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Asesinato en el campo de golf

Электронная книга - «Asesinato en el campo de golf». Краткое содержание книги:

Una soleada mañana Hercules Poirot se encuentra desayunando con su gran amigo el Capitan Hasting. La conversacion entre los dos amigos pronto es reemplazada por las quejas del detective belga que se encuentra aburrido por la falta de casos que sean un verdadero reto para su brillante cerebro...repentinamente el detective recibe una carta que despierta su interes. La carta es enviada por Pablo Renauld que le ruega que acuda en su ayuda inmediatamente ya que teme por su vida y no quiere recurrir a la policia Poirot de inmediato se dirige a la casa de Renauld pero se encuentra con una terrible noticia Pablo Renauld ha sido asesinado con una daga en un campo de Golf cercano
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Poirot se volvió hacia Bex.

—¿No dijo usted que no las había?

Giraud encogió los hombros.

—Quizá no estuviera seguro.

Poirot le observaba.

—Está usted equivocado, Giraud. El asesino llevaba guantes. Por tanto, debía estar seguro.

—No digo que fuese el mismo asesino. Pudo haber sido un cómplice que no se dio cuenta del hecho.

El oficial de secretaría del magistrado estaba recogiendo los papeles de la mesa. Hautet se dirigió a nosotros:

—Nuestro trabajo aquí ha terminado. Quizá, monsieur Renauld, querrá usted escuchar la lectura de su declaración. A propósito, he mantenido el procedimiento con las menores formalidades posibles. Se ha dicho que mis métodos son originales, pero sostengo que la originalidad tiene muchas ventajas. El caso está ahora en las hábiles manos del famoso monsieur Giraud. Sin duda que va a distinguirse. ¡Realmente, no comprendo cómo no ha echado ya el guante a los asesinos! Señora, una vez más le ofrezco el testimonio de mi sincera simpatía. Señores, les doy a todos ustedes los buenos días.

Y salió acompañado del oficial y del comisario.

Poirot sacó del bolsillo un reloj que parecía un nabo y miró la hora.

—Vamos a regresar al hotel para almorzar, amigo mío —dijo—. Y me contará detalladamente las indiscreciones de esta mañana. Nadie nos observa. No necesitamos despedirnos.

Salimos tranquilamente de la habitación. El juez de instrucción acababa de alejarse en su coche. Estaba yo bajando los peldaños cuando me detuvo la voz de Poirot:

—Un momentito, amigo mío —y diestramente sacó un metro y, con perfecta solemnidad, tomó la medida de un gabán colgado en el vestíbulo, del cuello al borde inferior. Yo no lo había advertido antes y pensé que debía de pertenecer a Stonor o a Jack Renauld.

Luego, con un ligero gruñido de satisfacción, Poirot se guardó de nuevo el metro y me siguió fuera, al aire libre.

Capítulo XII

Poirot aclara algunos detalles

—¿Por qué ha medido ese sobretodo? —le pregunté, con alguna curiosidad, al descender por el camino blanco y caluroso, sin prisa.

Parbleu!, para conocer su longitud —contestó mi amigo, imperturbable.

Me sentí mortificado. El incurable hábito de Poirot de sacar un misterio de las cosas más mínimas no dejaba nunca de irritarme. Volvió a quedarse callado y yo continué con mis propios pensamientos. Aunque no le presté, de momento, una atención especial, las palabras: «Después de todo, esto no tiene importancia... ahora», que madame Renauld había dirigido a su hijo, volvían ahora a mi memoria con un nuevo sentido.

¿Qué había querido expresar con ellas? Las palabras eran enigmáticas, significativas. ¿Era posible que supiera más de lo que suponíamos? Había negado todo conocimiento de la misteriosa misión que su esposo había querido confiar a su hijo. Pero ¿era, en realidad, menos ignorante de lo que fingía ser? ¿Hubiera podido iluminarnos, si así lo hubiese querido, y era su silencio parte de un plan cuidadosamente concebido y preparado?

Cuanto más lo pensaba, más inclinado me sentía a creer que mis sospechas estaban bien fundadas. Madame Renauld sabía más de lo que quería admitir. La sorpresa experimentada al ver a su hijo la había hecho descubrirse, momentáneamente. Me sentí convencido de que conocía, si no la identidad de los asesinos, por lo menos, el motivo del asesinato. Algunas consideraciones muy poderosas debían de haberla obligado a guardar silencio.

—Está usted sumido en pensamientos profundos, amigo mío —observó Poirot—. ¿Qué le interesa de este modo?

Se lo comuniqué, seguro de que me hallaba en terreno firme, aunque esperando que se riese de mis sospechas. Pero vi con sorpresa que hacía una lenta seña afirmativa.

—Tiene usted mucha razón, Hastings. Desde el principio he tenido la seguridad de que se callaba algo. En el primer momento sospeché de ella, si no como instigadora, por lo menos, como encubridora del crimen.

—¿Que sospechó de ella?

—Ciertamente. Había una enorme ventaja para ella... En realidad, con este nuevo testamento, ella es la única beneficiada. Y así, desde el principio fue objeto preferido de mi atención. Pudo usted observar que no tardé en aprovechar la oportunidad de examinar sus muñecas. Quería saber si había alguna probabilidad de que se hubiese atado y amordazado ella misma. Pero no; vi en seguida que no había allí engaño: las cuerdas habían sido apretadas de tal modo que habían mordido en la carne. Esto eliminaba la posibilidad de que ella sola hubiese cometido el crimen. Pero no la de que lo hubiese encubierto o inspirado con la colaboración de un cómplice. Por otra parte, el relato de los hechos, tal como ella lo hizo, me era singularmente familiar... Los hombres enmascarados que ella no pudo reconocer y la mención de «el secreto»... Yo tenía noticia o había leído todo eso antes. Otro pequeño detalle me confirmó en mi creencia de que no decía la verdad. El reloj de pulsera, Hastings... ¡el reloj de pulsera!

¡Otra vez el reloj de pulsera! Poirot estaba mirándome curiosamente.

—¿Lo ve, amigo mío? ¿Comprende usted?

—No —contesté, algo malhumorado—. Ni veo ni comprendo. Forja usted todos esos malditos misterios, y es inútil pedirle que los explique. Le gusta tener siempre algo escondido en la manga hasta el último momento.

—No se enfade, amigo —dijo él con una sonrisa—. Se lo explicaré, si lo desea, pero ni una palabra a Giraud, ¿está entendido? ¡Me trata como un anticuado sin importancia! ¡Ya veremos! Por un sentimiento ordinario de lealtad le di un indicio. Si prefiere no tenerlo en cuenta, allá él.

Le aseguré a Poirot que podía contar con mi discreción.

—¡Está bien! Hagamos uso, entonces, de nuestras pequeñas células grises. Dígame, amigo: ¿a qué hora tiene usted entendido que se desarrolló la tragedia?

—¡Cómo! Alrededor de las dos de la madrugada —le contesté con asombro—. Usted recordará que madame Renauld nos dijo que había oído dar la hora en el reloj cuando los hombres estaban en la habitación.

—Exactamente, y, fundándose en esto, el juez de instrucción, Bex y todos los demás aceptan esta hora sin ulterior examen. Pero yo, Hércules Poirot, digo que madame Renauld mintió. El crimen se cometió, por lo menos, dos horas antes.

—Pero los médicos...

—Los médicos declararon, después de examinar el cadáver, que la muerte había ocurrido entre diez y siete horas antes de este examen. Amigo mío, por alguna razón imperiosa, convenía que el crimen pareciese cometido más tarde de la hora verdadera. ¿No ha leído usted algo acerca de relojes de bolsillo o de pared que, habiendo sido rotos, han revelado el momento exacto en que ha tenido lugar un crimen? Para que este momento exacto no dependiese únicamente del testimonio de madame Renauld alguien adelantó hasta las dos las agujas del reloj de pulsera y lo tiró luego al suelo con violencia. Pero como sucede muchas veces, el tiro les ha salido por la culata. El cristal se rompió, pero la máquina no recibió daño alguno. Fue una maniobra desastrosa para ellos, pues inmediatamente se fijó mi atención sobre dos detalles: primero, que madame Renauld estaba mintiendo, y segundo, que había alguna razón de vital importancia para retrasar la hora aparente del crimen.

—Pero ¿qué razón podía haber?

—¡Ah!, ¡éste es el problema! Aquí tenemos todo el misterio. Hasta ahora, no puedo explicarlo. Sólo una idea se me ofrece que pudiera tener relación con él.

—¿Y ésta es...?

—Que el último tren salía de Merlinville a las doce y dieciséis minutos.

Y lentamente, continué su razonamiento:

—De suerte que el que tomase este tren tenía una magnífica coartada contra la sospecha de haber sido autor de un crimen que aparecía cometido a las dos.

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