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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Eso fue lo que repitió a Madame de Vendôme a su regreso a Anet. La duquesa torció el gesto y dijo:

—¿De modo que Richelieu coloca a uno de sus hombres a nuestra puerta? No me gusta nada. Podría significar que pretende irse apoderando poco a poco de todo el principado.

—Habremos de andarnos con cuidado, pero lo que más me inquieta es Sylvie. ¿Qué le ocurrirá si ese La Ferrière se entera de que existe todavía una Valaines?

—Ya lo he pensado. Lo mejor es cambiarle el nombre. Tenemos en el Vendômois tres feudos sin titular, y estoy segura de que mi esposo no verá inconveniente, cuando le permitan regresar junto a nosotros, en donarle uno. Hablaré con nuestro canciller, y él se encargará de las escrituras necesarias.

—¿Y qué nombre llevará Sylvie?

—Podemos escogerlo juntos, ya que existen tres posibilidades. En primer lugar está Cornevache...

—¡Oh, señora duquesa! ¡No pensaréis llamarla así!

—No, por cierto —contestó Madame de Vendôme con una sonrisa—. También tenemos Puits-Fondu, y finalmente L'Isle, que se encuentra en Saint-Firmin.

—Creo que prefiero el tercero.

—Yo también.

Fue así como la niña de los pies descalzos, huérfana y despojada de todo por la barbarie de los hombres, se encontró con un castillo, tierras y un nuevo nombre que le fue enseñado pacientemente, día tras día. Y con el nombre de Mademoiselle de l'Isle se educó junto a Elisabeth en las mansiones de los Vendôme. El tiempo borró los recuerdos de su primera infancia, o por lo menos consiguió enterrarlos en las profundidades más recónditas de su memoria.

El duque fue devuelto a su familia cuatro años más tarde, el 29 de diciembre de 1630. El mes de marzo siguiente marchó de Francia con sus dos hijos para servir a Holanda. Le fue devuelto el título de gobernador de Bretaña, pero desprovisto de la función correspondiente. Debió esa súbita generosidad por parte del poder a la tragicomedia representada el 10 de noviembre anterior, que había de pasar a la historia con el nombre de jornada de los Dupes (inocentes, embaucados). Ese día María de Médicis, presa de un furor homérico, echó a Richelieu de su casa en presencia del rey y exigió que fuera devuelto a su obispado de Luçon. Sin embargo, no sólo el cardenal no fue destituido, sino que, al salir al día siguiente del pabellón de caza de Versalles, después de mantener allí una conversación secreta con el rey, su poder era mayor que nunca y estaba en condiciones de llevar a cabo una sonada venganza contra sus enemigos.

Quienes habían apoyado a la reina madre en la jornada de los Dupes fueron detenidos, incluidos el canciller de Marillac y su hermano el mariscal, que entregó su cabeza al verdugo. También recibió su castigo el amable Bassompierre, que no había cometido otro delito que recibir de María de Médicis una carta comprometedora. Pero era un sabio: encerrado en la Bastilla, aunque con ciertas consideraciones a su rango, se dedicó allí a escribir sus memorias. La reina madre fue desterrada a Compiègne, de donde, temiendo por su vida, huyó a Holanda. Todos aquellos acontecimientos dieron mucho que pensar a Perceval de Raguenel. Desde ese momento fue evidente para él que al menos uno de los asesinos —el jefe, sin duda— había acabado por encontrar lo que buscaba, y las famosas cartas, en manos del cardenal, habían sido un arma poderosa en el momento de su enfrentamiento con la reina madre. ¿Las había entregado al rey? Era un secreto que tal vez encontraría respuesta cuando éste permitiera a su madre regresar a la corte.[13]

El Gran Prior Alexandre no tuvo tanta suerte como su hermano. Después de dos años de prisión, murió en el torreón de Vincennes, el 8 de febrero de 1629, de una enfermedad de la que algunos pensaron que había intervenido el veneno. Tal vez porque estaba alojado en la misma habitación en que había muerto el mariscal d'Ornano, una estancia de la que Madame de Rambouillet decía que valía «su peso en arsénico»... Madame de Vendôme cuidó de que el cuerpo de su cuñado fuera inhumado en la iglesia colegial de Saint-Georges, vecina al castillo de Vendôme, con todos los honores debidos a su rango.

Así se extendió al paso de los años el poder del cardenal de Richelieu, apoyado por un rey consciente de su valía. La pesada mano del ministro se abatía sin piedad sobre los nobles más grandes, cuyas rebeliones y conspiraciones arrastraban en ocasiones a provincias enteras, cuando no pactaban con el enemigo. Dos Montmorency murieron en el cadalso: el primero, espadachín impenitente, por haber infringido la severa ley que prohibía el duelo (se había batido en plena Place Royale, a mediodía y delante del lugar en que estaba expuesto el edicto), y el segundo, el duque Henri, a causa de una de las eternas conspiraciones a que se dedicaba Gaston d'Orléans, siempre cobarde y siempre impune. Pero la construcción de Francia proseguía. Los protestantes fueron vencidos en La Rochelle, y el duque de Buckingham, aquel loco enamorado de Ana de Austria, fue asesinado por Felton, un hugonote fanático, y ya no podía molestar a nadie. Subsistía España, la enemiga encarnizada a pesar de los lazos familiares, al acecho tanto en las fronteras del norte como en las del sur; la España a la que la reina de Francia favorecía en secreto...

Mientras tanto, François se convertía en hombre, en un guerrero tal como deseaban los suyos. Desde hacía mucho tiempo había olvidado a la pequeña Louise Séguier, muerta de viruela en el castillo de Sorel. Otros rostros habían venido a reemplazar el de su primer amor. Bravo hasta la locura y seductor también hasta la locura, acumulaba hechos de armas y conquistas femeninas, pero también heridas, para gran disgusto de la niñita de los pies descalzos. Sylvie, en efecto, también crecía, y el amor que había volcado en él desde la primera vez que lo vio, crecía con ella...

SEGUNDA PARTE

La tempestad

1637

4

El camino del Louvre

Desde los primeros días del año, París tiritaba bajo un frío polar. El Sena acarreaba bloques de hielo tan enormes que habían mandado a pique varias barcazas cargadas de trigo y mercancías perecederas. Largos carámbanos colgaban de los techos de las casas, tan peligrosos como espadas cuando caían de lo alto. El barro erizaba las junturas irregulares de los viejos adoquines con agujas de hielo dolorosas para los pies y peligrosas para los huesos, de modo que los paseantes caminaban como pisando huevos, inclinados y cabizbajos para resguardarse del frío. Sólo los chiquillos se atrevían a patinar temerariamente en el arroyo de las calles.

Los caballos de Madame de Vendôme, calzados con herrajes para el hielo, ignoraban las dificultades de la estación y avanzaban a paso firme. Acababan de pasar la puerta de Saint-Honoré y seguían, al ritmo prudente exigido por el tiempo, la larga calle del mismo nombre que, prolongada por la Rue de la Ferronnerie, la Rue des Lombards y la Rue Saint-Antoine, atravesaba París de oeste a este hasta desembocar delante de la Bastilla. En el interior de la carroza, calentado por unos pequeños braseros, iban solas la duquesa y Sylvie, como en tantas otras ocasiones, salvo que hoy no acudían a visitas de caridad, ni a saludar a Monsieur Vincent en Saint-Lazare ni a esta o aquella iglesia: en breves momentos Mademoiselle de l'Isle iba a ser admitida entre las doncellas de honor de la reina Ana de Austria, un gran honor al que ella no encontraba demasiada explicación. No estaba segura de sentirse realmente satisfecha. Aquello quería decir que ese día cambiaría el hôtel de Vendôme, magnífico y casi nuevo, por las oscuras torres del viejo Louvre; y en los días cálidos del verano, los encantadores castillos de Anet o de Chenonceau por el palacio de Saint-Germain o por Fontainebleau, que aún no conocía. Un cambio de existencia completo.

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[13] María de Médicis no regresó nunca.

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