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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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– Dos o tres días antes de que movieran la lápida. Así que yo ya no pongo los pies allí.

– Pues nosotros sí, y usted va a acompañarnos. No lo dejaremos solo, tengo aquí una teniente que lo protegerá.

– Así que por narices, ¿eh? Con la pasma, ¿no? ¿Y lleva usted un bebé a la expedición? Pues sí que tiene usted valor.

– El bebé duerme. El bebé no tiene miedo a nada. Si va él, puede ir usted, ¿no?

Flanqueado por Retancourt y Voisenet, el guarda los condujo a paso ligero hasta la tumba, tremendamente ansioso por volver a su refugio.

– Aquí la tienen. Ésta es.

Adamsberg dirigió el haz de luz de la linterna hacia la piedra.

– Una mujer joven -dijo-. Muerta con treinta y seis años, hace más de tres meses. ¿Sabe usted cómo?

– Un accidente de coche, es todo lo que sé. Es triste.

– Sí.

Estalère se había agachado en el camino para pasar la mano por el suelo.

– Gravilla, comisario. Es la misma.

– Sí, cabo. De todos modos, tome muestras.

Adamsberg alumbró sus relojes.

– Son casi las cinco y media. Despertamos a la familia dentro de media hora. Necesitamos la autorización.

– ¿Para qué? -preguntó el guarda, que recobraba cierto aplomo en medio del grupo.

– Para quitar la losa.

– Rediez, ¿cuántas veces van a mover esta piedra?

– Si no la quitamos, ¿cómo quiere que sepamos por qué lo hicieron?

– Es bastante lógico -murmuró Voisenet.

– Pero si no cavaron -protestó el guarda-. Ya se lo he dicho, leñe. No había nada, ni un agujero de alfiler. Incluso quedaban los tallos secos de las rosas por todas partes. Eso demuestra que no tocaron nada, ¿no?

– Quizá, pero tenemos que comprobarlo.

– ¿No se fía?

– Han muerto dos tipos por esto, a los dos días del suceso. Degollados los dos. Es un precio alto sólo por haber movido una lápida. Sólo por tocar las pelotas.

El guarda se rascaba la barriga, perplejo.

– O sea que algo harían -prosiguió Adamsberg.

– Pues no veo qué.

– Pues vamos a verlo.

– Sí.

– Y para eso hay que retirar la lápida.

– Sí.

Veyrenc llamó aparte a Retancourt.

– ¿Por qué el comisario lleva dos relojes? -preguntó-. ¿Para saber qué hora es en América?

– Porque está chalado. Creo que tenía un reloj y que su novia le regaló otro. Así que se lo puso también. Y ahora ya la cosa no tiene remedio, lleva dos relojes.

– ¿Porque no se decide a elegir entre los dos?

– No, yo creo que es más sencillo. Posee dos relojes, luego lleva dos relojes.

– Ya veo.

– Aprenderás rápido.

– Tampoco he captado cómo se le ha ocurrido lo del cementerio, si estaba durmiendo.

– Retancourt -llamó Adamsberg-, los hombres se van a descansar. Vendré con un relevo en cuanto haya devuelto a Tom a su madre. ¿Puede ocuparse de la coordinación? ¿Encargarse de las autorizaciones?

– Yo me quedo con ella -propuso el Nuevo.

– ¿Ah sí, Veyrenc? -preguntó con rigidez-. ¿Cree que va a aguantar sin dormir?

– ¿Usted no?

El teniente había cerrado rápidamente los párpados, y Adamsberg lo lamentó. Choque de bucardos en la montaña, el teniente se pasaba los dedos por la extraña cabellera. Incluso de noche, las vetas rojas se distinguían con claridad.

– Tenemos trabajo, Veyrenc, y trabajo sucio -prosiguió Adamsberg más suavemente-. Si hemos podido esperar treinta y cuatro años, podremos esperar unos días más. Le propongo que nos demos una tregua.

Veyrenc pareció vacilar, pero asintió en silencio.

– De acuerdo -dijo Adamsberg alejándose-. Estaré de vuelta en una hora.

– ¿De qué habla? -preguntó Retancourt siguiendo al comisario.

– De una guerra -contestó con sequedad Adamsberg-. La guerra de los dos valles. No te metas en esto.

Retancourt se detuvo, malhumorada, haciendo volar gravilla de una patada.

– ¿Es grave? -preguntó.

– Más bien.

– ¿Qué ha hecho?

– O qué hará. Te gusta, ¿verdad, Violette? Pues no te pongas entre el árbol y la corteza, porque algún día tendrás que elegir. O él, o yo.

XV

A las diez de la mañana, la lápida había sido levantada, revelando una superficie de tierra lisa y aplanada. El guarda había dicho la verdad, el suelo estaba intacto, salpicado por todas partes de restos de rosas ennegrecidas. Los policías, cansados y decepcionados, daban vueltas alrededor de la tumba, desconcertados. ¿Qué habría decidido el viejo Angelbert ante esa derrota de sus hombres?, se preguntó Adamsberg.

– Saque fotos de todos modos -dijo al fotógrafo pecoso, un chico amable y con talento cuyo nombre olvidaba regularmente.

– Barteneau -le sopló Danglard, que también asumía la tarea de contrarrestar las deficiencias sociales del comisario.

– Barteneau, tome fotos. También de detalle.

– Ya se lo advertí -rezongó el guarda-. No hicieron nada. Ni un agujero de alfiler.

– Tiene que haber algo por fuerza -replicó Adamsberg.

El comisario estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en los brazos. Retancourt se alejó, se apoyó en un monumento funerario y cerró los ojos.

– Va a dormir un poco -explicó el comisario al Nuevo-. Es la única de la Brigada que sabe hacerlo, dormir de pie. Un día nos explicó la manera de hacerlo, y todo el mundo lo intentó. Mercadet estuvo a punto de conseguirlo. Pero justo cuando se estaba quedando dormido, se cayó.

– Me parece normal -susurró Veyrenc-. ¿Y ella no se cae?

– Precisamente no. Y vaya a comprobarlo, duerme de verdad. Puede hablarle en voz alta, nada la despierta si así lo ha decidido.

– Es una cuestión de conversión -explicó Danglard-. Convierte su energía en lo que quiere.

– Eso no nos da la clave del sistema -añadió Adamsberg.

– Igual lo único que hicieron fue mear encima -sugirió Justin, que se había sentado junto al comisario.

– ¿Encima de Retancourt?

– Encima de la tumba, caray.

– Es mucho trabajo y mucho dinero sólo para mear.

– Sí, perdón, hablaba por hablar, para relajarme.

– No se lo reprocho, Voisenet.

– Justin -corrigió Justin.

– No se lo reprocho, Justin.

– Además, tampoco me relaja mucho.

– Sólo hay dos cosas que relajan de verdad. Reír y hacer el amor. No estamos haciendo ni lo uno ni lo otro.

– Lo sospechaba.

– ¿Y dormir? -preguntó Veyrenc-. ¿No relaja?

– No, teniente, dormir descansa. No es lo mismo.

El equipo volvió a sumirse en el silencio, y el guarda preguntó si podía irse. Sí, podía.

– Deberíamos aprovechar que el elevador está aquí para volver a colocar la lápida -propuso Danglard.

– Todavía no -dijo Adamsberg, con la barbilla todavía apoyada en los brazos-. Seguimos mirando. Si no encontramos nada, los estupas nos los quitan esta noche.

– No vamos a quedarnos días aquí sólo para resistir a los estupas.

– Su madre dijo que no tocaba la droga.

– Las madres… -soltó Justin encogiéndose de hombros.

– Se relaja usted demasiado, teniente. Hay que creer a las madres.

Veyrenc iba y venía aparte, lanzando de vez en cuando una mirada intrigada a Retancourt, que dormía, en efecto, profundamente. De vez en cuando, hablaba solo.

– Danglard, trate de oír lo que farfulla el Nuevo.

– ¿De verdad quiere saberlo?

– Nos relajará un poco, estoy seguro.

– Bueno, pues el Nuevo está murmurando versos de circunstancia. Empieza por «Oh, tierra».

– ¿Y luego? -preguntó Adamsberg, un tanto desanimado.

– «Oh tierra, si te imploro, permaneces callada,

ocultando el secreto de esa noche espantosa.

¿Eres tú que te niegas, o acaso ya no puedo

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