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La gran cruzada [The High Crusade - es]

Электронная книга - «La gran cruzada [The High Crusade - es]». Краткое содержание книги:

Poul Anderson, gran amante de las justas y torneos medievales, ha querido dar un homenaje a una de sus pasiones, la época medieval, escribiendo una singular space opera ambientada en dicho período.
Sir Roger está preparándose para partir a luchar en Tierra Santa, cuando un gigantesco ingenio volador tripulado por extraños seres de intenciones poco amistosas aterriza en sus tierras.
Los visitantes esperaban que su superioridad tecnológica les diera una victoria fácil, pero iban a descubrir que un ejército primitivo posee recursos inesperados. Los contrastes entre la mentalidad civilizada de los alienÌgenas y la mentalidad medieval de los cruzados proporciona muchos momentos francamente divertidos.

Con ilustraciones de H. R. Van Dongen.
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Huruga se volvió hacia mí y dijo en voz alta:

—Tenemos tiempo para discutir. Dejemos la reunión para mañana y consideremos mientras tanto todo lo que implica esta situación.

Sir Roger se quedó encantado.

—¿Aseguramos los términos de la tregua? —añadió.

Cada hora que pasaba me permitía hablar con mayor fluidez el idioma wersgor, de modo que averigüé que su idea de tregua no era la misma que la nuestra. Su hambre insaciable de nuevas tierras hacía de ellos enemigos de todas las razas, de tal modo que no podían ni imaginarse un juramento mutuo que les relacionase de algún modo con alguien que no fuera azul y tuviera rabo.

El armisticio no fue un acuerdo formal, sino la aprobación temporal de un estado de comodidad para ambos contendientes. Declararon que no encontraban ni ventajoso ni oportuno disparar contra nosotros de momento, aun en el caso de que llevásemos a pastar a las vacas más allá del campo de fuerza. Aquellas condiciones serían válidas siempre que no atacásemos a los suyos cuando estuvieran a la descubierta. Por miedo al espionaje, y a los proyectiles, ninguno de los dos bandos quería que navío alguno sobrevolase sus campamentos, de modo que se acordó disparar contra los que lo hicieran. Aquello era todo. Seguramente violarían el acuerdo si decidían que les interesaba actuar de otro modo. Nos harían todo el daño posible si descubrían el modo y esperaban de nosotros una actuación semejante.

—Son más fuertes y el acuerdo les da ventaja —dije, desolado—. Todos nuestros navíos volantes están aquí. No podemos ni siquiera saltar a las naves del espacio y huir. Se lanzarían sobre nosotros antes de que pudiéramos empezar a correr. Ellos, en cambio, cuentan con numerosos navíos en el planeta; pueden quedarse más allá del horizonte y asaltarnos en el momento más oportuno.

—Sin embargo —me contestó sir Roger—, veo algunas ventajas. No aliarse mediante juramento permite que no se pueda esperar nada…

—Cosa que os conviene a la perfección —murmuró lady Catalina.

Sir Roger palideció, se levantó de un salto, se inclinó ante Huruga y se lanzó hacia nuestro campamento a la cabeza del grupo.

Capítulo 11

El largo día permitió que los nuestros realizasen considerables progresos. Con Branithar para instruirlos y para servir de intérprete con los prisioneros que comprendían el arte en cuestión, los ingleses no tardaron en aprender el manejo de muchos artilugios. Practicaron con los navíos del espacio y con las pequeñas naves voladoras, elevándolas tan sólo algunas pulgadas por miedo a que el enemigo las viera y disparase. Condujeron también carros sin caballos y aprendieron a emplear los instrumentos que permitían hablar a distancia, los instrumentos ampliadores y otros utensilios misteriosos. Manejaron armas que arrojaban fuego, metal o rayos invisibles que atontaban. Los ingleses aprendimos a emplear todos estos instrumentos y otros muchos, pero no teníamos ni idea del saber oculto que había ayudado a fabricarlos. Los encontramos, con todo, muy sencillos de utilizar. En la Tierra colocábamos los atalajes de los animales, sabíamos fabricar complicadas ballestas y catapultas, construíamos navíos con velas y montábamos máquinas que permitían que los músculos del hombre levantasen pesadas piedras. En aquel planeta aprendimos a mover una tuerca, apretar un botón… en comparación, nada. La única dificultad real para nosotros, gente iletrada, era recordar lo que significaban los símbolos de los diferentes indicadores —lo que no era una ciencia ni más difícil ni complicada que la heráldica, arte que todo admirador de nuestros héroes podía explicar con el mayor detalle.

Yo era el único que pretendía saber leer el alfabeto wersgor y estudiaba con su ayuda los documentos capturados en la fortaleza. Mientras yo me dedicaba a aquella tarea, sir Roger conferenciaba con los capitanes y dirigía a los siervos más estúpidos, los que no podían aprender nada acerca de las nuevas armas, en determinadas obras defensivas. El lento crepúsculo empezaba a caer y el sol se ponía, primero rojizo y luego dorado, en un cielo obscuro. El barón me llamó para reunirme con su consejo.

Me senté, miré las caras endurecidas de arrugadas mejillas. Todos parecían animados por una nueva esperanza. Se me secó la lengua en la boca. Conocía muy bien a todos aquellos capitanes. Y sabía lo que quería decir la brillante mirada de sir Roger… ¡y lo que significaba para todos nosotros!

—¿Os habéis enterado ya de cuáles son los principales castillos de este planeta, hermano Parvus? —me preguntó.

—Sí, sire —respondí—. Sólo hay tres, contando con Ganturath.

—¡Imposible! —exclamó sir Owain Montbelle.

—Olvidáis que no se trata de reinos separados, ni siquiera de feudos. Todo el mundo depende directamente del gobierno imperial. Las fortalezas sólo sirven para albergar a los jefes de policía, que mantienen el orden entre el populacho y cobran los impuestos. Y es cierto que las fortalezas han de mantenerse como bases defensivas. Tienen castillos en donde guardar los grandes navíos del espacio y guerreros para defenderlos. Pero los wersgorix no han librado una verdadera batalla desde hace mucho tiempo. Se limitan a intimidar y dominar a salvajes indefensos. Ninguna de las otras razas que viajan entre las estrellas se ha atrevido a declararles la guerra abiertamente; en este alejado planeta no hay más que escaramuzas ocasionales. En resumidas cuentas, tres fortalezas bastan y sobran para el mundo en que nos encontramos.

—¿Son importantes? —preguntó ansioso sir Roger.

—Al otro lado del globo se alza Stularax, que es casi igual que Ganturath. Luego, la fortaleza principal, Darova, donde vive el procónsul Huruga. Es, con mucho, la más grande y la más fuerte. Creo que de ella proceden todos los navíos y los guerreros que se nos enfrentan.

—¿Dónde se encuentra el mundo habitado por caras azules más cerca de nosotros?

—Según los libros que he estudiado, a unos veinte años luz de aquí. Wersgorixan, el planeta capital, está mucho más lejos, incluso más lejos que la Tierra.

—Pero el instrumento que habla a distancia puede informar inmediatamente al emperador de lo que pasa, ¿no? —preguntó el capitán Bullard.

—No —respondí—. Funciona a la velocidad de la luz, no a más. Los mensajes entre las estrellas deben enviarse mediante naves del espacio; harían falta un par de semanas para poder avisar a Wersgorixan. Además, Huruga no lo ha hecho. Le oí decir a uno de sus oficiales que mantendrían en secreto este asunto durante un tiempo.

—Naturalmente —opinó sir Brian Fitz-William—. El duque quiere vengarse por lo que le hemos hecho y desea aplastarnos antes de decir nada. Un modo muy normal de actuar.

—Pero si podemos molestarle lo suficiente, acabará por pedir ayuda —profetizó sir Owain.

—Exactamente —asintió sir Roger—. Y creo que he encontrado un método de asestarle un buen golpe.

Comprendí claramente que mi lengua había actuado sabiamente cuando se me secó en la boca: los presentimientos eran sombríos.

—¿Cómo podemos combatir con ellos? —preguntó Bullard—. Comparadas con las armas que podemos ver en sus campamentos, nosotros tenemos muy poco material. Podrían, si fuera necesario, derribar todas nuestras naves si llegara el caso.

—Por eso propongo una expedición contra el pequeño fortín de Stularax para encontrar allí nuevas armas. Eso hará que Huruga se sienta menos seguro de sí mismo.

—A menos que le impulse a atacarnos.

—Hay que correr ese riesgo. En el peor de los casos, un nuevo combate no me da miedo. ¿No veis que nuestra única oportunidad es actuar audazmente?

Hubo pocas protestas. Sir Roger había contado con muchas horas para animar a los suyos. Sir Brian, sin embargo, hizo una objeción razonable:

—¿Cómo efectuar la expedición? Ese castillo se encuentra a millas de nosotros. No podemos echar a volar del campamento sin que nos disparen.

Sir Owain levantó las cejas irónicamente.

—¿Quizá contáis con un caballo encantado? —le dijo a sir Roger, sonriendo.

—No, con un animal de otra clase. Escuchadme…

Los hombres del barón trabajaron durante toda la noche. Montaron unas poleas bajo una de la más pequeñas naves del espacio e hicieron que los bueyes la movieran tan silenciosamente como fuera posible. Para ocultar su paso a través de los campos descubiertos, llevaron a pastar a todo el ganado. En la obscuridad, y con la ayuda de Dios, la trampa funcionó. Al fin se encontró a cubierto bajo los árboles altos y espesos cubiertos de hojas. Una línea de exploradores se desplazó como sombras para acechar a los soldados azules.

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