Asesinato en el campo de golf
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #2
- Год: 1923
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en el campo de golf». Краткое содержание книги:
Poirot le interrumpió con una rápida pregunta:
—¿Sabía usted entonces lo que su padre disponía en su testamento?
—Sabía que me dejaba a mí la mitad de su fortuna, y la otra mitad a mi madre, en fideicomiso, para que la recibiese yo cuando ella muriese.
—Continúe su relato —dijo el magistrado.
—Después de esto nos gritamos el uno al otro, furiosos, hasta que me di cuenta de pronto de que estaba en peligro de perder el tren de París. Hube de correr a la estación, rabioso todavía. No obstante, una vez lejos de aquí, fui calmándome. Escribí a Marta, contándole lo que había ocurrido, y su contestación acabó de serenarme. Me indicaba en ella que nos bastaría mantenernos firmes y que así toda oposición tendría que ceder al fin. Nuestro mutuo afecto tenía que ser puesto a prueba, y, cuando viesen que no era una ligera ilusión por mi parte, sin duda se mostrarían más benignos con nosotros. Por supuesto, a ella no le había comunicado cuál era la objeción principal de mi padre a nuestra unión. Pronto comprendí que no favorecería mi causa haciendo uso de la violencia.
—Para pasar a otro asunto: ¿conoce usted el apellido Duveen, monsieur Renauld?
—¿Duveen? —dijo Jack—. ¿Duveen? —e inclinándose hacia delante recogió lentamente el cortapapeles que antes había echado fuera de la mesa. Al levantar la cabeza tropezaron sus ojos con la mirada observadora de Giraud—. ¿Duveen? No; no puedo decir que lo conozca.
—¿Quiere leer esta carta, monsieur Renauld, y decirme si tiene idea de quién fue la persona que se la dirigió a su padre?
Jack Renauld tomó la carta y la leyó del principio al fin, subiendo entre tanto el color de su rostro.
—¿Que se la dirigió a mi padre?
Y eran evidentes la emoción e indignación de su tono.
—Sí. La encontramos en el bolsillo de su gabán.
—¿Sabe...? —y vaciló, moviendo los ojos en la dirección de su madre por una fracción de segundo.
El magistrado comprendió.
—Hasta ahora, no. ¿Puede usted darnos algún indicio de la persona que la escribió?
—No tengo la menor idea.
Hautet suspiró.
—Un caso muy misterioso. ¡Ah!, bien: supongo que podemos prescindir ya de la carta por ahora. A ver... ¿Dónde estábamos? ¡Oh!, el arma. Me temo que esto vaya a causarle pena, monsieur Renauld. Tengo entendido que era un presente de usted a su madre. Muy triste..., muy desconsolador...
Jack Renauld se inclinó hacia delante. Su rostro, que se había encendido durante la lectura de la carta, estaba ahora mortalmente pálido.
—¿Quiere usted decir que mi padre fue..., fue muerto con un cortapapeles hecho de cable de aeroplano? Pero ¡esto es imposible! ¡Un objeto tan pequeño!...
—¡Ay, monsieur Renauld, es muy cierto, por desgracia! Me temo que es un pequeño instrumento ideal. Afilado y fácil de manejar.
—¿Dónde está? ¿Puedo verlo? ¿Está aún en el.., en el cuerpo?
—¡Oh!, no. Ha sido retirado. ¿Desea verlo? ¿Para asegurarse? Quizá sería conveniente, aunque la señora lo ha identificado ya. Sin embargo... Bex, ¿puedo molestarle?
—Desde luego. Voy a recogerlo.
—¿No sería mejor acompañar a monsieur Renauld al cobertizo? —propuso Giraud con voz suave—. ¿Sin duda deseará ver los restos de su padre?
El muchacho se estremeció e hizo un gesto negativo, y el magistrado, siempre dispuesto a contrariar a Giraud en cuantas ocasiones se ofreciesen, contestó:
—No...; no, en este momento. Bex tendrá la amabilidad de traernos la daga aquí.
El comisario salió de la habitación. Stonor vino al lado de Jack y le estrechó la mano con fuerza. Poirot se había levantado y se ocupaba de enderezar un par de candeleros que sus ojos expertos le hacían ver en posición ligeramente torcida. El magistrado estaba releyendo la carta amorosa, aferrándose a su primera hipótesis de celos y una cuchillada en la espalda.
De pronto se abrió la puerta con violencia y se precipitó el comisario en la habitación.
—¡Señor juez! ¡Señor juez!
—¡Cómo! ¿Qué pasa?
—¡La daga! ¡No está allí!
—¿Que..., que no está allí?
—No, señor. ¡Ha desaparecido! El jarro de cristal que la contenía está vacío.
—¿Qué dice? —exclamé yo ahora—. Imposible. Pero si esta misma mañana he visto... —y las palabras se apagaron en mi garganta.
Pero ya me había convertido en objeto de la atención general.
—¿Qué decía usted? —exclamó el comisario—. ¿Esta mañana...?
—La he visto allí esta mañana —señalé lentamente—; hace cosa de hora y media, para precisar más.
—¿Ha ido usted al cobertizo entonces? ¿Cómo ha obtenido la llave?
—Se la he pedido al guardia.
—¿Y ha ido allí? ¿Por qué?
Vacilé, pero decidí al fin que lo único que podía hacer era revelarlo todo.
—Hautet —dije—, he cometido una falta grave por la que debo suplicar su indulgencia.
—Continúe usted.
—El caso es —dije, deseando encontrarme en cualquier parte menos donde me encontraba— que he visto a una señorita conocida mía. Esta señorita ha dado muestras de un gran deseo de ver cuanto pudiera verse, y yo...; bien, en una palabra: he cogido la llave para mostrarle el cadáver.
—¡Ah! —exclamó el magistrado con indignación—. Efectivamente es una falta grave la que ha cometido usted, capitán Hastings. Esto es extremadamente irregular. No debiera usted haberse permitido esta locura.
—Lo sé —contesté mansamente—. No puede usted usar palabras demasiado severas, señor juez.
—¿Usted no había invitado a esta dama a venir aquí?
—No, ciertamente. Nuestro encuentro ha sido puramente accidental. Es una joven inglesa que está accidentalmente en Merlinville, aunque yo lo ignoraba, hasta mi inesperado encuentro con ella.
—Bueno, bueno —cortó el magistrado, ablandándose—. Esto era muy irregular, pero la dama es joven y guapa, sin duda. ¡Qué hermosa es la juventud! —y lanzó un suspiro sentimental.
Pero el comisario, menos romántico y más práctico, tomó el hilo de la historia.
—¿Y no ha cerrado usted la puerta con llave al retirarse?
—De esto se trata, precisamente —contesté despacio—; de esto es de lo que me acuso con más severidad. Mi amiga se trastornó ante aquel cuadro y casi se desmayó. Fui, pues, a buscar brandy y un vaso de agua, e insistí en acompañarla hasta la población. En medio de mi excitación, me olvidé de volver a cerrar la puerta, hasta que estuve de regreso en la villa.
—Es decir, que a lo menos por espacio de veinte minutos... —dijo el comisario lentamente, y se detuvo.
—Exactamente —añadí yo.
—Veinte minutos —repitió el comisario, pensativo.
—Es deplorable —dijo Hautet, recobrando su dureza—. Sin precedentes.
De repente se oyó otra voz:
—¿Lo encuentra usted deplorable? —preguntó Giraud.
—Ciertamente, lo encuentro.
—¡Pues yo lo encuentro admirable! —dijo el otro sin inmutarse.
La intervención de aquel aliado inesperado me aturdió.
—¿Admirable, Giraud? —preguntó el magistrado, mirándole con el rabo del ojo.
—Precisamente.
—¿Y por qué?
—Porque ahora sabemos que hace sólo una hora que ha estado cerca de la villa el asesino, o un cómplice del asesino. Sería extraño que, con esta información, no le echásemos el guante muy pronto —dijo con acento de amenaza en la voz; y continuó—: Ha corrido un gran riesgo para apoderarse de esta daga. Quizá temía que se descubriesen en ella impresiones digitales.