Un artista del mundo flotante
- Автор: Ishiguro Kazuo
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un artista del mundo flotante». Краткое содержание книги:
– Ahora ya sabemos quiénes eran los verdaderos traidores, y muchos de ellos andan por ahí sueltos,
– ¿Le dirá usted al señor Kuroda que he estado aquí? Quizá tenga la amabilidad de escribirme. Que tenga usted un buen día, señor Enchi.
Como es natural, no dejé que las palabras del joven me trastornaran, pero, teniendo en cuenta la boda de Noriko, me inquietaba la posibilidad de que Kuroda me recordase con tanto rencor como Enchi había dejado entrever. De todas formas, mi deber como padre era insistir en el asunto por desagradable que me resultase, y aquella misma tarde, al volver a casa, le escribí una carta a Kuroda manifestándole mi deseo de volver a verlo y subrayando que era por un asunto muy importante y delicado que tenía que tratar con él. El tono de mi carta era amistoso y conciliador, por eso la fría y ofensiva respuesta que recibí me decepcionó. «No tengo motivos para pensar que una cita con usted pueda dar algún fruto -escribía mi antiguo alumno-. Le agradezco la amabilidad de venir a verme el otro día, pero no se moleste en aparecer de nuevo.»
Confieso que este episodio ensombreció mi estado de ánimo y realmente echó por tierra mis optimistas perspectivas en lo referente a Noriko, y aunque, como he dicho, le oculté mis tentativas de ver a Kuroda, no hay duda de que mi hija percibió que las cosas no se habían resuelto satisfactoriamente y se fue poniendo cada vez más nerviosa.
El día del miai mi hija parecía tan tensa que empecé a preocuparme por la impresión que produciría a los Saito esa noche, sobre todo porque los Saito estaban dispuestos a mostrarse tranquilos y relajados. A última hora de la tarde pensé que sería prudente intentar animarla de algún modo, y ésa era mi intención cuando, al verla pasar por el salón donde me encontraba leyendo, le dije:
– Noriko, es sorprendente que puedas pasarte el día entero sin hacer nada más que acicalarte. Se diría que es hoy el día de la boda.
– Se ríe de mí cuando ni siquiera está usted arreglado. Muy propio -me soltó.
– Yo necesito muy poco tiempo para arreglarme -dije riéndome-. Es realmente asombroso que puedas pasarte así todo el día.
– Usted, claro, es demasiado orgulloso para arreglarse como es debido.
La miré sorprendido.
– ¿Qué quieres decir con «demasiado orgulloso»? ¿Qué insinúas?
Mi hija se alejó un poco mientras se retocaba el peinado.
– Si prefiere usted mostrarse indiferente ante algo tan banal como es mi futuro, lo comprendo. Además, todavía no ha terminado de leer el periódico.
– Ahora no cambies de tema. Estabas diciendo algo así como que yo era «demasiado orgulloso». ¿Por qué no sigues?
– Lo único que espero es que esté presentable cuando llegue el momento.
Y tras pronunciar esta frase, salió de la habitación.
En ese momento, como en otros muchos durante aquellos días difíciles, no pude evitar pensar en la gran diferencia que había entre la postura de Noriko ese año y la actitud que había mostrado el año anterior, cuando las conversaciones con los Miyake. Entonces había hecho gala de una tranquilidad que rayaba en la autosuficiencia, pero claro, a Jiro Miyake ya lo conocía, y me atrevería a decir que los dos estaban seguros de que se iban a casar y habían considerado las conversaciones entre las dos familias como una simple e incómoda formalidad. El disgusto que tuvo después fue muy desagradable, de eso no hay duda, pero las insinuaciones que había hecho aquella tarde eran a mi juicio innecesarias. De cualquier forma, la discusión no favoreció en absoluto nuestra disposición de ánimo para afrontar el miai, y es muy probable que desencadenara los acontecimientos que tendrían lugar aquella noche en el Kasuga Park
Durante muchos años, el Kasuga Park había sido considerado el más agradable de los hoteles de estilo occidental de la ciudad. Actualmente, en cambio, la dirección se ha dedicado a decorar las habitaciones de un modo un tanto vulgar con el fin, sin duda, de impresionar a los clientes americanos, para quienes el lugar tiene fama por su encanto «japonés». A pesar de todo, la habitación que había reservado el señor Kyo era bastante acogedora. Por los ventanales se veía la ladera oeste de la colina de Kasuga, así como las lejanas luces de la ciudad. Por lo demás, lo que predominaba en la habitación era una gran mesa circular, con sillas de respaldo elevado, y un cuadro que había en una de las paredes y que inmediatamente atribuí a Matsumoto, a quien había conocido muy superficialmente antes de la guerra.
Es posible que los nervios ante el acontecimiento me llevaran a beber demasiado deprisa, porque las imágenes que guardo de aquella noche no son tan claras como debieran. Recuerdo que enseguida tuve una impresión favorable de Taro Saito, el joven al que se me pedía que aceptase como yerno. Además de parecer una persona inteligente y responsable, tenía la elegancia y el aire sereno que yo admiraba en su padre. Al ver la naturalidad y la tranquilidad con que Taro Saito nos había recibido a Noriko y a mí, me vino a la memoria otro joven que también me había impresionado en una situación semejante hacía unos años. Me refiero a Suichi con ocasión del miai de Setsuko en lo que por aquella época era el Hotel Imperial. Durante un rato pensé en la posibilidad de que la cortesía y la complacencia de Taro Saito se desvanecieran con el tiempo, como le había ocurrido a Suichi. Aunque, claro, espero que Taro Saito no tenga que pasar por los mismos trances que, según se dice, han marcado a Suichi.
En cuanto al doctor Saito, su presencia resultaba tan imponente como siempre. A pesar de que hasta aquella noche no habíamos sido formalmente presentados, el doctor Saito y yo nos conocíamos desde hacía años, y habíamos adquirido la costumbre de saludarnos en la calle en señal de mutuo respeto. Con su esposa, una bella mujer entrada ya en los cincuenta, también había intercambiado algún saludo; lo mismo que su marido, se caracterizaba por su porte distinguido y su aplomo para manejar cualquier situación desagradable que pudiera surgir. El único miembro de la familia que no me causó buena impresión fue el hijo menor, Mitsuo, a quien le calculé unos veinte años.
Al recordar aquella tarde, me doy cuenta de que el joven Mitsuo levantó mis sospechas en cuanto lo vi. No sé a ciencia cierta cuál fue la primera señal de alarma, quizá el hecho de que me recordase al joven Enchi, a quien había conocido en casa de Kuroda. De cualquier modo, cuando empezamos a comer, mis sospechas se vieron paulatinamente confirmadas, pues aunque Mitsuo se comportó con toda corrección, cuando lo sorprendía observándome, había algo en su mirada o en el modo de pasarme en la mesa cualquiera de los platos, que me hicieron presentir su actitud reprobadora y hostil.
Después de llevar ya un rato comiendo, se me ocurrió de pronto que la actitud de Mitsuo era en realidad la misma que la del resto de la familia, sólo que él no la disfrazaba tan hábilmente. A partir de ese momento, me dediqué a observar a Mitsuo como si fuera el más claro indicador de lo que realmente pensaban los Saito. Sin embargo, no intercambié muchas palabras con Mitsuo, quizá porque estaba sentado al otro lado de la mesa, bastante lejos de mí, o porque a su lado estaba el señor Kyo, con quien mantenía una animada conversación.
– Nos han dicho que es usted aficionada al piano, señorita Noriko -recuerdo que dijo la señora Saito en un momento dado.
Noriko se rió y contestó: -Casi no practico.
– Yo tocaba el piano cuando era más joven -dijo la señora Saito-, pero ahora estoy desentrenada. A las mujeres no nos queda tiempo para esos entretenimientos, ¿no cree usted?
– Es cierto -respondió mi hija bastante nerviosa.
– Yo, personalmente, no soy un gran melómano -intervino Taro Saito mirando con insistencia a Noriko-. Mi madre siempre me echa en cara que no tengo el más mínimo oído para la música. Por eso no confío en mis propios gustos. Siempre tengo que pedirle consejo para saber qué compositores debo admirar.
– No digas disparates -dijo la señora Saito.
– ¿Sabe, señorita Noriko? -prosiguió Taro-, una vez compré los discos de un concierto para piano de Bach. Mi madre empezó a decirme que era una música muy mala y que yo tenía un gusto pésimo. Evidentemente, frente a las opiniones de mi madre, las mías no tenían peso alguno. El resultado es que ya no escucho a Bach, aunque… estoy pensando que quizá podría usted salvarme. ¿Le gusta Bach, señorita Noriko?
– ¿Bach? -Mi hija se quedó perpleja durante unos instantes. Después sonrió y dijo-: ¡Oh, sí, mucho!
– ¡Ah! -dijo Taro Saito triunfante-. Mi madre va a tener que replantearse sus gustos.
– No le haga ningún caso, señorita Noriko. Yo nunca he criticado a Bach tan categóricamente. Pero dígame, ¿no está usted de acuerdo conmigo en que, tratándose de piano, Chopin es mucho más expresivo?
– Sí -dijo Noriko.
Este fue el tipo de respuestas que caracterizaron las intervenciones de mi hija durante la primera parte de la velada. Actitud que, por otra parte, no me sorprendió en absoluto. Cuando está en familia, o en compañía de amigos íntimos, Noriko se muestra jovial y a menudo hace gala de un ingenio y de una elocuencia únicas, pero en reuniones más formales he notado que tiene dificultades para encontrar el tono apropiado y da la impresión de ser una joven tímida. Aquella noche ocurrió precisamente eso. A mí me preocupó; estaba claro que los Saito no eran la típica familia a la antigua (el talante de la señora Saito no hizo más que confirmarlo) que prefiere que las mujeres estén calladas y se muestren recatadas. Yo ya lo había supuesto y por eso, mientras preparábamos el miai, había insistido en que Noriko debía acentuar en la medida de lo posible su carácter vivo y su inteligencia. Mi hija había aprobado la estrategia y había asegurado, muy decidida, que se comportaría abiertamente y con mucha naturalidad. Yo hasta había temido que cometiese alguna impertinencia, pero después, al ver que a pesar de sus esfuerzos sólo respondía sumisa y llanamente a las preguntas de los Saito, me imaginé lo frustrada que debía sentirse.