Los cuatro grandes
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #5
- Год: 1927
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8422645548
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Los cuatro grandes». Краткое содержание книги:
—No converse conmigo —exclamó, rechazándome con un ademán de su mano—. No me hable hasta que yo sepa que todo está bien, que se ha practicado el arresto. ¡Ah!, mi psicología no ha estado a la altura de las circunstancias. Hastings, si un hombre escribe un mensaje en el momento de su muerte es porque es importante. Todo el mundo ha dicho, «¿Jazmín Amarillo? Eso no significa nada Hay jazmín amarillo trepando por toda la casa».
—Bien, ¿qué significa eso? Simplemente lo que dice. Escuche —y levantó un librito que sostenía en la mano.
—Amigo mío, se me ocurrió que haría bien en investigar la cuestión. ¿Qué es exactamente el jazmín amarillo? En este librito lo dice. Escuche.
Y leyó.
«Gelsemini Radix. Jazmín amarillo. Composición: alcaloides, gelseminina C22H26N2O3 (potente veneno que actúa como la coniína), gelsemina C12H14NO2 (que actúa como la estricnina), ácido gelsémico, etc. El gelsemio es un poderoso depresor del sistema nervioso central. En la última fase de su acción paraliza las terminaciones de los nervios motores, y en grandes dosis causa vértigo y pérdida de la fuerza muscular. La muerte se debe a la parálisis del centro respiratorio.»
—¿Ve usted, Hastings? Al principio tuve un atisbo de la verdad cuando Japp me hizo su observación acerca del hecho de que se forzara a un hombre vivo con objeto de que pereciera junto al fuego. Me di cuenta entonces de que lo que había sido quemado era un hombre muerto.
—Pero, ¿por qué? ¿Qué objeto tuvo? —Amigo mío, si tuviera usted que disparar a un hombre, o apuñalarle después de muerto, o incluso golpearle la cabeza, estaría claro que las heridas se le infligieron después de la muerte. Pero con la cabeza hecha cenizas, nadie pensaría en buscar causas oscuras para la muerte, y un hombre que evidentemente acaba de escapar de ser envenenado durante la cena no es probable que sea envenenado inmediatamente después. ¿Quién miente? Ésa es siempre la pregunta. Decidí creer lo que dijo Ah Ling...
—¡Qué! —exclamé.
—¿Le sorprende, Hastings? Ah Ling conocía la existencia de los Cuatro Grandes, eso era evidente. Tan evidente que se puso de manifiesto que hasta aquel momento él no sabía nada de la relación de los Cuatro Grandes con el crimen. Si él hubiera sido el asesino, habría podido mantener perfectamente su cara impasible. Por consiguiente, decidí confiar en Ah Ling y centrar mis sospechas en Gerald Paynter. Me pareció que para el Número Cuatro resultaría muy fácil hacer el papel de un sobrino perdido mucho tiempo atrás.
—¡Qué! —dije—. ¿El Número Cuatro?
—No, Hastings, no el Número Cuatro. Tan pronto como leí lo del jazmín amarillo comprendí la verdad. En realidad saltó ante mis ojos.
—Como siempre —dije fríamente— no saltó ante los míos.
—Porque usted no quiere utilizar sus pequeñas células grises. ¿Quién tuvo oportunidad de manipular el curry?
—Ah Ling. Nadie más.
—¿Nadie más? ¿Qué me dice del médico?
—Pero eso fue después.
—Por supuesto que fue después. No había ningún indicio de polvo de opio en el curry servido al señor Paynter, pero actuando de acuerdo con las sospechas que el doctor Quentin había suscitado, el anciano no se lo come y lo guarda para entregárselo al médico interino, al que cita de acuerdo con un plan. Llega el doctor Quentin, se hace cargo del curry y le pone al señor Paynter una inyección... Aunque se señala que la inyección es de estricnina, en realidad se trata de jazmín amarillo, una dosis venenosa. Cuando la droga empieza a surtir efecto, él se marcha, después de dejar abierto el cierre de la ventana. Luego, por la noche, vuelve por la ventana, encuentra el manuscrito, y empuja al fuego al 'señor Paynter. No se fija en el periódico que cae al suelo y que queda cubierto por el cuerpo del anciano. Paynter sabía qué droga le habían dado, y se esforzó en acusar a los Cuatro Grandes de su asesinato. A Quentin le fue fácil mezclar opio con el curry antes de entregarlo para que fuera analizado. Da su versión de la conversación con el viejo y menciona la inyección de estricnina de modo casual, para el caso de que se observe la marca que dejó la aguja hipodérmica. Inmediatamente, y debido al envenenamiento del curry, las sospechas se dividen entre un accidente y la culpabilidad de Ah Ling.
—¡Pero el doctor Quentin no puede ser el Número Cuatro!
—Me figuro que sí. Hay indudablemente un verdadero doctor Quentin que probablemente está en algún lugar alejado. El Número Cuatro ha representado su papel durante un breve tiempo. El acuerdo con el doctor Bolitho se llevó a cabo por correspondencia, porque el hombre que originalmente tenía que sustituirlo enfermó en el último momento.
En ese instante Japp entró precipitadamente con la cara muy colorada,
—¿Lo ha detenido? —exclamó Poirot con ansia.
Japp negó con la cabeza y dijo sin aliento:
—Bolitho volvió de sus vacaciones esta mañana, reclamado por un telegrama. Nadie sabe quién se lo envió. El otro hombre se marchó anoche. Pero lo detendremos.
Poirot movió negativamente la cabeza con calma.
—Creo que no —agregó, y abstraído trazó un gran cuatro sobre la mesa con un tenedor.
Capítulo XI
Un problema de ajedrez
Poirot y yo solemos cenar en un pequeño restaurante del barrio de Soho. Estábamos allí una noche, cuando observamos la presencia de un amigo en una mesa contigua. Era el inspector Japp, y como había sitio en nuestra propia mesa, se acercó y se reunió con nosotros. Hacía algún tiempo que no nos veíamos.
—Ya no viene nunca a vernos —dijo Poirot en tono de reproche—. No nos hemos visto desde el asunto del Jazmín Amarillo, y de eso ya hace casi un mes.
—He estado en el norte. Por eso ha sido. ¿Cómo les van las cosas? ¿Los Cuatro Grandes pisan fuerte todavía, eh?
Poirot movió un dedo ante él a manera de reproche.
—¡Ah!, se burla usted de mí, pero los Cuatro Grandes existen.
—No me cabe duda alguna. Pero no son el eje del universo, como usted da a entender.
—Amigo mío, está muy equivocado. La mayor organización del mal en el mundo actual son esos «Cuatro Grandes». Lo que pretenden nadie lo sabe, pero nunca ha existido una organización tan criminal. La mejor inteligencia de China es quien los dirige, un millonario norteamericano y una mujer de ciencia francesa son otros dos miembros, y en cuanto al cuarto...
Japp interrumpió.
—Ya lo sé... ya lo sé. Tiene usted una idea fija acerca de todo esto. Se está convirtiendo en su pequeña manía, monsieur Poirot. Hablemos de alguna otra cosa para variar. ¿Le gusta el ajedrez?
—He jugado algunas veces, sí.
—¿Se enteró de ese curioso caso de ayer? Se enfrentaron dos jugadores de fama mundial y uno de ellos murió durante la partida.
—Algo leí sobré ello. El doctor Savaronoff, el campeón ruso, era uno de los jugadores, y el otro, el que sucumbió por un ataque cardiaco, era el brillante joven norteamericano Gilmour Wilson.
—Exactamente. Savaronoff venció a Rubinstein y de ese modo se convirtió en campeón de Rusia hace unos años. Se dijo que Wilson iba a ser un segundo Capablanca.
—Ha sido un suceso muy curioso —dijo Poirot, distraído—. Si no me equivoco, tiene usted un interés particular en el asunto.
Japp se echó a reír con cierto embarazo.
—Ha dado en el clavo, monsieur Poirot. Estoy perplejo, porque Wilson estaba perfectamente sano. No había ningún indicio de que pudiera sufrir del corazón. Su muerte es completamente inexplicable.
—¿Sospecha que el doctor Savaronoff lo haya quitado de en medio? —exclamé.