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Los cuatro grandes

Электронная книга - «Los cuatro grandes». Краткое содержание книги:

Hércules Poirot se enfrenta con unos criminales fuera de lo común. No son vulgares asesinos ni simples estafadores. Son líderes organizados a escala internacional, que mueven los hilos de cuanto sucede en el mundo. Se les conoce como Los cuatro grandes y el detective tendrá que descubrir su identidad antes de que sea demasiado tarde para la humanidad.
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»A pesar de que el anciano confesaba no sentirse enfermo, el médico observó que la conmoción producida por la sospecha le había afectado manifiestamente y que ello se reflejaba en su corazón. Por consiguiente, le había puesto una inyección, no de un narcótico sino de estricnina.

»Con eso creo yo que queda el caso completado excepto en lo más esenciaclass="underline" el hecho de que el curry no ingerido, debidamente analizado, resultó contener opio en polvo en cantidad suficiente para haber matado a dos hombres.

Hice una pausa.

—¿Y sus conclusiones, Hastings? —preguntó Poirot con calma.

—Es difícil deducir conclusiones. Podría tratarse de un accidente. Y el hecho de que alguien intentara envenenarle la misma noche podría ser una mera coincidencia.

—¿Pero usted no lo cree así, verdad? ¡Prefiere pensar que se trata de un asesinato!

—¿Usted no?

Mon ami, usted y yo no razonamos del mismo modo. No estoy tratando de decidir entre dos soluciones opuestas —asesinato o accidente—: eso surgirá cuando tengamos resuelto el otro problema, el misterio del «Jazmín Amarillo». Por cierto, ha omitido algo en su exposición.

—¿Se refiere a las dos líneas en ángulo recto que figuraban debajo de las palabras? No creo que puedan tener ninguna importancia.

—Lo que usted cree siempre le parece muy importante, Hastings. Pero pasemos del Misterio del Jazmín Amarillo al Misterio del Curry.

—Ya sé. ¿Quién echó veneno en él? ¿Por qué lo hizo? Podría formularse un centenar de preguntas. Ah Ling, por supuesto, lo preparó. Pero, ¿por qué iba a querer matar a su señor? ¿Es miembro de un tong o algo parecido? En los periódicos se mencionan cosas de ese tipo. El tong del Jazmín Amarillo. Tampoco hemos de olvidarnos de Gerald Paynter.

Interrumpí bruscamente mi discurso.

—Sí —concluyó Poirot, afirmando con la cabeza—. No hemos de olvidarnos de Paynter, como usted dice. Es el heredero de su tío. Aquella noche, sin embargo, cenaba fuera de casa.

—Podría haber tenido acceso a alguno de los ingredientes del curry —sugerí—. Y habría procurado hallarse fuera para no compartir la comida envenenada

Creo que mi razonamiento causó cierta impresión en Poirot. Nunca me había prestado una atención más respetuosa.

—Él regresa tarde —dije pausadamente, exponiendo un caso hipotético—. Ve luz en el estudio de su tío, entra y se encuentra con que su plan ha fracasado y empuja al anciano contra el fuego.

—El señor Paynter, que era un hombre vigoroso de cincuenta y cinco años, no se hubiera dejado quemar sin lucha, Hastings. Tal reconstrucción no es factible.

—Bien, Poirot —exclamé—, me temo que aquí se acaban los razonamientos. Veamos qué es lo que piensa usted.

Poirot me dirigió una sonrisa, hizo una profunda inspiración y empezó de modo pomposo.

—Suponiendo que se trata de un asesinato, surge enseguida esta pregunta: ¿por qué elegir precisamente este método? Sólo puede pensarse en una razón: el objetivo es confundir la identidad, quemar la cara hasta hacerla irreconocible.

—¿Qué? —exclamé—. ¿Cree que...?

—Tenga paciencia, Hastings: iba a seguir examinando esta teoría.

¿Hay algún motivo para pensar que el cadáver no es el del señor Paynter? ¿Cabe la posibilidad de que se trate del cadáver de otra persona? Examino estas preguntas y acabo por responder a ambas de modo negativo.

—¡Oh! —exclamé—. ¿Y entonces?

Poirot parpadeó un poco.

—Y entonces me digo: «puesto que hay algo que no consigo entender, convendría que investigara el asunto. No debo dejarme absorber por completo por el caso de los Cuatro Grandes». ¡Vaya! Estamos llegando. ¿Dónde se ha escondido mi cepillo de ropa? Aquí está. Le ruego que me cepille, amigo mío, y luego le prestaré el mismo servicio.

—Sí —dijo Poirot pensativamente, mientras guardaba el cepillo—, no debe uno dejarse llenar por una idea. He estado corriendo ese peligro. Imagínese, amigo mío, que incluso aquí, en este caso, corro ese peligro. Esas dos líneas que mencionó, un trazo hacia abajo y una línea en ángulo recto con la anterior, ¿no son el comienzo de un cuatro?

—¡Válgame Dios!, Poirot —exclamé riéndome.

—Le parecerá absurdo, pero veo la mano de los Cuatro Grandes en todas partes. Conviene que apliquemos nuestra inteligencia en un milieu completamente distinto. ¡Ah! Ahí está Japp, que viene a nuestro encuentro.

Capítulo X

Investigación en Croftlands

El inspector de Scotland Yard estaba esperando en el andén y nos saludó calurosamente.

—Bien, monsieur Poirot, me alegro de verle. Pensé que le gustaría intervenir en esto. ¿Un caso excelente, no es así?

Interpreté el verdadero significado de esta expresión de Japp en el sentido de que se hallaba perplejo y esperaba recibir alguna indicación de Poirot.

Japp tenía un coche aguardando y en él fuimos hasta Croftlands. Era una casa cuadrada y blanca, nada pretenciosa y cubierta de plantas trepadoras, incluido el rutilante jazmín amarillo. Japp miró hacia las plantas cuando nosotros lo hicimos.

—No debía estar en sus cabales el pobre hombre cuando escribió eso —observó—. Quizá hieran alucinaciones y pensaba que estaba fuera.

Poirot le sonreía.

—Mi buen Japp, ¿qué cree usted que fue, un accidente o un asesinato? —preguntó.

El inspector se sintió un poco incómodo con la pregunta.

—Bueno, si no fuera por el asunto del curry, de todas formas creería que se trata de un accidente. Carece de sentido mantener la cabeza de un hombre vivo en el fuego. Sus gritos hubieran echado abajo la casa.

—¡Ah! —dijo Poirot en voz baja—. Qué tonto he sido. ¡Un perfecto imbécil! Es usted un hombre más listo que yo, Japp.

Este cumplido pilló a Japp un poco desprevenido, pues Poirot solía ser dado exclusivamente al autobombo. Se sonrojó y murmuró algo acerca de que existían muchas dudas sobre la cuestión.

Atravesando la casa, el policía nos condujo hasta la habitación en la que se había producido la tragedia: el estudio del señor Paynter. Era una habitación amplia y baja con las paredes cubiertas de libros y grandes sillones de cuero.

Poirot miró enseguida a la ventana que daba a la terraza cubierta de grava.

—¿Estaba echado el picaporte de la ventana? —preguntó.

—Ahí está la clave de todo el asunto. Cuando el médico abandonó esta habitación, se limitó a cerrar la puerta tras él. A la mañana siguiente se encontró cerrada por dentro. ¿Quién la cerró? ¿El señor Paynter? Ah Ling dice que la ventana estaba cerrada y tenía echado el picaporte. El doctor Quentin, por otra parte, tiene la impresión de que estaba cerrada pero con el picaporte sin echar. De todos modos no puede jurar ni una cosa ni otra. Si pudiera, la cosa sería muy distinta. En caso de que el hombre haya sido asesinado, alguien debió entrar en la habitación a través de la puerta o de la ventana. Si fue a través de la puerta, se trata de un asunto interno; si entró por la ventana, el asesino pudo ser cualquier persona. La primera cosa que hicieron cuando descerrajaron la puerta fue abrir la ventana, y la doncella que lo hizo cree que el picaporte no estaba echado, aunque no es un buen testigo. ¡Recordará cualquier cosa que se le pida que recuerde!

—¿Qué me dice de la llave?

—De nuevo ha tocado uno de tos puntos clave. Estaba en el suelo entre los restos de la puerta. Pudo caer desde el ojo de la cerradura, aunque también podía haberla dejado allí cualquiera de las personas que entraron. Cabe también la posibilidad de que alguien la deslizara por debajo de la puerta desde fuera.

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