La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Sin embargo, he jurado vengar a Madame de Valaines y a sus hijos. Es cierto que mi única pista, de momento, es ese guardia llamado La Ferrière. No será muy difícil encontrarlo, y yo...
Inclinándose, Bassompierre colocó su mano sobre la del herido.
—No os lo aconsejo, e incluso, si queréis creerme, dejaréis de investigar en el futuro. A menos que vuestra intención sea la de agravar las desgracias de la casa de Vendôme... y probablemente poner en peligro a la niña que escapó de la carnicería.
—¿Yo? ¡Dios no lo quiera! Pero no veo en qué...
—Los dos asuntos están relacionados. El ataque al castillo tuvo lugar cuando el cardenal se había apoderado de los príncipes, porque, no os engañéis, fue él quien les hizo prender: para eso le bastó pronunciar la palabra «conspiración». ¡Estáis atado de pies y manos, amigo mío!
—¿No puedo hacer nada? —gimió Raguenel, a punto de romper a llorar.
—Sí. Esperar.
—¿Esperar qué? ¿La muerte del cardenal?
—Un día u otro ocurrirá. Su salud no es la mejor, muy al contrario, y desde que detenta el poder se afilan más cuchillos en Francia que en tiempos de la reina Catalina y de las guerras con los protestantes. La espera no será muy larga.
—La suerte lo protege. Y además, ¿le creéis capaz de haber ordenado una matanza dirigida contra una mujer y unos niños? Tendría que ser un monstruo...
—No le conozco lo bastante para juzgar. No me gusta y me he opuesto a él con todas mis fuerzas, pero aprecio mi cabeza y me gustaría disfrutar de ella durante algún tiempo más.
—Sois amigo del rey y mariscal de Francia. No se atrevería.
—¡Se ha atrevido a encerrar en una prisión a los hermanos del rey! Y también al príncipe de Chalais, que acusa a todo el mundo para hacerse perdonar. Dicen que ha confesado haber querido matar a Richelieu. Seguramente será el primero en ser juzgado y veremos cuál es su suerte. ¿Qué edad tiene la niña que se salvó?
—Aún no ha cumplido cuatro años.
—¡Pobrecilla! En cualquier caso, tiene derecho a vivir...
—He jurado por la memoria de su madre protegerla. Y la mejor manera de hacerlo sigue siendo eliminar a sus enemigos...
Bassompierre sacudió la cabeza con desánimo:
—Sois bretón, ¿no es cierto?
—En efecto, y me enorgullezco. ¿Por qué?
—¡Cabeza dura! Me estoy esforzando en explicaros que es necesario que os estéis quieto. Bien sea que Richelieu haya ordenado la matanza (lo que no quiera Dios, y que me resisto a creer), o bien que el hombre encargado de recuperar las cartas de esa reina estúpida haya aprovechado para ajustar sus propias cuentas, en uno u otro caso, detrás de esta horrible historia se adivina la presencia de la sotana púrpura. Y ahora, aceptad un consejo: para empezar, vais a terminar vuestra curación aquí. Por mi parte, voy a reunirme con el rey en Nantes, pero intentaré averiguar qué ha sido de la duquesa François e y en qué puedo servirla. De camino pasaré por Vendôme y allí informaré de lo que os ha sucedido. También os enviaré a vuestro criado para que no estéis solo cuando volváis a emprender viaje. ¿Os parece bien?
—Mi gratitud es inmensa, señor mariscal. No sé si...
—Sobran las explicaciones. Contentaos con darme vuestra palabra de que seguiréis mi consejo y no intentaréis hacer nada que pueda redundar en daño para la casa de Vendôme. ¿Puedo contar con vos?
—No os defraudaré, señor mariscal —murmuró Raguenel vencido—. Tenéis mi palabra: sabré esperar... tanto tiempo como sea preciso.
Bassompierre le dirigió una ancha sonrisa satisfecha y, a falta de poder palmearle la espalda, le dio unos leves golpecitos en la cabeza.
—¡Así me gusta! Por mi lado, como me muevo bastante tanto entre los círculos de los nobles como de la gente de pluma, tal vez consiga averiguar quién es el personaje que se atreve a tomarse por el Ángel Exterminador y coloca omegas en sus cuños. ¡Hasta la vista, muchacho!
Y después de recoger el sombrero emplumado de azul que había arrojado sobre un arcón al entrar, el mariscal efectuó una de esas salidas en tromba a las que era aficionado, obligando a su invitado a adoptar finalmente la prudente resolución de restablecerse cuanto antes a fin de poder volver a ocupar su puesto desde el momento en que Corentin apareciese con su figura de zorro astuto en aquel elegante dormitorio.
En Vendôme, mientras tanto, la pequeña Sylvie empezaba a olvidar lo que para ella se parecía más a una pesadilla que a una realidad. El ángel había aparecido para llevarla a un lugar magnífico lleno de hermosas damas y apuestos caballeros. Después se había enterado de algunas cosas muy agradables. Por ejemplo, que no tenía nada que temer respecto a la duración de la estancia del señor Ángel en la tierra: se llamaba François y era adorable con ella; la instalaba en su caballo para llevarla a pasear a lo largo del río sin preocuparse por los reproches de su hermano mayor, corría con ella por los prados, le contaba historias y después, al desearle las buenas noches, le daba sonoros besos en las mejillas y le decía que olía a manzanas y hierba fresca, dos cosas que gustaban mucho tanto a él como a ella. Ella lo quería mucho, y cada día un poco más porque a su lado se sentía protegida.
Sylvie también quería mucho a Elisabeth, que jugaba con ella como si fuese una muñeca, dándose aires de mamá. Le enseñaba a comer sin mancharse, le probaba vestidos inventados por ella que una sirvienta cosía sin parar para adaptarlos a las dimensiones de su cuerpecito, y pasaba largos ratos, armada con un cepillo, intentando alisarle los bucles morenos, tupidos y rebeldes. En otros momentos, le enseñaba a leer en un libro con bonitas estampas de colores que fascinaban a la pequeña; y también, claro está, la llevaba dos veces al día a la capilla para rezar por todos los ausentes, en particular por dos personajes misteriosos que tenían nombres demasiado complicados para la memoria de Sylvie. Rezaban también por su mamá, de la que le decían que había marchado para un largo viaje. En la capilla sonaba una hermosa música, y eso compensaba un poco el largo rato que había de estar de rodillas sobre las losas del suelo, con las manos juntas. Por fin, una tarde soleada, Jeannette apareció en el castillo y Sylvie se llevó una gran alegría porque era la hija de la Tata, y porque jugaba muchas veces con ella cuando el servicio —bastante despreocupado, todo hay que decirlo— se lo permitía.
La recién llegada llevó casi al paroxismo la angustia de Madame de Bure, que oficiaba en cierta manera de ama de casa en ausencia de Madame de Vendôme. ¿Aprobaría ésta, cuya ausencia se estaba prolongando de forma inquietante, que se alojase de esa forma a los supervivientes de La Ferrière? Es verdad que su caridad era inagotable y que, después de todo, se trataba sólo de una pequeña criada para la que siempre se encontraría un empleo al servicio de Elisabeth.
Por su parte, François y su hermana se iban encariñando con su protegida. Su cháchara y sus reflexiones infantiles, el afecto que les mostraba, les distraían un poco de la ansiedad en que los sumía, cada día un poco más, la falta de noticias. Su madre no daba señales de vida y, para colmo, el caballero de Raguenel parecía haberse evaporado en el éter. Todo lo que había podido decir su criado al traer a Jeannette fue que había partido en dirección a París sin precisar adónde iba, contentándose con indicar que después iría a Vendôme.
La inquietud común había acercado a los dos menores a su hermano mayor, del que sabían que en caso de desgracia se convertiría en jefe de la familia. ¡Una pesada carga cuando sólo se tienen catorce años de edad! Louis no podía evitar estremecerse al pensar en la posibilidad de recibir sobre sus hombros una herencia tan pesada. Que por añadidura iba a ser necesario defender, pero ¿contra quién? Si se trataba del rey y de su temible ministro, la partida estaba perdida de antemano, se decía desesperado el adolescente, por más que la villa de Vendôme se alineara al lado de su duque. Lo que era de desear porque, si no, el joven Mercoeur no se imaginaba atrincherado en el inmenso castillo, que había mantenido su aire decididamente feudal a pesar de la vivienda apenas algo menos severa construida en el recinto por su abuela paterna Jeanne d'Albret, y de la decididamente más amable que había ordenado edificar el duque César, pero cuyas paredes se estaban empezando a alzar por entonces. Evidentemente era posible resistir allí mucho tiempo porque la previsión del duque César había abarrotado los almacenes de vituallas, armas y municiones, y los subterráneos daban acceso a una fuente abundante que corría en el nivel del valle. Pero si quería herir a su hermanastro con mayor seguridad aún que arrebatándole Bretaña, el rey no dejaría de atacar Vendôme, símbolo del título ducal y la más amada posesión de César. Amaba su ciudad, y sin embargo, ¡Dios sabía que no le había sido fácil hacerse reconocer por ella!