Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
El brusco cambio de tema extrañó a Brienne.
—Vuestras hijas…
—Sansa era una dama ya a los tres años, siempre cortés y esforzándose en agradar. Lo que más le gustaba del mundo eran las historias de caballeros. Los hombres decían siempre que se parecía a mí, pero cuando crezca será una mujer mucho más hermosa de lo que jamás fui yo, se ve de lejos. Solía decir a su doncella que se fuera para peinarla yo misma. Tenía el pelo castaño rojizo, más claro que el mío, tan suave y abundante… reflejaba la luz de las antorchas y brillaba como el cobre.
»Y Arya… Ay, Arya. Los que venían a ver a Ned, si llegaban sin anunciarse, la confundían con un mozo de cuadras. Hay que reconocer que Arya era un problema. Mitad chico y mitad cachorro de lobo. Si le prohibías algo, al instante se convertía en lo que más deseaba en el mundo. Tenía el rostro alargado de Ned, y un pelo castaño en el que parecía que anidaran los pájaros. Yo ya había renunciado a convertirla en una dama. Coleccionaba costras igual que las otras niñas coleccionan muñecas, y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza, sin pararse a pensar. Creo que también está muerta. —Al decir aquello sintió como si una mano gigantesca le oprimiera el pecho—. Quiero verlos muertos a todos, Brienne. Primero a Theon Greyjoy, luego a Jaime Lannister, y a Cersei, y al Gnomo, a todos. Pero entonces… mis niñas…
—La reina también tiene una hijita —dijo Brienne con torpeza—. Y sus hijos son de la misma edad que los vuestros. Cuando se entere, quizá… puede que se apiade, y…
—¿Y me devuelva a mis hijas ilesas? —Catelyn sonrió con tristeza—. Sois muy dulce en vuestra inocencia, niña. Ojalá fuera así… pero no. Robb vengará a sus hermanos. El hielo puede ser tan mortífero como el fuego. Hielo se llamaba el espadón de Ned. Era de acero valyrio, con las marcas de las ondulaciones de un millar de plegados, tan afilado que a mí me daba miedo tocarlo. Comparada con Hielo, la espada de Robb es roma como un garrote. No va a resultarle fácil. Cortarle la cabeza a Theon, le costará, lo sé. Los Stark no utilizan verdugos. Ned siempre decía que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada, pero nunca disfrutó con el cumplimiento de su deber. En cambio yo sí disfrutaría. Y de qué manera. —Se contempló las manos llenas de cicatrices, abrió y cerró los dedos, y luego, muy despacio, alzó la vista—. Le he enviado vino.
—¿Vino? —Brienne estaba desconcertada—. ¿A Robb? ¿O… a Theon Greyjoy?
—Al Matarreyes. —La estratagema le había dado buen resultado con Cleos Frey. «Espero que estés sediento, Jaime. Espero que tengas la garganta seca y cerrada»—. ¿Queréis venir conmigo?
—Estoy a vuestras órdenes, mi señora.
—Bien. —Catelyn se levantó bruscamente—. Quedaos aquí y terminad de cenar tranquila. Enviaré a buscaros más tarde. A medianoche.
—¿Tan tarde, mi señora?
—En las mazmorras no hay ventanas, todas las horas son iguales ahí abajo; y para mí, todas las horas son medianoche.
Las pisadas de Catelyn despertaron ecos al salir de la estancia. Mientras subía hacia las habitaciones de Lord Hoster, oyó los gritos de las celebraciones. «¡Tully!» y «¡Un brindis! ¡Un brindis por el valiente y joven señor!».
«Mi padre no está muerto —habría querido gritarles—. Mis hijos están muertos, pero mi padre aún vive, condenados, y sigue siendo vuestro señor.»
Lord Hoster dormía profundamente.
—Hace poco que le he dado una copa de vino del sueño, mi señora —dijo el maestre Vyman—. Para aliviarle el dolor. No se va a dar cuenta de que estáis aquí.
—No importa —dijo Catelyn. «Está más muerto que vivo, pero aun así está más vivo que mis hijos, mis pobres hijitos.»
—Mi señora, ¿puedo hacer algo por vos? ¿Queréis tal vez una pócima para dormir?
—Gracias, maestre, pero no. No dormiré para aliviar la pena. Bran y Rickon no se lo merecen. Id a uniros a las celebraciones, yo me quedaré un rato con mi padre.
—Como queráis, mi señora. —Vyman hizo una reverencia y salió.
Lord Hoster yacía de espaldas, con la boca abierta, su respiración era apenas un suspiro sibilante. Una de sus manos colgaba por el borde del colchón, una mano pálida y descarnada, frágil, pero la sintió cálida cuando la tocó. Entrelazó los dedos con los suyos y los apretó. «Por mucho que me aferré a él no podré conservarlo aquí —pensó con tristeza—. Tengo que dejarlo marchar.» Pero no conseguía abrir los dedos.
—No tengo a nadie con quien hablar, padre —le dijo—. Rezo, pero los dioses no me responden. —Besó la mano con delicadeza. La piel estaba tibia, translúcida, por debajo de ella se veían las venas azules ramificadas como ríos. Afuera fluían los ríos de verdad, el Forca Roja y el Piedra Caída, y fluirían eternamente, pero los ríos de la mano de su padre no. Esas corrientes no tardarían en detenerse—. Anoche soñé con aquella vez en la que Lysa y yo nos perdimos cuando volvíamos a caballo de Varamar. ¿Te acuerdas? Una niebla muy rara cayó, nos retrasamos y quedamos aisladas del grupo. Todo parecía gris, no veía a un palmo por delante de mi caballo. Nos salimos del camino. Las ramas de los árboles eran como brazos largos y flacos que trataran de agarrarnos al pasar. Lysa se echó a llorar, y cuando yo grité fue como si la niebla engullera todo el sonido. Pero Petyr sabía dónde estábamos, retrocedió a caballo y nos encontró… Pero ahora no va a venir nadie a buscarme. Esta vez tengo que encontrar el camino para nosotros. Y es difícil, es tan difícil…
»No dejo de acordarme del lema de los Stark. El invierno ha llegado, padre. Para mí. Ahora Robb tiene que luchar tanto contra los Greyjoy como contra los Lannister, ¿y por qué? ¿Por una diadema de oro y una silla de hierro? Esta tierra ya ha sangrado bastante. Quiero recuperar a mis hijas, quiero que Robb deje la espada y elija a una hija fea de Walder Frey que lo haga feliz y le dé hijos varones. Quiero recuperar a Bran y a Rickon, quiero… —Catelyn inclinó la cabeza—. Quiero… —dijo una vez más, antes de quedarse sin palabras.
Al cabo de un rato la vela parpadeó y se apagó. La luz de la luna entraba en rayos sesgados por las hendiduras de las contraventanas, para dibujar líneas de plata sobre el rostro de su padre. Catelyn oía el susurro suave de su respiración trabajosa, el rumor incesante de las aguas, los acordes lejanos de una canción de amor que subían desde el patio, tan tristes y dulces a la vez. «Amé a una doncella roja como el otoño —cantaba Rymund—, con el ocaso en el cabello.»
Catelyn no se dio cuenta de cuándo terminó la canción. Habían pasado horas, pero sintió como si sólo hubiera transcurrido un instante antes de que Brienne llegara a la puerta.
—Mi señora —anunció en voz baja—, ya es medianoche.
«Ya es medianoche, padre —pensó—, y tengo que cumplir con mi deber.» Le soltó la mano.
El carcelero era un hombrecillo furtivo, con la nariz llena de venitas rotas. Cuando llegaron junto a él estaba inclinado ante un pichel de cerveza y los restos de una empanada de pichón, y bastante borracho. Las miró con desconfianza, entrecerrando los ojos.
—Perdonadme, mi señora, pero Lord Edmure dice que nadie puede ver al Matarreyes sin su permiso, por escrito y sellado.