Asesinato en el campo de golf
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #2
- Год: 1923
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en el campo de golf». Краткое содержание книги:
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—iAh!, esto, por desgracia, no puedo recordarlo de momento; pero lo recordaré. Había esperado que usted pudiera ayudarme.
Giraud dejó oír un resoplido de incredulidad.
—Ha habido muchos casos de hombres enmascarados. No puedo recordar los detalles de todos ellos. Todos los crímenes se parecen, más o menos, unos a otros.
—Existe lo que puede llamarse el toque individual —y adoptando de pronto su actitud de conferenciante, Poirot se dirigió a nosotros colectivamente—. Estoy ahora hablándoles a ustedes de la psicología del crimen. Giraud sabe perfectamente que cada criminal tiene su método particular, y que cuando está llamado a investigar, por ejemplo, un caso de robo con escalo, puede la Policía muchas veces figurarse quién es el autor, sencillamente por los métodos que ha usado. (Japp le diría a usted lo mismo, Hastings.) El hombre es un animal sin originalidad. Sin originalidad dentro de la ley de su respetable vida diaria, y sin originalidad fuera de la ley. Si un hombre comete un crimen, cualquier otro crimen que cometa será muy parecido al primero. El asesino inglés que se deshacía de sus sucesivas esposas ahogándolas en sus baños es un ejemplo adecuado. Si hubiese variado sus métodos no habría sido descubierto aún. Pero obedeció a las reglas ordinarias de la naturaleza humana, pensando que lo que le había salido bien una vez le saldría bien otras, y hubo de pagar la pena de su falta de originalidad.
—¿Y la moraleja de todo esto? —preguntó Giraud en son de mofa.
—Que cuando tiene usted dos crímenes enteramente semejantes en cuanto al plan y en cuanto a la ejecución, encuentra el mismo cerebro tras las dos. Estoy buscando este cerebro, Giraud, y lo encontraré. Tenemos aquí una verdadera pista..., una pista psicológica. Usted puede estar muy ilustrado en cuanto a cigarrillos y cerillas, Giraud; pero yo, Hércules Poirot, conozco el entendimiento humano.
Giraud se quedó singularmente impasible.
—Para su gobierno —continuó Poirot— le llamaré la atención sobre un hecho del que puede no estar informado: al día siguiente al de la tragedia, el reloj de pulsera de madame Renauld había adelantado dos horas.
Giraud abrió mucho los ojos.
—¿Acostumbraba adelantarse este reloj?
—En realidad, así me lo dicen.
—Entonces, no hay dificultad.
—Como quiera que sea, dos horas son mucho tiempo —observó Poirot con suavidad—. Hay, además, el detalle de las huellas de pisadas en el arriate del jardín.
Diciendo esto, indicó con la cabeza la ventana abierta. Giraud la alcanzó en dos zancadas y miró hacia fuera.
—No veo esas huellas.
—No —asintió Poirot enderezando un montón de libros sobre la mesa—. No las hay.
Por un momento, una ira homicida oscureció el rostro de Giraud, que dio dos largos pasos en la dirección del hombrecillo que le atormentaba; pero en aquel instante fue abierta la puerta del salón y Marchaud anunció:
—El secretario, monsieur Stonor, acaba de llegar de Inglaterra. ¿Puede pasar?
Capítulo X
Gabriel Stonor
El hombre que entró en la habitación ofrecía una figura impresionante. Muy alto, atlético y bien proporcionado y con el rostro y cuello bronceados, dominaba a las personas allí reunidas. A su lado, el mismo Giraud parecía anémico. Cuando le reconocí mejor, me di cuenta de que Gabriel Stonor tenía una personalidad desusada. Era inglés de nacimiento, y había recorrido todo el mundo. Había cazado fieras en África y viajado por Corea; había tenido un rancho en California y comerciado en las islas de los mares del Sur.
Su mirada inefable se fijó en Hautet.
—¿El señor juez de instrucción encargado del caso? Tengo mucho gusto en verle. Es éste un asunto terrible. ¿Cómo está madame Renauld? ¿Lo resiste bien? Esta desgracia habrá causado una horrible impresión.
—Terrible, terrible —accedió Hautet—. Permítame que le presente a monsieur Bex, nuestro comisario de Policía, y a monsieur Giraud, de la Sûreté. Este caballero es monsieur Hércules Poirot. Monsieur Renauld le envió a buscar, pero llegó demasiado tarde para poder hacer algo que evitase la tragedia. Un amigo de monsieur Poirot: el capitán Hastings.
Stonor miró a Poirot con algún interés.
—¿Le envió a buscar?
—Entonces, ¿no sabía usted que monsieur Renauld pensaba en llamar a un detective? —preguntó Bex, interviniendo.
—No, no lo sabía. Pero no me sorprende poco ni mucho.
—¿Por qué?
—Porque el pobre señor estaba azarado. No sé de qué se trataba. No me había hecho ninguna confidencia. No estábamos en estos términos. Pero azarado sí lo estaba..., y de mala manera.
—¡Hum!... —dijo Hautet—. Pero ¿no tiene usted idea de la causa?
—Así acabo de decirlo, señor.
—Excúseme, monsieur Stonor, pero debemos comenzar con algunas formalidades. ¿Se llama usted?
—Gabriel Stonor.
—¿Cuánto tiempo hacía que era usted secretario de monsieur Renauld?
—Unos dos años. Desde que regresó de América del Sur. Le conocí por mediación de un amigo común, y él me ofreció el cargo. Y era un amo extraordinariamente bueno.
—¿Hablaba mucho con usted sobre su vida en América del Sur?
—Sí; bastante.
—¿Sabe si estuvo alguna vez en Santiago de Chile?
—Varias veces, por lo que creo.
—¿No mencionaba nunca algún incidente especial ocurrido allí?... ¿Algo que hubiera podido provocar alguna venganza contra él?
—Nunca.
—¿Habló de algún secreto que hubiera conocido mientras estaba allí?
—No, que yo recuerde. Pero con todo esto, lo cierto es que había algún misterio en su vida. Por ejemplo, nunca le oí hablar de su infancia ni de ningún incidente anterior a su llegada a América del Sur. Creo que era francés, canadiense de nacimiento, pero nunca aludía a su vida en el Canadá. Sabía cerrarse como una almeja, si esto le convenía.
—Es decir, que dentro de lo que usted sabe, no tenía enemigos, y no puede darnos el rastro de ningún secreto por cuya posesión hubiera podido ser asesinado...
—Así es.
—Monsieur Stonor, ¿ha oído usted alguna vez el nombre de Duveen en relación con monsieur Renauld?
—Duveen, Duveen... —pronunció, intentado despertar sus recuerdos—. No creo haberlo oído y, sin embargo, me parece conocerlo.
—¿Conoce usted a una dama, una amiga de monsieur Renauld, cuyo nombre de pila es Bella?
De nuevo movió la cabeza Stonor.
—¿Bella Duveen? ¿Es éste el nombre completo? Es curioso. Estoy seguro de conocerlo. Pero de momento no puedo recordar con qué se relaciona.
El magistrado tosió.
—Usted comprende, monsieur Stonor, que el caso es éste: no debe haber reservas. Podría usted quizá por un sentimiento de consideración a madame Renauld (a la que, según tengo entendido, profesa usted gran estimación y afecto, ¡y en realidad lo merece!) —y Hautet, ligeramente embrollado en su frase, repitió—: No debe haber reservas, en absoluto.
Stonor le miró y apareció en sus ojos un destello de comprensión.
—No le entiendo bien —dijo con tono amable—. ¿Qué tiene que ver con esto madame Renauld? Tengo un inmenso respeto y afecto por esta dama; es un carácter verdaderamente admirable y poco frecuente, pero no acierto a ver cómo pudiera afectarla mi reserva o mi falta de reserva...
—¿Y si esta Bella Duveen resultase haber sido algo más que una amiga para su esposo?
—¡Ah! —saltó Stonor—. Ahora sí le entiendo. Pero apuesto lo que usted quiera a que está equivocado. El buen señor jamás miraba unas enaguas. Adoraba, sencillamente, a su propia esposa. Eran la pareja más unida que he conocido.
Hautet movió la cabeza con suavidad.