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Электронная книга - «Un artista del mundo flotante». Краткое содержание книги:

Ultimamente he de reconocer que cada vez me gusta m?s la literatura japonesa, su estilo me tiene enganchado. Narraci?n directa, sencilla, pero siempre con un “algo” que te atrapa. Esta novela de Ishiguro no es una excepci?n.
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En la mesa, sin embargo, la conversación era muy fluida. El doctor Saito, especialmente, demostró mucha soltura para crear un ambiente distendido. Yo, por ejemplo, de no haber estado pendiente de la mirada constante del joven Mitsuo, habría olvidado la trascendencia de la reunión y me habría mostrado más espontáneo. Recuerdo que, en un momento de la comida, el doctor Saito se echó cómodamente hacia atrás en su silla y dijo:

– Al parecer, hoy ha habido más manifestaciones en el centro. Esta mañana ha subido al tranvía un hombre con un hematoma enorme en la frente. Como se sentó a mi lado, le pregunté si se encontraba bien y le aconsejé que fuese a un hospital. Pues bien, me respondió que justamente venía del médico y que a donde iba era a la manifestación para reunirse de nuevo con sus compañeros. ¿Qué le parece, señor Ono?

El doctor Saito había contado aquello sin ningún énfasis, pero por un instante tuve la impresión de que toda la mesa, incluida Noriko, había dejado de comer para escuchar mi respuesta. También es posible que fueran imaginaciones mías, pero el caso es que recuerdo que, al dirigir la mirada al joven Mitsuo, lo sorprendí observándome con especial atención.

– Es realmente lamentable -dijo- que golpeen a la gente. Es evidente que se están desatando las pasiones.

– Tiene usted toda la razón, señor Ono -intervino la señora Saito-. Que se desaten las pasiones, bueno, pero creo que la gente ya está excediéndose. Tantos heridos… A mi marido, sin embargo, todo le parece muy bien. No entiendo cómo puede pensar así.

En vez de reaccionar, que es lo que yo esperaba, el doctor Saito guardó silencio y la atención general volvió a recaer sobre mí.

– Como usted bien dice -apunté-, es una lástima que esté habiendo tantos heridos.

– Mi mujer, como siempre, no sabe interpretar mis palabras -dijo el doctor Saito-. Yo nunca he dicho que me parecieran bien todos estos disturbios. Sólo he intentado convencerla de que detrás de los heridos hay algo más. A nadie le gusta que la gente acabe en el hospital, pero el hecho de que esa misma gente sienta la necesidad de expresarse abiertamente de un modo tan enérgico, es lo que me parece positivo. ¿No lo ve usted así, señor Ono?

Me quedé unos instantes dudando, y antes de que respondiera, habló Taro Saito:

– Padre, es verdad que la gente se está excediendo. Está bien que haya democracia, pero eso no implica que los ciudadanos tengan derecho a organizar una revolución cada vez que no están de acuerdo con algo. A los japoneses nos han enseñado a comportarnos como niños, y ahora tenemos que aprender el sentido de responsabilidad que supone la democracia.

– Esto sí que es raro -dijo el doctor Saito riéndose-. ¡Ahora resulta que el padre es más liberal que el hijo! Es posible que Taro tenga razón. Ahora mismo nuestro país es como un niño que está aprendiendo a andar y a correr. Pero insisto en que lo que hay detrás es positivo. Un niño que está creciendo corre, se cae, pero no por ello vamos a encerrarlo, tenemos que dejarle hacer. ¿No es así, señor Ono? ¿O estoy siendo demasiado liberal, como dicen mi hijo y mi esposa?

Quizá fuera también idea mía -como he dicho, aquella noche estaba bebiendo más de lo que me había propuesto-, pero una vez más volvió a sorprenderme la falta de agresividad con que los Saito expresaban sus divergencias. Por otra parte, advertí que el joven Mitsuo me estaba observando de nuevo.

– En fin -dije-. Espero que no haya más heridos.

En ese momento, Taro Saito cambió de tema. Quiso saber la opinión de Noriko sobre uno de los grandes almacenes que acababan de abrir en la ciudad. Durante un rato, hablamos de cosas intrascendentes.

Es evidente que estas situaciones no son fáciles para una joven que está a punto de casarse. Es injusto pedirle opiniones que son de extrema importancia para su felicidad futura en medio de una tensión semejante; sin embargo, reconozco que no esperaba que Noriko sobrellevase tan mal la prueba. Con el paso de las horas, iba perdiendo seguridad. Decía «sí» o «no» y poco más. Por lo que pude apreciar, Taro Saito hacía lo posible por calmar a Noriko, pero en tales circunstancias no podía tampoco mostrarse demasiado insistente. Todos sus intentos de empezar una conversación más alegre, acababan en un silencio muy desagradable. Yo estaba sorprendido por la diferencia entre la sensación de angustia que veía en mi hija y el miai del año anterior. En aquella ocasión, como Setsuko había venido a casa, estuvo presente para apoyar a su hermana y, sin embargo, Noriko no pareció necesitar ayuda alguna. Al contrario, recuerdo que me molestó la malicia con que Noriko y Jiro Miyake se miraban, como burlándose del ceremonial.

– Señor Ono -dijo el doctor Saito-, recordará usted que la última vez que nos encontramos descubrimos que teníamos un conocido común, un tal señor Kuroda.

Ya estábamos terminando de comer.

– Sí, es verdad -dije.

– Mi hijo -el doctor Saito señaló al joven Mitsuo, con el que apenas había intercambiado palabra- está haciendo sus estudios en la Facultad de Uemachi, donde, como usted sabe, está dando clases el señor Kuroda.

– ¿Ah, sí? -Me volví hacia el joven-. ¿Entonces conoce usted al señor Kuroda?

– Bueno, no mucho -dijo el joven-. Lamentablemente, el arte no es mi fuerte, y con los profesores de ese departamento no tengo mucho contacto.

– Sin embargo, el señor Kuroda tiene muy buena fama, ¿no, Mitsuo? -intervino el doctor Saito.

– Sí, es cierto.

– ¿Sabías que el señor Ono fue muy buen amigo del señor Kuroda?

– Sí, eso he oído.

En ese momento, Taro Saito volvió a cambiar de tema.

– ¿Sabe, señorita Noriko? Tengo una teoría de por qué carezco de oído para la música. Cuando era pequeño, mis padres nunca afinaban el piano. Y un día tras otro, en una época tan decisiva para mi educación, tenía que oír a mi madre practicar con el piano desafinado. De ahí procede mi problema, ¿no cree usted?

– Sí -dijo Noriko volviendo a bajar la mirada.

– Por eso siempre he dicho que la culpa es de mi madre. ¡Y pensar que todos estos años ha estado reprochándome el mal oído que tengo! ¿No cree usted que he sido tratado injustamente?

Noriko sonrió pero no dijo nada.

El señor Kyo, que hasta ese momento había permanecido en silencio, empezó a contar una de sus graciosas anécdotas. A mitad de su relato, según la opinión de Noriko, lo interrumpí dirigiéndome al joven Mitsuo Saito:

– Estoy seguro de que el señor Kuroda le habrá hablado de mí.

Mitsuo me miró perplejo.

– ¿De usted? -dijo titubeante-. Estoy seguro de que lo mencionará a menudo, pero como en realidad no lo trato mucho…

Se quedó callado y miró a sus padres en busca de ayuda.

– No hay duda -dijo el doctor Saito con énfasis-. El señor Kuroda tendrá muy buen recuerdo de usted.

– No creo que el señor Kuroda tenga buena opinión de mí -dije mirando de nuevo a Mitsuo.

El joven se volvió otra vez bruscamente hacia su padre, pero fue la señora Saito la que habló:

– Al contrario. Estoy segura de que debe tener una gran opinión de usted.

– Señora Saito -dije en un tono quizá demasiado alto-, hay quienes piensan que mi carrera ha tenido una influencia nefasta. Una influencia que hoy en día más vale borrar y olvidar. Soy consciente de que es una opinión bastante generalizada, compartida también por el señor Kuroda.

– ¿En serio?

Si no me equivoco, el doctor Saito me miraba como un profesor mira a un alumno esperando a que diga la lección.

– En serio. Pero, en lo que a mí respecta, estoy dispuesto a aceptar la validez de tal juicio.

– Es usted injusto consigo mismo… -empezó a decir Taro Saito, pero proseguí:

– Hay quienes dicen que personas como yo son las responsables de los horrores que hubo de padecer esta nación. Yo, personalmente, reconozco que cometí muchos errores. Admito que hice muchas cosas que, a la larga, resultaron perjudiciales para nuestro país, y que tuve un papel importante en lo que finalmente supuso un infierno inenarrable para nuestro pueblo. Lo reconozco y, como pueden ver, lo reconozco sin ningún tipo de reservas.

El doctor Saito se echó hacia adelante, con aire perplejo:

– Discúlpeme, señor Ono -dijo-. ¿Está usted diciendo que no se siente satisfecho de su obra? ¿De sus cuadros?

– Ni de mis cuadros ni de mis enseñanzas. Ya ve, doctor Saito. No me cuesta reconocerlo. Sólo puedo decir que por aquel entonces actué de buena fe. Realmente creía estar ayudando a mis compatriotas. Pero ahora, como ve, reconozco sin ninguna reserva que estaba equivocado.

– Es usted demasiado cruel consigo mismo, señor Ono -dijo Taro Saito en un tono muy jovial y, volviéndose a Noriko, añadió-: Dígame, señorita Noriko, ¿su padre es siempre tan estricto?

Noriko había estado mirándome asombrada. Quizá por este motivo, Taro la cogió desprevenida y, por primera vez, dejó escapar por sus labios su acostumbrado sentido del humor.

– Mi padre no es nada severo. Soy yo la que debo ser severa con él, de lo contrario nunca se levantaría a desayunar.

– ¿De veras? -dijo Taro Saito, encantado de haberle podido sacar a Noriko una respuesta poco formal-. A mi padre también le gusta levantarse tarde. Dicen que la gente mayor duerme menos que los jóvenes, pero, según nuestra experiencia, más bien parece lo contrario.

Noriko se rió y dijo:

– Pero eso sólo les pasa a los hombres. Estoy segura de que la señora Saito no tiene ningún problema para levantarse temprano.

– Muy bonito -replicó el doctor Saito-, aún no hemos salido de la habitación y ya os estáis riendo de nosotros.

No pretendo afirmar que hasta ese momento todo hubiese estado pendiente de un hilo, pero sí tengo la impresión de que a partir de entonces el miai dejó de ser una reunión envarada, y posiblemente desastrosa, para convertirse en una feliz velada. Después de la cena, seguimos bebiendo sake y hablando durante un buen rato. Cuando llegó la hora de llamar a los taxis, el sentimiento general era que todos habíamos congeniado y, es más, a pesar de que Taro Saito y Noriko habían mantenido adecuadamente las distancias, era evidente que se habían gustado.

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