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Estrella brillante [Star Light - es]

Электронная книга - «Estrella brillante [Star Light - es]». Краткое содержание книги:

Dhrawn era un planeta que, entre otros inconvenientes, tenía una gravedad aplastante, cuarenta veces superior a la terrestre. Era evidentemente imposible para los terrícolas explorarlo. Por lo tanto, para llevarlo a cabo necesitarían colocar sobre aquella superficie a alguien dotado de inteligencia e iniciativa, pero psicológicamente más apropiado que los humanos.
Los seres vivientes que mejor se ajustaban a esas exigencias eran los pequeños mesklinitas, dotados de una constitución resistente. Aunque se encontraban en un estadio cultural inferior, los humanos pensaban que no convenía suministrarles una elevada ayuda tecnológica para su cometido. En cambio, deberían controlar la exploración desde su seguro satélite en órbita a seis millones de millas de Dhrawn.
Hasta el momento de descender allí, los tenaces, valientes e inteligentes mesklinitas estaban decididos a no ser contratados y deseosos por sí mismos de aceptar el fantástico desafío que las fuerzas de Dhrawn les presentaban.

Nominado por el premio Hugo en 1971.
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V. DE LA SARTÉN AL CONGELADOR

En un sentido estricto, no todas habían desaparecido. Podían verse varias sobre las rocas, evidentemente desalojadas en el momento del impacto final. Beetchermarlf no podía saber —más bien le asustaba hacerlo— si alguna se había desprendido, con los primeros topetazos, a kilómetros de corriente arriba. Eso podría ser averiguado más tarde. Primero había que inspeccionar lo que quedaba. El timonel se puso a la tarea.

La parte delantera no parecía haber recibido daño alguno; las ruedas continuaban allí, y su laberinto de cables estaba en perfectas condiciones. En la parte central del vehículo algunos cables se habían roto, a pesar de la enorme fuerza de la fibra mesklinita que se había empleado. Algunas de las ruedas estaban torcidas fuera de posición; otras giraban flojamente al tocarlas. El esquema de las partes perdidas en la zona posterior era regular y bastante alentador. Numerándolas desde el lado de popa, la primera fila había perdido las últimas cinco ruedas; las filas segunda y tercera, las cuatro últimas; la fila cuarta, las tres últimas; la fila quinta en el lado de estribor, las dos últimas. Esto sugería que todas habían cedido ante el mismo impacto, que había golpeado el fondo del casco diagonalmente; puesto que algunas de las partes desprendidas se encontraban en los alrededores, parecía haber una buena probabilidad de que todas estuviesen allí.

Los inspectores quedaron sorprendidos ante el poco daño que habían producido las ruedas al desgajarse. Ni Beetchermarlf ni sus compañeros habían tenido nada que ver con el diseño del Kwembly y sus máquinas gemelas. Ninguno tenía más que una idea general del tipo de pensamiento utilizado. Nunca habían considerado los problemas inherentes a la construcción de una máquina movida por las fuentes de energía más sofisticadas, pero operadas por unos seres pertenecientes a una cultura que todavía estaba en la fase del músculo y el viento; seres que, una vez en Dhrawn, estarían alejados de cualquier facilidad para reparaciones y sustituciones. Esta era la razón por la que el gobierno del vehículo se hacía mediante cables y aparejos, en lugar de por instrumentos movidos por energía o artificios similares; de aquí que las compuertas neumáticas fuesen tan sencillas y no completamente a prueba de imprudencias; así mismo esto justificaba por qué no sólo el sistema de soporte vital era operado manualmente (excepto las luces que conservaban vivas las plantas), sino también había sido ideado y construido por científicos y técnicos mesklinitas.

Unos cuantos centenares de aquellos seres habían recibido un extenso conjunto de educación alienígena, aunque no se había intentado extender el nuevo conocimiento entre la cultura mesklinita. Casi todos los «graduados» estaban ahora en Dhrawn, junto con reclutas como Beetchermarlf; en su mayor parte eran jóvenes voluntarios, razonablemente inteligentes, procedentes de la marinería de la nación marítima de Barlennan. Esta gente tendría que realizar cualquier reparación y todo el mantenimiento regular de los vehículos. Este hecho tuvo que estar constantemente en primer plano en las mentes de los diseñadores. Idear unos vehículos capaces de cubrir miles de kilómetros sobre la superficie de Dhrawn en un tiempo razonable y, a la vez, más o menos seguros bajo los cuidados mesklinitas, había producido inevitablemente una maquinaria con asombrosas cualidades. Beetchermarlf no debería sorprenderse de que las piezas de su vehículo se ajustasen tan fácilmente, ni de que los vehículos sufriesen tan pocos daños.

Por supuesto, la inteligencia de los mesklinitas había sido tenida en cuenta. Era la razón principal para no depender de robots: éstos no habían dado resultados satisfactorios en los primeros tiempos de la exploración espacial. La inteligencia mesklinita podía compararse con la de los seres humanos, con los Drommian o con los Paneshks, hecho sorprendente en sí mismo, puesto que los cuatro planetas habían desarrollado sus formas de vida a lo largo de longitudes de tiempo geográfico que diferían ampliamente. Era también bastante seguro que los mesklinitas, en su mayoría, vivían mucho más tiempo que los seres humanos, aunque eran curiosamente bastante reluctantes a discutir tal asunto; en realidad, lo que esto podría significar en términos de su competencia en general era algo tan problemático como el propio Dhrawn.

Desde cualquier punto de vista había sido un proyecto costoso, y la mayor parte del riesgo lo soportaban los mesklinitas. La barcaza gigante que iba a la deriva en órbita cerca de la estación humana y que se suponía capaz de evacuar a toda la colonia, en caso de emergencia, era poco más de un gesto, especialmente para los seres de viaje en los vehículos.

Nada de esto se encontraba en las mentes de los tres marineros que inspeccionaban los daños del Kwembly. Estaban simplemente sorprendidos y encantados al averiguar que las ruedas perdidas sólo habían saltado de las cavidades en las que normalmente se enroscaban y en las que podían ser colocadas de nuevo, aparentemente sin problemas, suponiendo que fuesen encontradas. Con este asunto resuelto a su satisfacción, Beetchermarlf caminó un poco hacia el lecho del río, hasta el límite impuesto por los cables de seguridad, y encontró doce ruedas dentro de ese radio. Algunas estaban dañadas: llantas rotas o con eslabones perdidos; ruedas de soporte agrietadas; unos cuantos ejes mellados. Los tres reunieron todo el material que pudieron alcanzar y lo transportaron bajo la popa del Kwembly. El timonel pensó en doblar la longitud de los cables salvavidas y aumentar el radio de la búsqueda, pero decidió informar primero a Dondragmer y obtener su aprobación. De hecho, el timonel estaba algo sorprendido de que el capitán no hubiese aparecido antes, a la vista de su anunciada intención de revisar el exterior.

Supo la razón cuando él y sus compañeros llegaron a la compuerta bordeando la popa. Dondragmer, sus dos compañeros en la primera salida y seis tripulantes más, que habían sido llamados en el intermedio, estaban cerca del centro del Kwembly trabajando para retirar las piedras de la región de la compuerta principal.

Los trajes especiales no tenían equipo de comunicación; la capacidad transmisora entre su relleno de hidrógeno-argón y el líquido que los rodeaba era muy pobre; pero la voz mesklinita, construida alrededor de un sifón natatorio, en lugar de un aparato pulmonar (los enanitos que usaban hidrógeno no tenían pulmones), era una cosa más entre las que habían preocupado a los biólogos humanos. El timonel captó la atención de su capitán con un fuerte grito y le hizo señas de que le siguiese al otro lado de la popa del vehículo. Dondragmer supuso que el asunto era importante y le siguió, después de ordenar a los otros que continuasen con su trabajo. Una mirada y unas cuantas frases de Beetchermarlf le pusieron al corriente de la situación.

Después de pensar unos cuantos segundos, rechazó la idea de buscar inmediatamente las ruedas desaparecidas. El agua todavía bajaba; sería más seguro y más fácil conducir la búsqueda cuando no quedase nada, si no tardaba mucho. Mientras tanto, podían comenzar las reparaciones en las que habían encontrado ya. Beetchermarlf recibió la orden y comenzó a seleccionar el equipo dañado para planear el trabajo.

Era necesario tener cuidado; algunas partes eran bastante ligeras como para ser transportadas por la corriente al desprenderlas del resto de los aparatos. Objetos de este tipo ya habían desaparecido, seguramente de esa forma. El timonel hizo que una luz portátil fuese traída al lugar y estacionó a uno de sus ayudantes a unos cuantos metros corriente abajo para coger cualquier cosa que se escapase. Pensó en lo útil que sería una red, pero no había redes a bordo del Kwembly; con los kilómetros de cuerda que había, era posible construir una, pero difícilmente parecía valer la pena.

Ocho horas de trabajo, interrumpidas por descansos ocasionales, que había pasado charlando con Benj, dieron frutos positivos en tres de las ruedas dañadas de nuevo en servicio. Algunas de sus partes no eran las originales. Beetchermarlf y los demás habían improvisado con libertad, empleando tejidos y cuerdas mesklinitas, además de polímeros y aleaciones alienígenas que tenían a mano. Las herramientas eran suyas; su cultura había alcanzado altas cotas en artesanía, y objetos como sierras, martillos y el espectro usual de herramientas de filo les eran familiares a los marineros. El hecho de que estuviesen fabricadas con los equivalentes mesklinitas del hueso o el cuerno y la concha no eran una desventaja, considerando la naturaleza general de los tejidos mesklinitas.

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