo largo de la orilla, prestando oído a los sonidos sordos del agua, puesto que los ancianos afirmaban que gracias al ruido especial de la corriente, se podía saber si la inundación iba a ser una de las que, todos los años, afectaban a la ciudad, causando sólo pequeñas pérdidas, o si iba a ser una de las que, por desgracia, sumergían el puente y la ciudad, y arrastraban todo lo que no estaba sólidamente construido y apoyado sobre fuertes cimientos. Al día siguiente, se vio que el Drina no crecía y la ciudad, aquella noche, se sumió en un profundo sueño, porque todo el mundo estaba extenuado a causa del insomnio y de las emociones de la noche anterior. No obstante, aquella vez el agua los engañó. Por la noche, el Rzav creció de pronto de modo inaudito, y rojo de barro, detuvo y bloqueó, en su confluencia, las aguas del Drina. Fue así cómo los dos ríos unieron sus caudales por encima de la ciudad.
Suliaga Osmanagitch, uno de los turcos más ricos de la ciudad, tenía por aquel entonces un alazán árabe, un pura sangre de gran valor y belleza. Cuando el Drina, detenida su corriente, comenzó a crecer, el alazán se puso a relinchar y no se tranquilizó hasta que no hubo despertado a los criados y al amo de la casa, los cuales lo sacaron de la cuadra, situada junto al río. La mayor parte de los habitantes se despertaron y, bajo la lluvia fría y el viento furioso de una oscura noche de octubre todos emprendieron la huida, tratando de salvar del desastre todo lo que era posible salvar. Medio vestidos, chapoteando con el agua hasta las rodillas, llevando a las espaldas a los niños recién despertados y llorosos. El ganado balaba, espantado. Se oían a cada instante ruidos sordos: eran los troncos de árbol y las cepas, arrancados por el Drina en los bosques inundados, que chocaban con los pilares de piedra del puente.
1. Chova, variedad de corneja. (N. del T.)
1. Fiesta que celebran los ortodoxos servios el día del santo patrón de una familia (N. del T.)