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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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Había conocido a Andros, su novio, en una discoteca de Atocha, muy ruidosa y atestada de gente de lo más variopinta (cubanos, magrebíes, africanos del sur, polacos e inmigrantes en general; grupos de señores maduros, procedentes de Madrid capital y alrededores, ansiosos por ligarse a alguna treintañera; oficinistas solteras y chicas de alterne, soldaditos españoles con la noche libre…). Fue un sábado de hacía cinco meses. Solía ir por allí con Katia, su compañera de trabajo en el jardín de infancia. Aquella noche su amiga iba vestida al estilo de la Madonna de los años ochenta, con una cazadora de cuero negro, varios rosarios de carey colgados del cuello a modo de collares, y un top azul marengo lleno de lentejuelas que titilaban tanto que parecían estrellas de un minúsculo e inestable universo encajado en su pechera. Irma, por el contrario, se había puesto un traje de chaqueta de popelín marrón brillante, entallado en la cintura y con unas solapas diminutas. La falda le llegaba por debajo de la rodilla y estaba calzada con unos zapatos afilados de tacón que la estaban matando.

Katia le estaba haciendo alguna confidencia cuando un tipo se les acercó. Llevaba el cráneo rapado, aunque se notaba que no se había pelado al cero para parecer moderno, sino por disimular una calvicie fulminante. Tenía racimos de puntitos negros detrás de las orejas y por el cogote, allí donde algunos pelos todavía reunían el valor suficiente como para atreverse a salir a la luz del yermo capilar que era aquella calavera.

«Yo creía que los hombres cuando te quieren intentan hacerte feliz, ¿no?, y resulta que él es de los que piensan que quien bien te quiere te hace llorar. O sea, de los que te dan una somanta de palos cuando pierde su equipo de fútbol, y luego te dicen que los golpes son en beneficio tuyo, o sea… como si los putos puntos que te dan en el hospital para coserte las heridas fueran puntos de descuento en el puto supermercado, ¿no? O sea, una cosa así», le gritaba Katia a Irma, a voz en cuello, tratando de hacerse oír por encima del estruendo musical que inundaba el local.

«Oye, nena», el calvo se sentó al lado de Irma. Tendría unos cuarenta años y sostenía una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.

«Qué equivocada vivo, ¿verdad? ¡Ja! -continuó Katia-, o sea, que a mí me parecía que un tío que no te pone la mano encima como no sea para bajarte las bragas con tu consentimiento, o para darte un masaje tailandés, pues que es como… una compañía más agradable para una chica. Y ahora voy y me entero por boca de este cafre que el amor verdadero consiste en pasar por… no sé, como por un saco de entrenar de ésos de los gimnasios de boxeo, ¿sabes los que te digo? No te jode.»

«¿Y tú qué le dijiste cuando te dio el tortazo?», se interesó Irma.

«¿Puedo tutearte?», le preguntó el hombre que acababa de sentarse junto a ella.

«Decir decir, lo que se dice decir no le dije nada, la verdad. Salí pitando de su casa en cuanto me largó su discurso de mierda y se dio media vuelta. No lo he vuelto a ver desde entonces. Ni falta que me hace, o sea…»

«Digo que si puedo tutearte», insistió el calvo tocando levemente el brazo izquierdo de Irma.

A ella le dolían los pies y no le gustaba la cara del intruso.

«¡Como lo intentes te rompo yo a ti también la cara a guantazo limpio!», le respondió Irma chillando.

«¡Eh, tía! Te he preguntado que si puedo tutearte, no que si puedo putearte», se ofendió el desconocido, haciendo una mueca de incomodidad mientras volvía a ponerse en pie.

«Viniendo de ti lo mismo me da, tío cerdo. ¡Largo!»

«¡Qué borde eres, chavala!»

«¡No lo sabes tú bien, capullo!»

«No sé, chica -Katia cerró los ojos un instante, parecía disgustada de verdad-, con un hombre así, tan cabrón quiero decir, una se siente tan… -pensó un poco mientras movía las manos de manera extravagante, como tratando de atrapar en el aire las palabras que buscaba-, con un tío así una se siente tan… tan… ¿cuál es el femenino de impotente?»

Cuando el aturdido ligón hubo desaparecido de la vista de las dos amigas, engullido por un montón de cuerpos inquietos que se balanceaban frenéticamente al ritmo de la música, ambas dejaron de hablar, miraron a la pista y sorbieron al unísono por las pajitas de sus copas llenas de bloody mary.

Entonces apareció Andros en su campo de visión. Se sentó sobre un taburete desocupado, a un par de metros de donde estaban las dos mujeres. Irma lo observó con satisfacción. Tenía el cabello rizado y negro y, aunque no podía verle el rostro con mucha nitidez, sí le era posible intuir su deliciosa simetría y quién sabe si una desusada suavidad masculina escondida en el mentón. Sin saber por qué, se imaginó frotando su mejilla contra la mejilla de aquel hombre, y el pensamiento le provocó una placentera sensación de vértigo en el estómago.

Él sacó un cigarrillo y se palpó los bolsillos buscando fuego. Katia encendió un pitillo en ese momento y el joven se acercó a ellas. Señaló al mechero de Katia y luego enseñó su cigarrillo. La joven se lo encendió distraídamente.

«Грαθσpaσ, εрησ μνι αμαβλη», dijo él.

«¡Dios mío, me estoy quedando sorda! -se lamentó Katia mirando hacia su amiga-, ¿qué ha dicho este buen mozo?»

«No tengo ni la menor idea», contestó Irma, pero le dedicó a Andros su sonrisa más encantadora.

Irma y Andros apenas si se habían separado desde aquella noche. Al principio hubo algunas confusiones entre ellos porque, como Irma no tardó en comprobar, el joven griego no hablaba otro idioma que no fuese griego. Incluso era incapaz de decir «buenos días» o «adiós». Cuando se conocieron él llevaba sólo doce horas en Madrid, y era la primera vez que salía de su país. A ella le costó mucho enterarse de que Andros trabajaba como cocinero en la embajada griega. En algún momento de desesperación llegó incluso a sospechar que aquel hombre, que conseguía que sus entrañas se revolvieran de gozo con sólo una mirada, era un paciente escapado de un frenopático con algún tipo de dislexia extrañamente melodiosa.

No obstante, una vez deshecho el malentendido, Irma empezó a disfrutar de la incomunicación verbal que existía entre ambos.

«Eres encantador», le decía a su novio haciéndole mimos.

«Εрεσ πрεθωσα, μη γνσ τυ πελω, μη γνστα βοκα, μη γνστας τυ, ερης πρεθωσα. ¿Αθεμωσ ελ αμωρ ρτρα βεθ?», respondía él.

«¿Qué quieres comer hoy?», Irma le acariciaba la barbilla.

«Μη γνσταρια πρεσεντατε α μς χηΦε παρα κη ση μνηρα δε ενβιδια κνανδω τη βεα. Σν μνχερ τιηνε βιγωτε, χε, χε…», sugería Andros con su agradable y misteriosa voz.

«¿Sí?, ¿eso?, pues estupendo, porque a mí también me apetece», Irma se sentía tan feliz a su lado como un gorrión en primavera.

Sentada en su pequeño salón, recordó con añoranza los cuatro primeros meses de su relación con el joven cocinero griego.

Andros podía pasarse horas y horas hablando con ella sin despertar inquietud, ni ansiedad, ni terror en su corazón reconcomido de niña. Se contaban sus cosas el uno a la otra, sin comprender ni una palabra de lo que se decían y, a pesar de todo, el aire no se estremecía presagiando quién sabe qué tragedias espantosas. No sonaban alarmas que ennegrecieran las mañanas de Irma. La vida era, por una vez, misterio y alegría.

Sí, la suya era una relación perfecta, pensaba Irma alborozada: porque Andros y ella, por si fuera poco, jamás discutían. Estaban de acuerdo en todo porque el acuerdo no era una condición ni una necesidad para ellos. Ni siquiera existía en el mundo que habitaban, ya que no tenían ningún vocablo común que lo denominara.

Perfecta, perfecta sin lugar a dudas. Una relación preciosa. O al menos así lo había sido hasta hace poco, concretamente hasta que llegó aquella noche fatídica, tres semanas atrás, cuando Andros volvió de su trabajo como siempre a medianoche. Irma también estaba tumbada sobre el sofá, como ahora, esperándolo mientras veía sin mucho interés un reportaje en la tele que hablaba de sexo y ansiolíticos. Él abrió la puerta de la entrada con su juego de llaves, volvió a cerrar, sonrió con júbilo. Y en sus redondos y risueños ojos negros nada hacía presagiar el cataclismo: sus labios gruesos, encantadores, se contrajeron y estiraron mientras formaban los espeluznantes sonidos. Irma se sintió casi succionada por ellos, atraída hacia aquel túnel del horror lingüístico. Estuvo a punto de marearse y de gritar como la víctima de un descuartizamiento criminal.

«Bue-nas no-ches, a-mor mí-o», pronunció Andros lenta y claramente. Incluso daba la impresión de sentir cierta exultación infantil, o tal vez fuera orgullo, mientras lo decía.

UN HOGAR PARA ARACELI

Alguien le dijo a Loeyo: «Tengo sesenta años»;

y el sabio le contestó: «¿Te refieres a los sesenta años

que ya no tienes?».

LUCIO ANNEO SÉNECA, Tratados filosóficos

¡Qué difícil es resistirse a la adulación! La adulación se sirve de todo para ser eficaz y conseguir los propósitos del lameculos de tumo. Se aprovecha de la debilidad y del desánimo ajenos, incluso de la mentira (adornada de verdades, eso sí). Araceli se preguntaba cómo había sido capaz de dejarse vencer por un simple engatusamiento senil, tan nubloso como sus ojos, tan lleno de achaques como su viejo cuerpo. Sin embargo, así había sido. Se esforzó por poner una puerta entre la adulación y ella pero, tal y como siempre ocurría, la había dejado entornada. Anselmo, por supuesto, la abrió sin llamar, propinándole incluso una patada y arramblando así con sus defensas de una buena vez. Quizás por eso Araceli se había rendido casi sin presentar batalla.

La anciana señora sintió de repente miedo, un miedo suave que recorría su espalda haciéndole cosquillas, igual que la caricia temblorosa de otra mano decrépita parecida a la suya. Recordó unas palabras que ahora flotaban errantes por su memoria: «Si quieres no temer nada, piensa que nada debes temer; mira a tu alrededor y verás qué poco se necesita para destruirte. ¿Por qué ibas a temer los temblores de tierra cuando una flema puede ahogarte?». ¡Cuánta razón había en tan pocas frases! Así que ella, que no quería temerle a nada, pensó tratando de infundirse valor que no tenía nada que temer, como dijo… Bueno, no recordaba exactamente quién lo dijo. Así estaban ahora las cosas para ella: leía algo, o lo oía en la radio (pocas veces en televisión, esa distracción más propia de viejos idiotas), y luego las palabras navegaban arriba y abajo por su cabeza hasta que encallaban y ella no recordaba de dónde habían salido; entonces llegaba la hora en que Araceli le adjudicaba a Flaubert una cita de Ronald Reagan, y a Ronald Reagan otra de Mickey Mouse. ¿Y quién salía perdiendo a lo largo de todo el proceso? ¡Mickey Mouse, por supuesto!

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