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Los cuatro grandes

Электронная книга - «Los cuatro grandes». Краткое содержание книги:

Hércules Poirot se enfrenta con unos criminales fuera de lo común. No son vulgares asesinos ni simples estafadores. Son líderes organizados a escala internacional, que mueven los hilos de cuanto sucede en el mundo. Se les conoce como Los cuatro grandes y el detective tendrá que descubrir su identidad antes de que sea demasiado tarde para la humanidad.
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—Por lo que veo todo es hipotético, ¿verdad?

—Ha dado en el clavo, monsieur Poirot. Así es precisamente.

Poirot miraba a su alrededor, y su ceño fruncido reflejaba su insatisfacción.

—No consigo ver ningún rayito de luz —murmuró—. De pronto me parece verlo y enseguida vuelvo a hallarme en la más completa oscuridad. Me falta un indicio... el motivo.

—El joven Gerald Paynter tenia un buen motivo —observó Japp sombríamente—. Ha llevado una vida bastante desordenada, puedo asegurárselo. Además de extravagante. Ya sabe cómo son los artistas: completamente amorales.

Poirot no prestó mucha atención a las rigurosas generalizaciones de Japp sobre el temperamento artístico. Se limitó a sonreír con intención.

—Mi buen Japp, ¿es posible que eche barro en mis ojos? Sé perfectamente bien que es del chino de quien sospecha. Pero es usted tan ingenioso que quiere que le ayude y para ello empieza por ofrecerme pistas falsas.

Japp se echó a reír.

—Eso es característico de usted, señor Poirot. Sí, apostaría a que ha sido el chino, tengo que reconocerlo. Lo lógico es suponer que fue él quien preparó el curry, y si aquella noche intentó una vez deshacerse de su amo, pudo intentarlo dos veces.

—Me extraña —dijo Poirot suavemente.

—Lo que no comprendo es el motivo. Supongo que se tratará de alguna salvaje venganza.

—No lo creo así —terció Poirot de nuevo—. ¿No ha habido robo? ¿No ha desaparecido nada? ¿Ni joyas, ni dinero, ni documentos?

—No, ahí está, nada de eso ha ocurrido. Presté atención con interés, y otro tanto hizo Poirot. —No hubo robo —explicó Japp—. Pero el viejo estaba escribiendo un libro. No lo supimos hasta esta mañana cuando se recibió una carta de los editores pidiendo el manuscrito. Según parece acababa de terminarlo. El joven Paynter y yo lo hemos buscado por todas partes, pero no aparece ni rastro de él. El fallecido debió esconderlo en algún sitio.

Los ojos de Poirot brillaban con la luz verde que yo tan bien conocía.

—¿Cómo se titulaba ese libro? —preguntó.

El Poder Oculto en China. Creo que así se titulaba.

—¡Vaya! —dijo Poirot, gritando casi de asombro. Luego añadió rápidamente—. Quiero ver a Ah Ling.

Fue requerida la presencia del chino y éste apareció, arrastrando los pies, con los ojos bajos. Su coleta se balanceaba al andar. Su cara impasible no mostraba ningún indicio de emoción.

—Ah Ling —dijo Poirot—, ¿siente que su amo haya muerto?

—Lo he sentido mucho. Era un buen amo.

—¿Sabe quién le mató?

—No lo sé. Se lo habría dicho a la policía si lo supiera.

Siguieron las preguntas y respuestas. Con la misma cara impasible, Ah Ling describió cómo había preparado el curry. Dijo que la cocinera no había tenido nada que ver con ello, ya que ningunas otras manos salvo las suyas habían tocado la comida. Me pregunté si se daría cuenta del perjuicio que podía causarle esta afirmación. Confirmó también que la ventana que daba al jardín tenía echado el picaporte aquella noche. Si por la mañana estaba abierta es que su amo debía haberla abierto. Por último, Poirot le dio permiso para que se retirara.

—Con eso basta, Ah Ling.

Sin embargo, cuando el chino no había hecho más que llegar a la puerta, Poirot volvió a llamarle.

—¿Y no sabe nada del Jazmín Amarillo?

—No, ¿qué habría de saber?

—¿Tampoco sabe nada del signo que estaba escrito debajo de esas palabras?

Poirot se inclinó hacia adelante según hablaba, y rápidamente trazó algo sobre el polvo de una mesita. Apenas había acabado su dibujo cuando lo borró. Un trazo hacia abajo, una línea en ángulo recto, y luego una segunda línea hacia abajo que completaba un gran cuatro. El efecto sobre el chino fue eléctrico. Durante un momento se reflejó en su cara un miedo insuperable. Luego, con la misma rapidez, se mostró impasible de nuevo y, repitiendo su solemne negativa, se retiró.

Japp salió en busca del joven Paynter y Poirot y yo quedamos a solas.

—Los Cuatro Grandes, Hastings —exclamó Poirot—. Una vez más los Cuatro Grandes. Paynter fue un gran viajero. Su libro contenía sin duda información vital referente a las andanzas del Número Uno, Li Chang Yen, cabeza y cerebro de los Cuatro Grandes. —Pero quién... cómo... —¡Silencio! Aquí vienen.

Gerald Paynter era un joven afable de aspecto más bien endeble. Llevaba una suave barba de color castaño y utilizaba una corbata de lazo peculiar. Respondió a las preguntas de Poirot con bastante presteza —Cené fuera con unos vecinos nuestros, los Wycherlys —explicó—. ¿Que a qué hora regresé a casa? Alrededor de las once. Disponía de un llavín, ya sabe usted. Todos los sirvientes se habían acostado y, naturalmente, pensé que mi tío había hecho lo mismo. En realidad, creo que atisbé a ese silencioso mendigo chino de Ah Ling merodeando por un rincón del salón, pero es posible que estuviera equivocado. —¿Cuándo vio por última vez a su tío, señor Paynter? Quiero decir antes de que viniera a vivir con él.

—¡Oh! No le había visto desde que yo era un niño de diez años. Él y su hermano (mi padre) habían reñido.

—Pero él le encontró a usted de nuevo sin dificultad, ¿no es así?, a pesar de todos los años transcurridos. —Sí, fue una suerte que viera el anuncio del abogado. Poirot ya no hizo más preguntas.

Nuestro paso siguiente consistió en visitar al doctor Quentin. Lo que nos dijo era sustancialmente lo mismo que había declarado en la investigación judicial, y poco tenía que añadir a ello. Nos recibió en su consulta, ya que habíamos llegado a continuación de sus últimos pacientes. Parecía un hombre inteligente. Aunque sus maneras un poco afectadas cuadraban bien con sus quevedos, pensé que debía de estar al día en lo que a métodos se refiere.

—Me gustaría poder recordar lo de la ventana —dijo con franqueza—. Pero es peligroso pensar las cosas de nuevo, porque acaba uno viendo cosas que no existieron nunca. Eso es psicología, ¿no es así, monsieur Poirot? Como ven, he leído todo lo que concierne a sus métodos, y puedo decir que soy un gran admirador suyo. No, supongo que es absolutamente cierto que el chino puso los polvos de opio en el curry, pero nunca lo confesará, y nunca sabremos por qué. Pero sujetar a un hombre contra una estufa es algo que no va con el carácter de nuestro amigo chino. Al menos eso me parece a mí.

Comenté esta última cuestión con Poirot cuando íbamos por la calle principal de Market Handford.

—¿Cree que facilitó la entrada a algún cómplice? —pregunté—. Por cierto, supongo que podremos confiar en que Japp lo mantendrá vigilado. (El inspector se había quedado en la comisaría de policía para resolver unos trámites.) Los emisarios de los Cuatro Grandes son muy activos.

—Japp los está vigilando a los dos —dijo Poirot severamente—. Han sido seguidos estrechamente desde que fue descubierto el cadáver.

—Bien, en cualquier caso nosotros sabemos que Gerald Paynter no tuvo nada que ver en el asunto.

—Usted siempre sabe mucho más que yo, Hastings, y eso resulta bastante molesto.

—Menudo zorro está usted hecho —dije riéndome—. Nunca se compromete.

—Si he de serle franco, Hastings, el caso lo tengo ahora completamente claro, si dejamos de lado lo relacionado con las palabras Jazmín Amarillo. A este último respecto estoy llegando a la misma conclusión que usted: no guardan relación alguna con el crimen. En un caso como éste, uno tiene que decidir quién está mintiendo. Ya he llegado a esa decisión. Y sin embargo...

De repente se apartó muy rápidamente y entró en una librería. Al cabo de unos minutos salió con un gran paquete. Enseguida se nos unió Japp y juntos buscamos alojamiento en la posada

A la mañana siguiente me desperté tarde. Cuando bajé a la habitación reservada para nosotros, me encontré con que Poirot ya estaba allí, paseando arriba y abajo, con la cara contraída por la angustia

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