La gran cruzada [The High Crusade - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Miraguano
- ISBN: 84-7813-071-3
- Переводчик: Francisco Arellana
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La gran cruzada [The High Crusade - es]». Краткое содержание книги:
Sir Roger está preparándose para partir a luchar en Tierra Santa, cuando un gigantesco ingenio volador tripulado por extraños seres de intenciones poco amistosas aterriza en sus tierras.
Los visitantes esperaban que su superioridad tecnológica les diera una victoria fácil, pero iban a descubrir que un ejército primitivo posee recursos inesperados. Los contrastes entre la mentalidad civilizada de los alienÌgenas y la mentalidad medieval de los cruzados proporciona muchos momentos francamente divertidos.
Con ilustraciones de H. R. Van Dongen.
Muchos escaparon, a pesar de que habrían debido resultar empalados, pues sir Roger vio pesados carros que se volvían hacia nosotros, rodando con aspecto vengativo. Hizo que su gente se retirase. Por la gracia de Dios, yo estaba tan ocupado en curar a los heridos que me llevaban sin cesar que no supe nada de aquel instante en que nuestros propios jefes pensaron que, después de todo, estábamos condenados. Pues, aunque la carga de los wersgorix había sido inútil, había demostrado a los carros tortuga cómo evitar las fosas. Por el contrario, veíamos que los gigantes de hierro cruzaban un campo convertido en un rojo lodazal, sin saber cómo detenerlos.
Sentado a lomos de su caballo, junto a los estandartes del barón, Thomas Bullard se encogió de hombros.
—Bien —dijo, suspirando—, les hemos causado tanto daño como hemos podido. ¿Quién viene conmigo a enseñarles cómo muere un inglés?
El cansado rostro de sir Roger se veía surcado por profundas arrugas.
—Tenemos que cumplir un deber mucho peor, amigos míos —dijo—. Hemos arriesgado la vida con la esperanza de conseguir la victoria. Ahora que la derrota se acerca a nosotros, no tenemos derecho a cortejar con la muerte. Hemos de vivir, como esclavos si es necesario, para que nuestras mujeres y nuestros hijos no queden solos en este mundo infernal.
—¡Sangre de Dios! —gritó sir Brian Fitz-William—. ¿Sois un cobarde?
La nariz del barón se encogió.
—¡Ya habéis oído! ¡Nos quedamos aquí!
Entonces… ¡Fue como si el propio Dios acudiera en ayuda de sus fieles! Más cegadora que el rayo, una luz blanco azulada surgió dentro del bosque a varias millas de nosotros, con tan terrible intensidad que los pocos que miraban en aquella dirección se quedaron ciegos durante varias horas. El ejército wersgorix, que miraba directamente hacia aquella zona, debió sufrir cruelmente. El rugido subsiguiente desarzonó a los caballeros e hizo caer por tierra a los infantes. Nos barrió un vendaval, un calor como de horno que se llevó las tiendas en flotantes jirones. Cuando terminó aquella cólera devastadora, vimos alzarse una nube de humo y polvo. Con la forma de una seta venenosa, se elevó hasta llegar al cielo. Pasaron varios minutos antes de que empezara a disiparse; las nubes superiores colgaron sobre nosotros durante varias horas Los carros de guerra dejaron de avanzar súbitamente. Sabían, tanto como lo ignorábamos nosotros, lo que significaba aquella explosión. Era una bomba de la más alta potencia, debida a esa destrucción de la materia de la que todavía hoy pienso que ataca de modo impío la obra de Dios. Mi arzobispo me ha citado muchas veces los versículos de la Escritura que demuestran que todo arte es legítimo si es empleado fructíferamente para el bien.
Aquella bomba, además, no era de las más grandes. Lo destruía todo, aunque sólo en un radio de media milla y producía muy pocos venenos sutiles de los que acompañan a ese tipo de explosiones. Fue lanzada lo suficientemente lejos de la escena del combate como para causar daño a nadie.
Sin embargo fue un cruel dilema para los wersgorix. Si utilizaban armas semejantes para destruir nuestro campamento, no podían mas que esperar una andanada de golpes mortales. Pues las bombardas ocultas destruirían Ganturath. Tenían que detener el ataque hasta haber encontrado y destruido a aquel nuevo y oculto enemigo.
Sus carros de guerra retrocedieron pesadamente. La mayor parte de las naves aéreas que mantenían en reserva echaron a volar y se dispersaron, buscando a quien hubiera arrojado aquella bomba. El instrumento esencial empleado en aquella búsqueda era (como descubrirnos por los estudios que realizamos en Ganturath) un aparato en que se encarnaban las mismas fuerzas que se encuentran en la piedra imantada. Movido por poderes que ni comprendo ni deseo comprender y cuya naturaleza no es esencial para la salud de mi alma por su olor a magia negra y herejía, aquel instrumento podía detectar grandes masas metálicas. Un cañón lo bastante grande como para lanzar un obús de la potencia que acabábamos de ver, habría debido delatar a cualquier navío a por lo menos una milla de su escondite.
Y, sin embargo, no se podía localizar ningún cañón. Tras una hora de tensión, en la que los ingleses nos dedicamos a vigilar y a rezar desde los muros, sir Roger dejó escapar un profundo suspiro.
—No quisiera parecer ingrato —dijo—, pero creo que Dios nos envía ayuda por mediación de sir Owain más que de un modo directo. Deberíamos encontrar a su grupo en él bosque antes de que lo hagan las máquinas volantes enemigas. Padre Simón, supongo que sabréis cuáles son los mejores cazadores furtivos de vuestra parroquia…
—¡Hijo mío! —exclamó el capellán.
Sir Roger sonrió con malicia.
—No os pido secretos de confesión. Sólo os pido que señaléis a algunos, digamos, hombres que se las apañen bien en los bosques, para que se deslicen entre las hierbas hasta los árboles. Que descubran dónde se oculta sir Owain y le digan que no dispare hasta que yo se lo ordene. No hace falta que me digáis a quiénes elegís, padre.
—En ese caso, hijo mío, se hará como pides —el sacerdote me llevó a un aparte y me dijo que fuera a ofrecer consuelo espiritual a los heridos y moribundos, actuando como su locum tenens mientras él conducía a su pequeño grupo de exploradores hacia el bosque.
Pero mi señor me encontró otra tarea. Su escudero, él y yo nos dirigimos hacia el campamento wersgor bajo una bandera blanca. Presumíamos que el enemigo tendría luces suficientes como para comprender aquel símbolo, aunque ellos no lo utilizasen en caso de tregua. Así fue. El propio Huruga vino a nuestro encuentro en un carro descubierto. Sus mejillas azules se veían marcadas y le temblaban las manos.
—Vengo para que os rindáis —le dijo el barón—. No me hagáis aniquilar a vuestros pobres siervos ignorantes. Os doy mi palabra de que serán tratados con justicia y podrán escribir a los suyos para pedirles el rescate.
—¿Que ceda a unos bárbaros como vosotros? —gritó el wersgor con voz ronca—. ¿Simplemente porque tenéis un maldito cañón que ha escapado a cualquier intento de detección? ¡Ah, no! —hizo una pausa—. Pero, para librarme de vosotros, os dejo partir con los navíos del espacio que habéis robado.
—Sire —dije, jadeando, cuando acabé de traducir lo anterior—, ¿al fin hemos ganado la huida?
—Claro que no —respondió sir Roger—. No sabríamos encontrar el camino de vuelta, recordadlo. Y no podemos arriesgarnos a pedir un hábil navegante que nos guíe sin descubrir nuestra debilidad y ser atacados de nuevo. Aunque pudiéramos volver a nuestra patria, este nido de demonios podría tramar algún nuevo plan para atacar Inglaterra. No, me temo que el que monta en un tigre…
Con el corazón pesado me vi forzado a decirle al cara azul lo poco que nos importaban sus miserables navíos del espacio pasados de moda y que, si no se rendía, tendríamos que devastar su tierra. Huruga se limitó a responder con un gruñido y se marchó hacia su campamento.
Nosotros volvimos al nuestro. John Hameward el Rojo llegó poco después con el grupo del padre Simón, con el que se encontró mientras se dirigía al campamento.
—Volamos sin ocultarnos hasta el castillo de Stularax, sire —nos contó—. Nos encontramos con otros dos navíos celestes, pero ninguno hizo ademán de detenernos, pues nos tomaron por uno de los suyos. Sin embargo, sabíamos que los centinelas de la fortaleza no nos dejarían aterrizar sin formular algunas preguntas. Nos posamos en un bosque a pocas millas del fuerte. Montamos el armadijo y pusimos dentro uno de esos obuses explosivos. Sir Owain pensaba lanzar algunos para derribar las defensas exteriores. Así, habríamos podido avanzar a pie, dejando un grupo en retaguardia que siguiera disparando contra las murallas. Pensábamos que la guarnición entera saldría en su busca y que así podríamos entrar, matando a los guardias y saqueando cuanto pudiéramos de su arsenal y volviendo al navío.