Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La tercera virgen - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 82
Перейти на страницу:

– No -había dicho Adamsberg.

Las miradas se habían vuelto hacia el comisario, que, con la espalda apoyada en la pared, los estaba mirando con los brazos cruzados.

– ¿Algún problema? -había preguntado Romain.

– ¿No huelen nada?

Adamsberg se había despegado de la pared y se había aproximado al cuerpo. Había olido el rostro, posado una vaga caricia sobre el pelo ralo del anciano. Luego había recorrido las dos pequeñas habitaciones, con la cara en alto.

– Está en el aire, Romain. Mira hacia otro sitio, no al cuerpo.

– ¿Hacia qué «otro sitio»? -había preguntado Romain, levantando sus gafas hacia el techo.

– Romain, este viejo ha sido asesinado.

El médico de cabecera había hecho un gesto de impaciencia, volviendo a guardar el grueso bolígrafo negro. Ese tipo bajito, de ojos vagos, que andaba fisgoneando, con las manos hundidas en los bolsillos de un pantalón raído, los brazos tan morenos como si se pasara el día tomando el sol, no le inspiraba nada bueno, nada limpio.

– Mi paciente estaba agotado, acabado como un caballo viejo. Cuando cae, cae.

– Cae, pero no siempre del cielo. ¿Lo huele, doctor? No es ni un perfume, ni un medicamento. Manzanilla, pimienta, alcanfor, azahar.

– El diagnóstico está hecho, y usted no es médico, que yo sepa.

– Claro que no, soy policía.

– Ya lo supongo. Si no está satisfecho, llame al comisario.

– Yo soy el comisario.

– Él es el comisario -había confirmado Romain.

– Mierda -había dicho el médico.

Como hombre experimentado, Danglard había observado al doctor reaccionar progresivamente a la voz y a los modales de Adamsberg, dejarse absorber por la persuasión que emanaba de él como una brisa insidiosa. Había visto al médico ceder, plegarse como un árbol al viento, como había visto ceder a tantos otros, hombres de hierro, mujeres de acero, arrastrados por esa seducción sin efectos ni brillo, a la que no se podía aplicar ni palabra ni razón. Fenómeno insolente que siempre dejaba a Danglard satisfecho, al tiempo que lo contrariaba, dividido entre su afecto por Adamsberg y su compasión por sí mismo.

– Sí -había añadido Danglard, levantando la nariz-. Es un aceite carísimo que se vende en ampollas minúsculas y que supuestamente disipa el nerviosismo. Se aplica una gota en cada sien y una en la nuca, y conjura todos los males. Kernorkian tiene en la Brigada.

– Tiene razón, Danglard, es eso. Por eso conozco este olor. Y no creo, doctor, que su paciente lo utilizara.

El médico había echado una mirada a las dos pobres habitaciones, que señalaban más los lindes de la miseria que los efluvios de un ungüento de lujo.

– Eso no significa nada -aventuró.

– Porque usted no estaba en casa de la mujer que murió hace dos meses. Era el mismo olor. Recuérdelo, Danglard, usted sí que estaba.

– No noté nada.

– ¿Y usted, Romain?

– No, lo siento.

– Era el mismo olor. Luego la misma persona, que ha pasado por allí y por aquí poco antes de que murieran los dos. ¿Quién era la enfermera, doctor?

El médico se había frotado el hombro, incómodo.

– Ya estaba jubilada. O sea que trabajaba, cómo decirle, ilegalmente. Eso hacía que pudiera visitar a muchos de mis pacientes cada día sin que les costara demasiado. Cuando no hay dinero, hay que eludir la ley.

– ¿Cómo se llama?

– Claire Langevin. Una mujer muy competente, con cuarenta años de hospital a sus espaldas, especializada en geriatría.

– Danglard, llame a la Brigada. Que encuentren al médico de cabecera de la señora. Que lo llamen. Que le pregunten cómo se llamaba la enfermera que se ocupaba de ella.

Habían esperado veinte minutos hablando de trabajo, mientras Danglard volvía al coche de servicio. El médico había sacado de debajo de la cama de su paciente una botella de mal vino licoroso.

– Siempre me ofrecía un vasito, un auténtico matarratas.

Y la había metido de nuevo debajo de la cama, un poco desolado. Y Danglard había vuelto al apartamento.

– Claire Langevin -había anunciado.

Se había hecho el silencio, con todas las miradas puestas en el comisario.

– Una enfermera asesina -había dicho Adamsberg-. De las que llaman ángeles de la muerte. Cuando vienen a este mundo, matan. Y cuando caen, caen.

– Hostia puta -había murmurado el médico.

– ¿Quiénes son los demás pacientes, doctor, a quienes la había recomendado?

– Hostia puta.

En menos de un mes se había establecido la lista macabra de las treinta y tres víctimas del ángel asesino, de hospital en clínica, de domicilio en dispensario. Merodeando tanto en Alemania como en Francia y en Polonia desde hacía casi medio siglo, distribuyendo la muerte, sembrando burbujas de aire de brazo en brazo.

Una mañana de febrero, Adamsberg y cuatro de sus hombres habían rodeado su casa en las afueras, su camino de grava, sus arriates impecables. Cuatro hombres aguerridos, cuatro policías curtidos en homicidas varones de gran calibre, pero cuatro hombres reducidos ese día a poca cosa, sudando de malestar. Cuando la feminidad enloquece, había pensado Adamsberg, se hunde el mundo. En el fondo, había confiado a Danglard mientras recorrían el caminito, los hombres sólo se permiten matarse unos a otros porque las mujeres no lo hacen. Pero cuando pasan la línea roja, el universo zozobra. Puede ser, había dicho Danglard, igual de incómodo que los demás.

La puerta se había abierto ante una mujer muy arrugada, limpia y recta, que les había pedido que tuvieran cuidado con las flores, con los cuadros, con el suelo. Adamsberg la había examinado, pero no había visto nada, ni el fuego del odio, ni el furor de la muerte que a veces había detectado en otros. Sólo una inexpresiva y demasiado flaca mujer. Los policías la habían esposado en un casi silencio, recitando mecánicamente sus fórmulas, a lo que Danglard añadió en voz baja: «Oh, no insultéis jamás a una mujer que cae, quién sabe por qué peso su pobre alma sucumbe». Adamsberg había asentido, sin saber a quiénes pedía socorro Danglard para un canto del crepúsculo en pleno día.

– Claro que lo recuerdo -dijo Danglard sacudiendo los hombros estremecido-. Pero está lejos, en la prisión de Friburgo. No va a hacer sombra desde allí.

Adamsberg se había levantado. Con las dos manos apoyadas en la pared, miraba caer la lluvia.

– Sólo que hace diez meses y cinco días, Danglard, mató a un carcelero. Y se fugó.

– Maldita sea -dijo Danglard estrujando su vaso de plástico-. ¿Por qué no lo hemos sabido?

– El Land de Badén no nos avisó. Bloqueo administrativo. No me enteré hasta que volví de la montaña.

– ¿La han localizado?

Adamsberg hizo un gesto vago, señalando la calle.

– No, capitán. Merodea por ahí.

XIV

Estalère tendía la mano, con la palma abierta, exponiendo las chinas grises de Clignancourt como si fueran diamantes.

– ¿Qué es esto, cabo? -preguntó Danglard, levantando apenas los ojos de la pantalla.

– Es para él, comandante. Es lo que él me ha pedido que vaya a buscar.

Él. Adamsberg.

Danglard miró a Estalère sin tratar de comprender y pulsó rápidamente el botón del interfono. Ya era de noche, y los niños lo esperaban para cenar.

– ¿Comisario? Estalère tiene una cosa para usted. Ya viene -añadió dirigiéndose al joven.

Estalère no se movió, con la mano todavía abierta.

– Descansa, Estalère. Hasta que llegue… Va despacio.

Cuando Adamsberg entró en la sala a los cinco minutos, el joven apenas si había cambiado de pose. Esperaba, petrificado de esperanza. Se repetía a sí mismo la frase del comisario en el coloquio. «Llévense a Estalère, que tiene buenos ojos.»

Adamsberg examinó el trofeo que le mostraba el joven.

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 82
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)