Diabulus in musica
- Автор: Freire Espido
- Год: 2001
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diabulus in musica». Краткое содержание книги:
De la muchacha que amó a los dos.
De las mentiras y los fingimientos entre los que se perdieron, y de cómo se buscaron durante años sin encontrarse.
El Diabulus representaba, en la teoría de la música antigua, el intervalo prohibido, un error deslizado entre las matemáticas perfectas que regían el mundo. También esta novela describe la lucha entre el orden y el caos, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente. La voz y el silencio. Las múltiples maneras en las que el diablo acecha a la espera de encontrar un hueco por el que llevarse a sus víctimas.
Hacía seis días que Chris faltaba de casa, y yo comenzaba a caer en el abismo. A casa llegaban cartas de sus admiradoras, y una chica, siempre la misma, se paseaba casi todos los días frente a la verja negra, con la esperanza de poder verle. A menudo los celos eran tan intensos que debía sentarme y apretar los puños en un es fuerzo por recuperar la calma; pero, aún así, hice un esfuerzo por negarlo.
– Aún llevamos poco tiempo. Es lógico que queramos estar siempre juntos. Que le eche de menos. Nunca habíamos pasado tanto sin vernos.
Ella me miró.
– Pasaste años sin verle.
– Sí. Pero entonces aún no me había tocado.
– Tenías a Balder.
– Nunca tuve a Balder.
No deseaba despedirme de ella así. Cambiamos de tema, prometí ir a visitarla a Francia, observamos con reproche a dos turistas españolas que hablaban a gritos, y luego nos quedamos sin nada que decir.
– Si necesitas ayuda, llámame -susurré, al despedirme.
– Lo mismo digo.
Sus postales no me hablaban de mimos. Las dos que yo le envié no mencionaban a Chris, tampoco.
Christopher perdía la paciencia cuando me encontraba en casa, sentada, o demasiado ansiosa por su regreso.
– ¿Qué te pasa, nena? -decía, y a veces se arrodillaba a mi lado, o me acariciaba la cabeza, sin prestarme mucha atención-. ¿Qué tienes?
– Nada -contestaba yo, algunas veces, y otras me quejaba con las palabras y la voz de una niña-. No soporto que te marches. Doy vueltas de cuarto en cuarto, sin saber qué hacer. Miro el reloj y nunca avanza lo suficientemente deprisa.
– Llama a alguno de tus amigos.
Yo me abrazaba a él.
– No son mis amigos. No tengo amigos. Clara se ha ido, y con el resto no tengo nada de qué hablar. No puedo irme al pub y reírme y divertirme y emborracharme con ellos si tú no estás -me invadía una rabia desconocida, el impulso de romper algo y hacerme daño y gritar-. Incluso cuando estás conmigo, pienso en ti continuamente -confesé, desesperada.
– A mí se me hace difícil también.
– Pero puedes vivir así.
– ¿Y si buscas unas clases? -me decía él, con poca convicción, porque odiaba la idea de que yo trabajara.
– No. Ahora no.
Puede que fuera por mi negativa, tan repetida, a enseñar, por lo que más tarde escogí este colegio, y no un moderno edificio de oficinas, o retirarme, como la niña de las margaritas insinuaba, a una casona abandonada. Entonces no me sentía con fuerzas como para hablar a nadie que no fuera él, de nada que no fuera él. Poco tiempo más tarde Christopher me ofreció una solución. Tal vez le aburrió mi cantinela, o quizás me echaba de menos, como decía.
– Está bien -dijo, y fingía una seriedad desmentida por su tono de voz-. No hay necesidad de sufrir. A partir del sábado vendrás conmigo -se puso en pie y me ayudó a levantarme-. Ya no me interesa trabajar si no estás cerca. Sólo pienso en llegar al hotel y llamarte. Cuando tardas en coger el teléfono me pongo furioso, y me asaltan los celos.
– No tienes ninguna razón. Siempre estoy en casa. Y te quiero.
Él sonrió.
– Pero no hay modo de que yo pueda saber eso.
Había cosas que no le había contado: no le hablé de Balder, que acudía cada vez más a menudo a mi mente si él no estaba a mi lado para espantarlo, de los recuerdos de otra época, que regresaban para que los desmenuzara poco a poco, comparando fechas, y datos, y mojones generacionales, sacando cuentas, y no le hablé de las llamadas de Karen.
Karen estaba al tanto de los viajes de Chris, obviamente. Llamaba a su hija tan a menudo como a mí, y cuando rodó en California pasó algún tiempo con la niña.
Junto a los prismas, las copas y los jarrones de cristal que me regalaba, compraba cintas, y ropa, y bolsitos, y juguetes para Frances.
En las noches en las que Chris dormía en la parte derecha de una cama lejana, Karen me llamaba. La primera noche creía que era él.
Temí lo peor: que hubieran regresado juntos, que él no hubiera reunido valor suficiente para decírmelo, que ella, endiosada, se hubiera ofrecido a hacerlo. Pero era ella.
En las primeras llamadas me cubría de acusaciones. Yo había destrozado una familia y un hogar feliz, la niña lloraba y preguntaba por su padre a todas horas, mi aspecto inocente escondía un corazón podrido, ni siquiera merecía que me siguiera hablando.
No admitía réplica, y a mí me quemaban sus palabras. Tenía pesadillas en las que me abofeteaba, y me deformaba el rostro por las heridas de sus anillos. A veces me asaltaba la duda de si realmente tenía parte de razón, si no había tomado al asalto una casa en la que aún podían haber remediado la separación, en la que se conservaba su letra en los frascos de las especias y sus tiestos colgados en el invernadero. Luego movía la cabeza. Era imposible. La reconciliación sólo existía en la mente de Karen; Chris hablaba de ella con aburrimiento y cierta lástima. Hacía años que el matrimonio estaba roto. Más tarde me daba igual. Me pertenecía, era mío por derecho de paciencia y de conquista, y si ella no había sabido retenerlo, lo único que le quedaba como consuelo era llamarme e insultarme.
Cuando aprendí a reconocer su voz, le colgaba casi al momento.
Era Christopher quien costeaba el teléfono de San Diego, y yo no tenía la menor intención de hacerle pagar por los estallidos de Karen.
Chris no tardó en descubrirlo, precisamente por la cuenta de teléfono. Comprobó la fecha de aquellas llamadas interrumpidas, a veces cinco o seis en una tarde, y me enseñó la factura.
– ¿Karen te ha estado llamando?
Yo no supe negarlo.
– ¿Por qué no me lo dijiste?¿No sabes que puede constituir un delito? -se reclinó en el sofá, con la mandíbula apretada-. Sabe Dios qué te habrá dicho. ¿De qué te hablaba?
– De nada. Colgaba inmediatamente.
Me dirigió una mirada larga, desconfiada.
– No creerás nada de lo que te ha dicho, ¿verdad?
– ¡Claro que no!
Encendió un cigarrillo y fijó la vista en el suelo.
– Está mal -comenzó a contar-. Nunca ha controlado demasiado bien su carácter, pero ahora estoy convencido de que consume de nuevo cocaína. Comenzó a trabajar para un gimnasio, y al parecer lo hacía bien. Hay mucha demanda en la ciudad. Si fuera un poco más lista, podría colocarse en una agencia de modelos. En San Diego sobran aspirantes a modelos, y falta gente que les enseñe cómo llegar. Y a Karen se le da bien tratar con la gente joven, y aunque no es muy paciente, podría ser una buena asesora. ¿Te asustaste?
– No -dije-. Sólo decía que estabais juntos de nuevo, y que yo debía alejarme.
– ¿Creíste lo que decía? -y creí notar un toque de vanidad en su voz.
– No -mentí-. Ni por un momento.
Esa tarde Chris se volvió a mí, visiblemente nervioso.
– Si ha vuelto a la cocaína -dijo, y dio un puñetazo a la pared-, puedo quitarle a Frances. Si logro demostrar que toma drogas, la niña es mía -suspiró, aliviado-. La niña es mía.
Sonreí, y me acerqué a él. Casi nunca hablaba de su hija, y me alegró comprobar que no se trataba de indiferencia, ni de desapego.
Sencillamente, apartaba de su mente aquello que creía que no podía lograr.
Viajamos a Toronto, primero, y luego a Vancouver, y después pasamos varias semanas, mientras rodaban interiores, en Nuevo México.
Yo trazaba las rutas en el plano, y las discutía con Christopher.
Poca cosa más nos quedaba por hacer. Nos llevaban de un lado a otro, cada minuto planeado y organizado, y salvo alguna tarde perdida, incluso comíamos y dormíamos a las horas señaladas. Regresé a mis años de giras; pero al menos entonces estaba fuera, era libre de saltar del escenario y correr cuando me viniera en gana.