La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Paseó por la mezquita. Allí, en el templo entre cuyo mágico bosque de columnas jamás dejaría de resonar el eco de las oraciones de los verdaderos creyentes, decidió esconder su preciado Corán para que un día el pequeño Muqla lo recuperara; era el lugar indicado y estaba seguro de que Muqla lo conseguiría. ¡Tenía que ser así!
Pero ¿dónde hacerlo?
– ¿Te has vuelto loco? -exclamó Miguel tras escuchar su plan.
– No es locura -contestó Hernando con tal determinación que el tullido no pudo tener la menor duda acerca de la seriedad de la propuesta-. Será la mejor historia que hayas contado nunca. Os necesito, a ti… y a Amin.
– Pero inmiscuir al niño…
– Es su obligación.
– ¿Eres consciente de que si nos descubren, la Inquisición nos quemará vivos? -murmuró Miguel.
Hernando asintió.
Esa misma mañana, los tres accedieron a la mezquita. Hernando provisto de una fuerte palanca de hierro y un mazo escondidos bajo sus ropas; Amin, con las hojas todavía no encuadernadas del ejemplar del Corán, también escondidas, apretadas contra su pecho, y Miguel con sus muletas, andando a saltitos. Padre e hijo se apostaron reverentemente frente a la capilla de San Pedro, el profanado mihrab, y simularon rezar mientras el tullido lo hacía un poco más allá, a sus espaldas, entre la Capilla Real y la de Villaviciosa. El tiempo transcurrió con Hernando notando cómo el sudor empapaba la mano con la que sostenía las herramientas y con la mirada fija en aquella capilla ante la que tanto había rezado. Su frontal aparecía cerrado mediante una pared de mampostería y sillarejos en gran parte del espacio que existía entre los intercolumnios de la mezquita; en el extremo de la pared, justo frente al mihrab, la capilla se cerraba con dos rejas que llegaban hasta los capiteles. Tras la pared y en la reja se hallaba el sarcófago de don Alonso Fernández de Montemayor, adelantado mayor de la frontera. Se trataba de un grande pero sencillo sepulcro de mármol blanco, sin inscripciones, dibujos o adornos añadidos; tan sólo una banda adragantada que cruzaba su tapa. La mitad del sarcófago era visible tras la reja; la otra mitad se hallaba oculta a la vista tras la pared. En varias ocasiones, Hernando se volvió hacia Amin; el muchacho no mostraba nerviosismo alguno; permanecía quieto a su lado, erguido, sobrio y orgulloso, murmurando padrenuestros y avemarías. Multitud de feligreses y sacerdotes deambulaban a sus lados. ¿Sería cierto que era una locura?, pensó entonces. Tanta gente…
No tuvo oportunidad de continuar preguntándoselo. Como era su costumbre, el beneficiado de la capilla de San Pedro se dirigió a abrir el cerrojo de las rejas para preparar la misa. Hernando dudó. Miró a sus espaldas y Miguel le sonrió, animándole a decidirse, apoyándole; Amin le dio un suave golpe con el hombro para indicarle que el sacerdote acababa de abrir la reja. Entonces hizo un gesto de asentimiento hacia el tullido.
– ¡Dios! -resonó en la mezquita. La gente se volvió hacia donde un tullido bailaba excitado sobre sus muletas-. ¡Estaba ahí! ¡Lo he visto!
Algunos fieles se arremolinaron en torno a Miguel. Sus gritos continuaron. Hernando mantenía la mirada entre el tullido y la reja de San Pedro; el sacerdote ya había salido alarmado y observaba parado junto a las rejas.
– ¡Su bondadoso rostro se hallaba detrás de una paloma blanca…! -seguía chillando Miguel.
Hernando no pudo evitar una sonrisa. La credulidad de la gente siempre le sorprendía. Una anciana cayó de rodillas santiguándose.
– ¡Sí! ¡Lo veo! ¡Yo también lo veo!
Muchos otros gritaron apagando la voz de Miguel. La gente se arrodillaba y señalaba hacia la cúpula del altar mayor, a espaldas de la capilla de San Pedro, allí donde Miguel seguía sosteniendo que había visto una paloma blanca. El sacerdote corrió hacia el grupo, al que ya se dirigían gran número de religiosos con sus trajes talares revoloteando.
– Ahora -indicó Hernando a su hijo.
En pocos pasos se plantaron en el interior de la capilla. Hernando se dirigió a la cabecera del sarcófago del adelantado, escondida a la vista por la pared. El sarcófago no estaba sellado, como había creído ver el día anterior, pero cuando extrajo la palanca y apoyó su filo bajo la gran tapa, le pareció imposible alzarla. Envolvió el extremo de la herramienta con sus ropas para amortiguar el ruido y golpeó con la maza. La cubierta se descascarilló, pero al final el filo se introdujo lo suficiente como para hacer palanca. Pesaba demasiado. No podría. El griterío continuaba y él se dio cuenta entonces de la edad que tenía: cincuenta y seis años. No era más que un viejo pretendiendo levantar la enorme y pesada tapa de un sarcófago. Amin esperaba a su lado, quieto, con los papeles en la mano. Hernando creyó que no podría alzarla jamás.
– Alá es grande -masculló.
Empujó cuanto pudo, pero la tapa ni siquiera se movió. Amin contemplaba el esfuerzo de su padre.
– Alá es grande -susurró también.
Entonces el muchacho volcó su cuerpo sobre el hierro.
– Tú que otorgas poder -invocó Hernando-, el Fuerte y el Firme, ¡ayúdanos!
La tapa se alzó la escasa anchura de un dedo.
– ¡Mételos! -instó a su hijo con los dientes apretados y la cara congestionada.
Tal y como estaba, sobre la palanca, Amin empezó a introducir pequeños paquetes de folios; por la estrecha ranura no cabía todo el legajo a la vez.
– ¡Continúa! -le animaba Hernando-. ¡Rápido!
Faltaban pocas hojas y ahora ya sólo resonaban los gritos de Miguel en un alarde de imaginación.
– ¡Padre! -se oyó casi junto a las rejas.
Hernando estuvo a punto de dejar caer la tapa. Amin se quedó a mitad de introducir unas páginas. ¡Era la voz de Rafaela!
– ¡Padre! -volvió a escucharse casi en la entrada de la capilla. Rafaela se hincó de rodillas delante del sacerdote que retornaba y se agarró a los bajos de su sotana para detenerlo-. ¡Salvad a mi esposo y a mis hijos de la deportación! -gritó. Hernando apremió a Amin. Sólo restaban unas hojas. Las manos del muchacho temblaron y no acertó a introducirlas-. ¡Son buenos cristianos! -suplicaba Rafaela.
– ¿De qué me hablas, mujer?
El religioso hizo ademán de continuar pero Rafaela se lanzó a sus pies y los besó.
– ¡Por Dios! -sollozaba-. ¡Salvadlos!
La mujer pugnó por impedir que el sacerdote continuara su camino hasta que éste logró zafarse violentamente y entró en la capilla seguido de una Rafaela que saltó tras él y que cerró los ojos nada más superar las rejas.
– ¿Qué hacéis aquí?
Con el estómago encogido, Rafaela abrió los ojos: Hernando y Amin estaban arrodillados, rezando frente al altar y al retablo que descansaba sobre él, en la cabecera del sarcófago. De espaldas al cura, Hernando aferraba las herramientas entre sus ropas, mientras con la otra mano trataba de esconder bajo el sarcófago los pequeños cascajos de la tapa que habían caído al suelo. Amin se dio cuenta de lo que pretendía y le imitó.
– ¿Qué significa esto? -insistió el sacerdote.
– Son buenos cristianos -repitió Rafaela tras él.
Hernando se levantó.
– Padre -arguyó, empujando el último de los cascajos con el pie-, rezábamos pidiendo la intercesión del Señor. No merecemos la expulsión. Nosotros, mi hijo y yo…
– No es mi problema -le contestó secamente el sacerdote, al tiempo que comprobaba que no faltara nada del altar-. Fuera de aquí -les ordenó cuando se dio por satisfecho.