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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Esperó bastante tiempo, hasta el punto de preguntarse si los dos hombres no se habrían quedado en Bièvres para echarse una larga siesta. Por fin, les vio llegar. En los comercios se voceaba ya el cierre y las campanas de la ciudad tocaban el ángelus. Raguenel montó a toda prisa en su caballo. Esta vez no podía perderlos de vista en la afluencia que se producía siempre a la hora del cierre de las puertas de la ciudad, con corrientes contrarias de personas que entraban y que salían. Por suerte, los dos sombreros adornados con plumas negras idénticas facilitaban la vigilancia.

Una vez cruzada la bóveda de la puerta, con su fuerte olor a orines y aceite rancio, y después de pasar entre dos soldados distraídos que se suponía debían vigilar las idas y venidas, descendieron la colina de Sainte-Geneviève, feudo siempre más o menos agitado de los estudiantes, entre una doble fila de colegios de aspecto venerable. Pero en lugar de dirigirse hacia el Sena, como suponía Raguenel, los dos hombres doblaron a la derecha. El día se había cubierto súbitamente desde la entrada en París. Pesadas nubes negras venidas del norte se agolpaban, precipitando la llegada de la oscuridad. Un viento anunciador de tormenta levantaba un polvo acre, pero la lluvia no caía todavía.

Los dos hombres pasaron delante del Collège de France y rodearon la antigua mansión de los abades de Cluny donde, desde comienzos del siglo, se alojaban los nuncios del Papa. Al desembocar en el triángulo de la plaza Maubert, Raguenel se dio cuenta de que únicamente seguía a un hombre: el otro había desaparecido como por ensalmo. El caballero resolvió continuar detrás del que quedaba. Así atravesaron, a respetuosa distancia, el amplio espacio patibulario donde el prebostazgo de París mantenía de forma permanente dos horcas listas para funcionar, lo que no impedía que el lugar gozara de bastante mala fama.

Por fin, el hombre se apeó de su caballo en la esquina de una callejuela estrecha, ató la brida y siguió a pie. Perceval sonrió: se trataba de un callejón sin salida conocido por el nombre de «callejón de Amboise», en el que, aparte de la noble mansión de la que recibía el nombre, únicamente había dos casas. En una de ellas se abría una taberna de bastante mal aspecto frecuentada por «escolares» sin dinero en busca de algún buen negocio o de alguna fechoría. Fue allí donde entró el desconocido.

Seguro de que no se le escaparía, Perceval buscó un sitio para atar su caballo, lo encontró cerca de la capilla de Nôtre-Dame de la Recouvrance des Carmes y dejó allí su montura al abrigo de un saliente. Después se aseguró de que su espada salía con facilidad de la vaina y se dirigió hacia la puerta baja en cuyo dintel una enseña, ilegible a fuerza de roña y decrepitud, chirriaba ligeramente impulsada por la brisa del atardecer. No entró, sino que se contentó con limpiar con su pañuelo húmedo de saliva una esquina de la ventana más próxima. Vio entonces, sentados uno a cada lado de una mesa en la que ardía una vela, a su «pasamentero» y a un hombre grueso de pelambrera gris e hirsuta, con una camisa de color indefinido, que debía de ser el tabernero. No había nadie más a la vista, era aún temprano para la clientela habitual del lugar.

De súbito, el corazón de Perceval dio un vuelco: entre las manos del hombre de negro acababa de aparecer un collar de oro, perlas y pequeños rubíes que había visto muy a menudo al cuello de Chiara de Valaines. Sentaba de maravilla a su belleza morena y, como lo sabía, ella le tenía un particular aprecio y lo lucía con frecuencia. Esta vez, la duda —admitiendo que subsistiese alguna— ya no era posible...

Desenvainó la espada y, sin más reflexión, subió los dos escalones de la entrada, abrió la puerta con un puntapié brutal, se precipitó con el ímpetu de una bala de cañón sobre los dos cómplices, y arrancó el collar de los gruesos dedos del tabernero.

—¿Dónde has encontrado esto? —preguntó, colocando la punta de su espada en la garganta del bandido.

—Pues yo...

—No te canses inventando mentiras, sé dónde. Eres uno de los miserables que asesinaron, hace dos días, a Madame de Valaines y a sus hijos en el castillo de La Ferrière. ¡Y te aconsejo que no lo niegues, o te ensarto aquí mismo! —añadió, al tiempo que hacía desaparecer la joya en su bolsillo.

—Yo no he matado a nadie —gruñó el otro—, y esas perlas me las encontré...

—No lo dudo, y puedo decirte dónde: en el buró florentino de su dormitorio.

—¿Y qué? Tenía órdenes, y cuando me pagan bien, hago lo que me mandan.

El tabernero no se había movido. Incluso había apartado las manos de la mesa, como temeroso, pero era un hombre fornido y Perceval no deseaba que se mezclase en su discusión con el bandido.

—Iremos a hablar fuera —dijo, aferrándolo por el cuello del jubón—. Y tú, tabernero, no te muevas si quieres seguir vivo mañana por la mañana.

—¡Voy a llamar a la ronda! —dijo el hombre—. No se puede amenazar así a mis clientes...

—Haces bien en defenderlos, pero no te servirá de nada. Llama a la ronda si quieres, les contaré algo que les gustará. ¡Vamos, tú! ¡De pie! —añadió, obligando a su presa a levantarse del banco—. ¡Y tú, tabernero, no te muevas o lo ensarto, pido socorro y a quien colgarán es a ti!

Dicho lo cual, arrastró a su cautivo hasta la puerta, que le hizo cruzar de un empujón, y luego hacia los dos patíbulos, cuya proximidad arrancó al miserable un gorgoteo horrorizado.

—¿No iréis...?

—¿A colgarte? Eso depende de ti —respondió Perceval, que, envalentonado por su éxito inicial, se sentía con la fuerza del gigante Atlas—. Si contestas a mis preguntas, quizá te deje seguir tu camino.

Lo empujó contra el cadalso de albañilería que servía para apilar troncos y haces de leña cuando se quemaba a algún reo, y lo mantuvo pegado al muro con la punta de su espada.

—¡Ahora, hablemos! Para empezar, ¿cuál es tu nombre?

—No estoy seguro de tener uno. Me llaman Masca-hierro.

Raguenel se echó a reír.

—Puedes intentar morder éste, pero me extrañará que consigas digerirlo. Ahora dime quién os reclutó a ti y a tu hermano... porque supongo que tu doble, que ha desaparecido hace un rato, es tu hermano.

—Sí.

—Bien. Entonces ¿quién era el hombre que os mandaba en el asunto de La Ferrière?

—¡No lo sé!

—¿De verdad?

La punta de la espada le hizo un rasguño en la garganta.

—¡Os juro que no lo sé! —gimió—. Ninguno de los que venían con nosotros lo sabía. Alguien nos reclutó, a mi hermano y a mí, en la taberna de la Truie-qui-file. A los demás no les conocía.

—¿Y al guardia que fue a pagaros en el albergue de Limours tampoco lo conocías?

Una gota de sangre resbaló por el cuello del hombre.

—Sí... Fue él quien vino a la taberna. Se... se llama La Ferrière y nos acompañó.

—¿La Ferrière? —repitió Perceval asombrado—. Pero ¿de dónde sale ese nombre?

—Yo... no lo sé. Sólo dijo que las personas del palacete le habían robado la herencia y que esperaba recuperarla ahora que no quedaba nadie con vida.

El caballero dejó para más tarde el examen de esa extraña pretensión.

—¿Y el jefe? ¿Estás seguro de que no era él?

—¡Oh, seguro! El jefe únicamente nos acompañó la mañana misma, y nadie vio su rostro. Todo lo que puedo decir es que La Ferrière le hablaba con consideración. Cuando todo terminó, desapareció. Soc...

Raguenel no vio llegar el golpe. Únicamente sintió un puñetazo en la espalda, y con un gesto automático hundió su espada en la garganta de Mascahierro. Su grito de agonía fue lo último que oyó antes de sumirse en las tinieblas.

Si Raguenel no fue a reunirse con sus antepasados aquella noche, lo debió ciertamente a su ángel de la guarda, pero sobre todo a la pasión bibliófila del mariscal de Francia, que era uno de los raros militares amigos de la cultura en una época en que los grandes señores valoraban más el arte de manejar la espada que el de manejar la pluma. Esa rareza se llamaba François, barón de Bestein, de Haroué, de Remonville, de Baudricourt y d'Ormes, nombre afrancesado en la forma de Bassompierre por Enrique IV cuando, con diecinueve años de edad, fue llevado a su corte. Leía el latín y el griego, hablaba cuatro lenguas —francés, alemán, italiano y español— con la misma facilidad y poseía una magnífica biblioteca a la que dedicaba todos sus desvelos.

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