Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Arriba, en el Meïdan, donde el agua no llega nunca, todas las ventanas se iluminaron y unas linternas se balancearon sin cesar, filtrando su débil luz a través de las tinieblas. Todas las casas estaban abiertas y acogían a los siniestrados que, empapados de agua y huraños, iban llegando, llevando en los brazos a los niños y algunos de sus objetos más indispensables. En las cuadras, ardían hogueras junto a las cuales se secaban aquellos que no habían podido permanecer en sus casas.
Los personajes más destacados del barrio del comercio, tras haber instalado a la gente en las casas -a los turcos en las casas turcas, a los cristianos y a los judíos en las casas cristianas – se reunieron en el domicilio del Hadja Ristanov, en la sala grande de la planta baja. Allí se encontraban, extenuados y calados de agua, los jefes y los administradores de todos los barrios de la ciudad, los cuales habían tenido que despertar y buscar cobijo a todos sus conciudadanos. No se observaba distinción entre turcos, cristianos y judíos.
La violencia de los elementos y el peso de la desgracia común había unido a todos y, en particular, a los cristianos con los turcos. Podía verse a Suliaga Osmanagitch, al rico Pedro Bogdanovitch, Mordo Papo, el pobre Mihailo, cura corpulento poco hablador y espiritual, al grueso y serio Mula Ismet, hodja 1 de Vichegrado, y Elias Leví, llamado Hadji Liatcho, rabino conocido allende la ciudad por su juicio sano y su naturaleza abierta. Estaban además otros diez personajes importantes y representantes de las tres religiones. Se hallaban empapados, pálidos, con los dientes apretados, pero aparentemente tranquilos; sentados, fumaban y hablaban de las medidas de salvamento que se habían tomado y de las que deberían tomarse.
Sin cesar, entraba, acalorado, algún muchacho que, chorreando agua, anunciaba que todos los vivos habían sido llevados al Meïdan y a la zona existente detrás de la fortaleza, y que habían sido instalados en las casas turcas y cristianas y que el agua subía constantemente e iba adueñándose de una calle tras otra.
A medida que avanzaba la noche -avanzaba despacio, enorme, y crecida cada vez más, como el agua del río -, los ricos y los jefes comenzaron a calentarse, bebiendo café y aguardiente. Se formó un círculo estrecho y cálido, como una nueva existencia, hecha toda ella de realidad y, sin embargo, irreal, una existencia que no era la de ayer ni la de mañana; algo así como una isla pasajera en medio de la inundación del tiempo. La conversación se afirmaba y, como por un acuerdo tácito, cambiaba de dirección.
Se evitaba hablar incluso de las inundaciones anteriores, conocidas sólo a través de los relatos, se conversaba de cosas que no tenían ninguna relación con el agua ni con la desgracia que se producía en aquel momento. Aquellas gentes hacían esfuerzos desesperados para parecer tranquilas e indiferentes, casi ligeras.
Actuaban en virtud de un acuerdo no manifestado y supersticioso, y conforme a unas reglas no escritas, aunque consagradas, del decoro y del orden, reglas que correspondían al ambiente de los ricos propietarios del barrio del comercio y que tenían fuerza de ley desde tiempos inmemoriales. Todos consideraban un deber sobreponerse a sí mismos y, en semejantes circunstancias, al menos aparentemente, ocultaban sus preocupaciones y sus temores, dando a sus conversaciones, a pesar de hallarse ante una desgracia contra la cual nada podían hacer, el tono grato de las cosas lejanas.
Pero, justamente cuando aquellos seres habían empezado a recuperar la calma charlando con desenfado y cuando acababan de encontrar un momento de olvido y de descanso, y la fuerza que les sería indispensable al día siguiente, llegaron algunos desconocidos que conducían a Kosta Baranats. Era éste un propietario joven aún. Se presentó mojado, cubierto de barro hasta las rodillas y sin faja. Turbado por la luz y la presencia de tanta gente, miraba al suelo como en sueños y se enjugaba el agua que le corría por el rostro con ambas manos. Le hicieron sitio y le ofrecieron un vaso de rakia que no consiguió llevar a la boca. Le temblaba todo el cuerpo. Un murmullo recorrió la sala: había querido saltar a la corriente sombría que en aquellos instantes arrastraba la orilla arenosa, exactamente en el lugar en que se encontraban sus graneros y sus bodegas.
Era un muchacho joven, un recién llegado que, hacía de esto unos veinte años, llegó a la ciudad en calidad de aprendiz, casándose más tarde con una muchacha de buena familia y enriqueciéndose rápidamente. Hijo de un campesino, en el curso de los últimos años había acumulado una notable fortuna merced a una serie de jugadas audaces en las que no tuvo presentes los intereses de los demás; de este modo, de pronto, consiguió sobrepasar, con su capital, a la mayor parte de las casas acomodadas de la ciudad; no estaba acostumbrado a perder y no era capaz de soportar la desgracia. Aquel otoño había comprado grandes cantidades de ciruelas y de nueces que excedían sus posibilidades reales. Había contado con poder dictar durante el invierno, en el mercado, el precio de aquellos frutos y librarse así de sus deudas y conseguir amplios beneficios, como el año anterior. Ahora, se había arruinado.
Pasó cierto tiempo antes de que se disipase la impresión que produjo en todos la presencia de aquel hombre perdido. Porque, también ellos, en mayor o menor grado, habían sido afectados por la inundación y, solamente en virtud de su sentimiento innato del decoro, se dominaban mejor que aquel nuevo rico.
Los más ancianos y considerados orientaron de nuevo la conversación hacia temas inocentes. Se pusieron a hablar de algunos sucesos, de épocas ya pasadas, los cuales no guardaban ninguna relación con la desventura que los había forzado a reunirse y que los rodeaba por todas partes.
Bebían rakia ardiendo. Los relatos resucitaban figuras curiosas de otros tiempos, recuerdos de tipos originales de la ciudad y toda suerte de acontecimientos divertidos e insólitos. El pope Mihailo y Hadji Liatcho daban buen ejemplo. Cuando la conversación evocaba involuntariamente una inundación anterior, recordaban exclusivamente los aspectos ligeros y graciosos o, al menos, aquello que parecía serlo después de tantos años. Daban la impresión de emplear fórmulas mágicas con las que desafiar la inundación.
Se recordaba la figura del pope Iovan que había sido antaño cura del lugar y cuyos feligreses decían de él que era un gran hombre, pero que no tenía buena mano y que sus plegarias pesaban poco ante Dios.
En verano, en los períodos de gran sequía que paralizaban la cosecha, el pope Iovan, siempre en vano, organizaba una procesión y plegarias que habitualmente eran seguidas por una sequía todavía mayor y por un calor asfixiante. Y, cuando cierto otoño, que siguió a un verano de sequía, el Drina se puso a crecer y apuntó la amenaza de una inundación general, el pope lovan llegó hasta el río, reunió a los fieles y comenzó a recitar una oración para que cesasen las lluvias y la crecida de las aguas. Entonces, un tal lokitch, borracho y holgazán, habiendo observado que Dios enviaba normalmente lo contrario de lo que el pope pedía, gritó a voz en cuello:
– Esa oración no, padre, sino la del verano, la de la lluvia; seguramente ésa hará que bajen las aguas.
Ismet efendi, tipo grueso y corpulento, habló de sus predecesores y de su lucha contra las inundaciones.
Contó que, durante una crecida de las aguas, hacía muchos años, dos hodjas de Vichegrado salieron para decir cada uno una oración contra la calamidad. Uno tenía su casa en la parte baja de la ciudad, amenazada por la inundación, mientras el otro habitaba en la colina, donde el agua no podía llegar. El hodja de la colina fue el primero en recitar la oración, pero como el agua no bajaba de nivel, un cíngaro, cuya casa empezaba a desaparecer bajo las aguas, se puso a gritar:
– ¡Eh, buenas gentes, traed al hodja del centro de la ciudad que tiene como nosotros la casa inundada! ¿No véis que el de la colina está rezando sin sentimiento?
Hadji Liatcho, colorado y sonriente, con exuberantes nizos de pelo blanco emergiendo de su frente hasta los ojos, rió con todas aquellas bromas y dijo al pope y al hodja:
– No habléis mucho de plegarias contra las inundaciones, no vaya a ser que nuestras gentes se acuerden del pasado y nos obliguen a los tres, con este chaparrón, a salir para que recemos contra la inundación.
Se sucedían así los relatos que, insignificantes en sí mismos e incomprensibles para los demás, sólo tenían sentido para ellos y para los de su generación; era siempre un recuerdo inocente, íntimo y que únicamente ellos conocían; un recuerdo que evocaba la vida monótona, bella y penosa de la pequeña ciudad, aquella vida que era su propia vida. Ahora bien, todo había cambiado hacía años, y, aunque hubiese perdurado en ellos la huella, aquellos tiempos no guardaban ninguna relación con el drama nocturno que los había forzado a reunirse en aquel círculo fantástico.
1. Sacerdote turco. (N. del T.)