Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » La gran cruzada [The High Crusade - es]
La gran cruzada [The High Crusade - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La gran cruzada [The High Crusade - es]

Электронная книга - «La gran cruzada [The High Crusade - es]». Краткое содержание книги:

Poul Anderson, gran amante de las justas y torneos medievales, ha querido dar un homenaje a una de sus pasiones, la época medieval, escribiendo una singular space opera ambientada en dicho período.
Sir Roger está preparándose para partir a luchar en Tierra Santa, cuando un gigantesco ingenio volador tripulado por extraños seres de intenciones poco amistosas aterriza en sus tierras.
Los visitantes esperaban que su superioridad tecnológica les diera una victoria fácil, pero iban a descubrir que un ejército primitivo posee recursos inesperados. Los contrastes entre la mentalidad civilizada de los alienÌgenas y la mentalidad medieval de los cruzados proporciona muchos momentos francamente divertidos.

Con ilustraciones de H. R. Van Dongen.
1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 40
Перейти на страницу:

Otro carro evitó las fosas, pues éstas no se hallaban dispuestas en filas continuas. Se acercó a los parapetos. Lanzó unos cuantos disparos rápidos, en busca de la distancia correcta, agujereando nuestro muro de tierra con pequeños cráteres.

—¡Dios protege la razón! —rugió sir Brian Fitz-William.

Su caballo se adelantó de entre nuestras líneas, seguido de cerca por media docena de jinetes. Galoparon en semicírculo, fuera del alcance de los cañones. El vehículo avanzó pesadamente, intentando seguirles con el cañón más pequeño. Sir Brian lo condujo en la dirección que quería, sopló en la trompa de guerra y volvió al galope, poniéndose a cubierto mientras el carro se sumía en un hoyo.

Las tortugas de guerra retrocedieron. Entre la alta hierba, con nuestros hábiles camuflajes, no podían saber dónde se encontraban las trampas. Aquellas máquinas eran las únicas de su estilo que había en Tharixan y no podían hacerlas correr riesgos a la ligera. Los ingleses, nuestras tropas, sin embargo, temblaron al pensar en que podrían cargar contra nosotros. Una sola de ellas habría bastado para destruirnos si hubiera cruzado el muro.

A mi entender, Huruga debió ordenar a los pesados carros que lo hicieran, aunque los datos que tuviera acerca de nosotros, de nuestra fuerza y de la posibilidad de recibir refuerzos por vía aérea fuesen limitados. A decir verdad, las tácticas de los wersgonx eran deplorables desde cualquier punto de vista. Hay que recordar sin embargo que no luchaban en tierra desde hacía mucho tiempo. Sus conquistas sobre planetas retirados no eran más que sencillas riñas; sus escaramuzas con las naciones de las estrellas rivales eran, sobre todo, aéreas.

Huruga, descorazonado por los fosos, pero reconfortado porque no hubiéramos empleado obuses de baja potencia, decidió retirar los enormes carros. Su idea evidente era descubrir un camino entre las trampas e indicárselo a las poderosas máquinas para que éstas pudieran pasar.

Los soldados azules avanzaron corriendo, divididos en pelotones apenas visibles entre las altas hierbas. Como yo me encontraba bastante retirado de la línea de combate, veía de vez en cuando el reflejo de un casco y la altura de las picas que clavaban para indicar a los pesados carros un camino sin problemas. Sin embargo, sabía que se trataba de varios millares de hombres. Mi corazón latía desbocado en el pecho y mi seca garganta ansiaba un jarro de cerveza.

Adelantando a los soldados, los carros ligeros avanzaron a toda velocidad. Algunos cayeron en los fosos y, a aquella marcha, quedaron totalmente demolidos. Pero la mayor parte siguió avanzando en línea recta, derechos hacia las vigas clavadas en la hierba cerca de los parapetos, dispuestos para detener una carga de caballería.

Eran tan rápidos que aquel sistema defensivo les hizo casi tan vulnerables como caballos. Vi uno que se alzaba en el aire, daba la vuelta y se estrellaba en el suelo, rebotando dos veces antes de despedazarse. Vi que otro se empalaba, escupiendo líquido, y que explotaba envuelto por las llamas. Un tercero giró, se deslizó y se estrelló contra un cuarto.

Otros varios, rodeando a los vencidos, pasaron sobre las trampas preparadas un poco por doquiera. Las picas de hierro penetraron en los flojos anillos que rodeaban sus ruedas. Cuando aquello pasaba, lo mejor que podía hacer el vehículo era marcharse del campo de batalla a trompicones.

Debieron enviarse muchas órdenes por las máquinas wersgor de hablar a distancia, pues la mayoría de los vehículos abiertos, intactos, dejó de girar en redondo. Se dispusieron en formación regular, bastante lejos unos de otros, y avanzaron lentamente.

¡Pan! Las catapultas. ¡Boom! Las bombardas. Bombas, piedras y calderos de aceite hirviendo recibieron de atroz modo a los vehículos en marcha. Muy pocos resultaron inutilizados, pero su línea aflojó, dudó y frenó el paso.

Entonces, cargó nuestra caballería.

Algunos de nuestros caballeros perecieron en medio de una tormenta de plomo. Pero no tenían que avanzar mucho para encontrarse con el enemigo. Los fuegos de hierba prendidos por los calderos de aceite produjeron un humo espeso que impidió que los wersgorix vieran a más de dos pasos. Oí ruido de metal, chasquidos, mientras las lanzas se rompían en los costados de acero, pero no pude ver mucho del combate. Sé sólo que las lanzas no pudieron dañar seriamente los vehículos. Aquello, sin embargo, sorprendió a los conductores hasta el punto de que no intentaron siquiera defenderse contra lo que siguió. Los caballos se encabritaron sobre las patas traseras y estrellaron las pezuñas en las delgadas placas de acero, dispuestos a destrozarlas; algunos hachazos, mazazos o estocadas acababan con los ocupantes de los vehículos.

Algunos de los hombres de sir Roger emplearon con bastante fortuna pequeños cañones de mano o pequeños obuses redondos que explotaban al lanzarlos tras haber quitado un seguro. Todos los wersgorix contaban con armas parecidas, naturalmente, pero las utilizaban con menos determinación.

Los últimos carros huyeron presas del terror, a toda prisa, siendo perseguidos por los caballeros ingleses.

—¡Volved! —aulló sir Roger; sacudió la lanza nueva que le entregó el escudero—. ¡Volved, miserables cobardes! ¡Volved y combatid, paganos serviles! —debía ser un espectáculo magnífico: metal brillante, plumas, escudo blasonado, montado en un magnífico semental negro.

Pero los wersgorix no practicaban la caballería. Eran más prudentes, más precavidos que nosotros. Lo que les costó muy caro.

Nuestros caballeros tuvieron que retroceder, pues los infantes azules estaban muy cerca y disparaban con sus fusiles, al tiempo que se amontonaban para lanzarse al asalto de los parapetos. Una armadura no era protección, sino, más bien, un brillante blanco. Sir Roger tocó el cuerno, llamó a sus hombres y todos se dispersaron por la llanura.

Los wersgorix lanzaron un alarido de desafío y se precipitaron contra el campamento. En la terrible confusión oí a un capitán de arqueros impartiendo órdenes. Una bandada de ocas grises echó a volar hacia el cielo acompañada por el ruido de un huracán.

Descendió de modo terrible entre los wersgorix. La primera andanada de flechas seguía elevándose cuando partió la segunda. Una flecha, lanzada con tanta fuerza, atraviesa un cuerpo de lado a lado. Los ballesteros, más lentos, aunque también más poderosos, empezaron a disparar contra los asaltantes más cercanos. Creo que en los últimos minutos del asalto los wersgorix perdieron casi la mitad de sus hombres.

Sin embargo, aunque no eran tan empecinados como los ingleses, llegaron a los pies del muro. Allí, nuestros soldados ya estaban listos para recibirles. Las mujeres disparaban sin cesar y abatieron a bastantes enemigos. Los que se acercaron lo suficiente para que los fusiles pudieran ser útiles, se encontraron con una pared de hachas, picas, garfios, mazas, dagas y sables.

A pesar de sus terribles pérdidas, los wersgorix eran todavía dos o tres veces más que nosotros. Pero el combate era muy desigual, pues ellos no llevaban armaduras. Su única arma para el combate cuerpo a cuerpo era un cuchillo enganchado al cañón de los fusiles de mano, lo que hacía del arma una pica muy rara. O empleaban el fusil a modo de bastón. Algunos llevaban bajo el brazo armas de plomo que nos infligieron algunas pérdidas. Pero, por regla general, cuando John Cara Azul disparaba contra Harry el Inglés, fallaba, incluso a dos pasos, en medio del desorden reinante. Antes de que John pudiera disparar de nuevo, Harry le había abierto en dos con la alabarda.

Cuando volvió nuestra caballería, atacando a la infantería wersgor por detrás y derribándola como leñadores en el bosque, fue el fin. El enemigo huyó a la desbandada, pisoteando a sus propios camaradas, aterrados. Los jinetes les persiguieron lanzando alegres gritos, casi como si estuvieran de cacería. Cuando estuvieron ya a buena distancia, los ballesteros volvieron a probar fortuna.

1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 40
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)