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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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De inmediato, la viuda y los hijos de Shamir se echaron encima del gran patrimonio que éste dejaba y los jueces, sin dudarlo, les dieron la razón.

La relación de Fátima con la familia de Shamir era muy lejana: no era más que la esposa de su hermanastro cristiano y los suegros de Shamir le dieron plazo para desalojar el palacio. ¿Qué podía hacer a partir de entonces? ¿Vivir de la caridad de la esposa de Abdul o con alguna de sus otras hijas?

Pero existía una posibilidad. Lo había hablado con Efraín; el propio judío se lo había propuesto nada más enterarse de la situación. Sin la ayuda de Efraín, era imposible que la familia de Shamir llegase a conocer las inversiones que en interés del corsario se mantenían a lo largo y ancho del Mediterráneo, de lo que se podía aprovechar Fátima en su propio beneficio. El judío tampoco deseaba perder la dirección y los beneficios de todos aquellos negocios que con seguridad los familiares de Shamir no continuarían confiándole. Fátima podía continuar siendo rica, pero no en Tetuán, un lugar en el que nunca podría acreditar de dónde obtenía aquellos dineros.

Paseó por el salón rozando distraídamente los muebles con las yemas de sus dedos. Sin Abdul y Shamir estaba sola, pero por fin era totalmente libre. Ya nada la retenía en Tetuán. ¿Por qué no marcharse de aquí para siempre? Y ahora Ibn Hamid iba a ser expulsado de España y su insulsa esposa cristiana se vería obligada a quedarse atrás. ¿Quién sino el propio Dios podía mandarle un mensaje tan claro?

Llegó hasta el patio y contempló el correr del agua de una fuente, pensando que pronto dejaría de verla. ¡Constantinopla! Allí podría vivir. En esos momentos Fátima se permitió pensar en Ibn Hamid, algo que en los últimos años había intentado evitar: debería de rondar ahora los cincuenta y seis años, uno más que ella. ¿Qué aspecto tendría? ¿Cómo le habría tratado el paso del tiempo? Sus dudas se disiparon de repente. ¡Sí! ¡Tenía que verlo! El destino, que los había separado con crueldad, le deparaba ahora la oportunidad del reencuentro. Y ese reencuentro era algo que ella, Fátima, la mujer que había sufrido y matado, amado y odiado, no pensaba dejar escapar.

– ¡Llamad a Efraín! -se decidió por fin, dirigiéndose a sus esclavos.

El judío le había dicho que serían expulsados por el puerto de Sevilla. Necesitaba acudir allí antes de que lo desembarcaran en algún lugar en el que pudiera caer en manos de los berberiscos. Conocía las matanzas de los deportados del reino de Valencia; en Tetuán tampoco fueron bien recibidos aquellos que lograron llegar a la ciudad corsaria, muchos los consideraron cristianos que sólo acudían a Berbería a la fuerza y los mataron. ¡Tenía que llegar a Sevilla antes de que embarcase! Necesitaba una nave capaz de ir luego a Constantinopla. Necesitaba cédulas que le permitiesen moverse por la ciudad española para encontrarlo. Pero antes debía arreglar sus asuntos. Tendría que comprar muchas voluntades. Efraín se ocuparía de todo. Siempre lo hacía. Siempre conseguía cuanto deseaba… por más oro que costase.

– ¿Dónde está Efraín? -aulló.

Les permitieron quedarse en la casa hasta que el jurado Gil Ulloa regresase de Sevilla y dispusiese de ella. Durante todo el día, Rafaela presenció cómo un escribano y un alguacil hacían detallado inventario de todos los objetos y enseres que quedaban en la vivienda.

– El bando… -titubeó Rafaela en el momento en el que el escribano revolvía en el baúl donde guardaba sus ropas-, el bando establece que sólo los bienes raíces quedarán en poder real. Los demás son míos.

– El bando -le contestó ásperamente el hombre, mientras el alguacil, con lascivia, alzaba a contraluz una enagua blanca bordada- otorgaba a los moros la posibilidad de llevarse sus pertenencias. Si tu esposo no lo ha hecho así…

– ¡Esas ropas son mías! -protestó ella.

– Tengo entendido que acudiste al matrimonio sin dote, ¿no es así? -replicó el escribano sin volverse hacia Rafaela, anotando la enagua en sus papeles al tiempo que el alguacil, tras lanzarla sobre el lecho, se disponía a coger la siguiente prenda-. Careces de bienes -añadió-. La propiedad de todo esto la tendrá que decidir el consejo o un juez.

– Son mías -insistió Rafaela con voz cada vez más débil. Se sentía agotada, desbordada por todo aquello.

En ese momento el alguacil ya sostenía entre sus manos un delicado corpiño, con los brazos abiertos, en esta ocasión en dirección a Rafaela, como si, desde la distancia, se lo estuviese probando directamente sobre sus pechos.

La mujer escapó corriendo del dormitorio. Las risotadas del alguacil la persiguieron escaleras abajo, hasta el patio donde estaban los niños.

¿Cómo podía Nuestro Señor permitir todo aquello?, pensó Rafaela durante la noche, tumbada con los ojos abiertos clavados en el techo y los tres niños durmiendo amontonados sobre su madre. Ninguno de ellos había querido dormir en su cama. Rafaela tampoco deseaba hacerlo sola. Transcurrieron las horas mientras les acariciaba la espalda y las cabezas, enredando los dedos entre sus cabellos. Durante la tarde, había escuchado de un soldado que se presentó en la casa para hablar con el alguacil, que la columna de deportados ya marchaba en dirección a Sevilla, despedida entre los insultos y el griterío de los cordobeses. Imaginó a Hernando, a Amin y Laila entre ellos, caminando cargados. Quizá sus hijos pudieran hacer el camino montados en la mula, con Miguel; todos los caballos estaban arrendados a otros moriscos. ¡Sus hijos! ¡Su esposo! ¿Qué sería de ellos? Todavía sentía en sus labios la pasión del último beso que le había dado a Hernando. Ajena a su hermano, a los soldados y a las decenas de moriscos que observaban, Rafaela se había estremecido como si de una jovencita se tratara, toda ella tembló de un doloroso amor antes de que Gil interviniese para separarles. ¿Qué misericordia era aquella que tanto llenaba la boca de sacerdotes y piadosos cristianos? ¿Dónde estaban el perdón y la compasión que predicaban a todas horas?

La pequeña Salma, tumbada de través sobre sus piernas, se agitó en sueños y estuvo a punto de caer al suelo. Como pudo, Rafaela se incorporó, la acercó hasta su vientre y la acomodó entre sus hermanos.

¿Qué futuro se le presentaba a aquella criatura?, pensó Rafaela. ¿El convento, que ella misma había evitado? ¿Servir a alguna familia acomodada? ¿La mancebía? ¿Y Muqla y Musa? Recordó la mirada de lascivia del alguacil toqueteando sus ropas; ése era el trato que podía esperar de las gentes. No era más que la esposa abandonada de un morisco, y sus hijos, los hijos de un hereje. ¡Toda Córdoba lo sabía!

Pero ella, Rafaela Ulloa, pese a todo, había decidido permanecer en tierras cristianas, celosa de su fe y de sus creencias. Sin embargo, ni siquiera había transcurrido un día y su mundo se desmoronaba. ¿Dónde estaba el resto de su familia? Le quitarían los caballos igual que pretendían hacer con sus ropas y muebles. ¿De qué vivirían entonces? No podía esperar ayuda de sus hermanos; había mancillado el honor de la familia. ¿Podía esperarla de algún cristiano?

Sollozó y abrazó con fuerza a los pequeños. Muqla abrió sus ojos azules y, aún somnoliento, la miró con ternura.

– Duerme, mi niño -le susurró al tiempo que aflojaba la presión y empezaba a mecerlo con suavidad.

El niño volvió a acompasar la respiración y Rafaela, como era su costumbre, trató de encontrar consuelo en la oración, pero las plegarias no surgieron. Rezad a la Virgen, recordó. Hernando creía en María. Le había oído hablar a los niños de la Virgen y contarles con entusiasmo que María era el punto de unión entre aquellas dos religiones enfrentadas a muerte. Su inmaculada concepción permanecía incólume desde hacía siglos, tanto para cristianos como para musulmanes.

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