Diabulus in musica
- Автор: Freire Espido
- Год: 2001
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diabulus in musica». Краткое содержание книги:
De la muchacha que amó a los dos.
De las mentiras y los fingimientos entre los que se perdieron, y de cómo se buscaron durante años sin encontrarse.
El Diabulus representaba, en la teoría de la música antigua, el intervalo prohibido, un error deslizado entre las matemáticas perfectas que regían el mundo. También esta novela describe la lucha entre el orden y el caos, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente. La voz y el silencio. Las múltiples maneras en las que el diablo acecha a la espera de encontrar un hueco por el que llevarse a sus víctimas.
– Esto no está bien -dije, y las otras no levantaron la vista, pero la niña que hablaba conmigo quitó su dedo del vaso.
– Salúdala -dijo una.
– ¿Al fantasma?
– A quien sea. Dale la bienvenida.
Las niñas gritaron cuando el vaso se movió sin que nadie posara sus dedos sobre él. Era lo que ansiaban, y por eso se asustaron.
Descubrieron el pavor que inspira un deseo cumplido. No pude evitar su miedo. Corrieron, aterradas, y se lo contaron a sus padres, que a su vez acudieron a la directora.
Una capa de histeria se posó suavemente, como la ceniza de un volcán, sobre todas ellas. Las niñas cambiaron, se volvieron ariscas, desconfiadas, y, a instancias de sus padres, dejaron de hablar con los fantasmas. Se dedicaban únicamente a sus tareas, clases, deberes, baloncesto, inglés, el ocio resultaba sospechoso, como si en ello se ocultara una rebelión contra el mundo de los mayores, o contra la invisible esfera de los no vivos. La niñita de las horquillas graciosas comenzó a evitarme, y a fingir que no me veía. Y por primera vez desde que llegué a aquel colegio, desde que decidí abandonar a Christopher, me quedé sola.
Mi ópera preferida, “L´incoronazione di Poppea”, era una de las que se escondía en las cintas que encontré antes de la mudanza, y a la que, en su momento, dediqué más tiempo de ensayo. Mi compañero, el tenor que actuaba como Nerón, apretaba contra su cuerpo mi cintura, y ya no éramos dos desconocidos, sino los rastros misteriosos de dos personas muertas durante siglos.
Y sin embargo, las vidas que tomábamos prestadas no desfiguraban nuestras frentes. Era Popea la que dulcificaba su memoria en mis rasgos infantiles, la que estallaba en risas cuando me estrechaban demasiado apretadamente. E incluso a veces los tiempos se entremezclaban como agua y tinta cuando Nerón cantaba y era yo quien recibía sus frases de amor, o cuando aquel tenorcillo escuchaba absorto los trinos falsos y de rendida adoración de la infame Popea que aparecía en mi voz.
Todos esos ensayos nos hacían huir del resto del mundo, porque era divertido reír, y porque ninguno de los dos, Nerón, yo, advertíamos el punto de locura que nos animaba. Y así nos alejábamos de la férula feroz y crítica de la profesora de canto, que con sus indicaciones de lectura nos escamoteaba el placer que pudiéramos sentir. Porque cantar, nos advertía, no resultaba cosa fácil; exigía disciplina, sacrificio, una voluntad de hierro, y una salud impecable. Cuando se disfrutaba con ello, había que comenzar a desconfiar. Como de las hemorragias ocultas: algo iba mal en el interior.
Cuando ya llevaba una semana colgando mi ropa en el armario de Chris, Clara me llamó. Yo la había mantenido al tanto, y ella había demostrado alegría sincera ante las noticias, pero no nos habíamos vuelto a ver desde la fiesta de Pablo.
– ¿Por qué no te acercas a la Galería, y comemos juntas? -me pidió.
– Tengo bastante trabajo -mentí yo, incapaz de resistirme a la tentación de ostentar lo que había conseguido-. ¿Qué te parece si vienes tú aquí, a casa, después del trabajo? Puedes quedarte a dormir, si se te hace tarde.
Clara llegó a las ocho con su antigua mirada. Parecía mayor y cansada. Aguardé a que me contara qué le ocurría, qué se había desmoronado, pero hablamos de temas banales. Le enseñé la casa; ella se asomó a la ventana de nuestra habitación, y pasó el dedo sobre la repisa en un gesto instintivo heredado de su madre.
– ¿Estás contenta? -preguntó.
– Sí. Mucho.
– No lo parece.
– Tampoco tú -objeté. Coloqué sobre la mesa la azucarera que el primer día había usado Chris, y dos tazas para el té.
– No -contestó ella, al fin-. Ya lo sé.
– ¿Por qué?
– Nací hace demasiado tiempo en el lugar equivocado.
– Ya no tiene remedio.
Posó la mano sobre la taza, pero no la cogió.
– Por eso no soy, feliz.
– ¿Has dejado a Pablo? -me arriesgué a preguntar.
– Él me ha dejado a mí. No importa -se apresuró a añadir-. Me ha liberado de un puñado de preocupaciones. Ha sido él quien se ha mudado, de modo que ni siquiera he buscado otro piso. De todos modos, a fin de mes me marcho.
– ¿A París? -ella asintió con la cabeza- Si dijiste que te había decepcionado…
– Eso no tiene nada que ver. Es… al menos es el lugar adecuado.
– Eso mismo dijiste de Londres.
– Me equivoqué. Era el lugar adecuado para ti.
– ¿Tiene algo que ver aquel mimo que conociste?
Ella calló. Luego habló con rapidez: le pagarían menos, pero había pensado en métodos para ahorrar, y la vida no costaba tanto allí, o al menos eso le habían dicho. Yo callé. Clara apenas hablaba francés, no conocía a nadie en Francia, y perdería los méritos que había logrado en Londres. Pero callé.
Dejó la casa antes de que Chris llegara: no me había preguntado por él, ni por mis planes, por mi futuro, por nada. Escuchaba con arte, pero nunca hacía preguntas.
Era un confesor que negaba la absolución, o que al menos, se olvidaba de darla. Atesoraba lo que los otros le daban, y no lo revelaba jamás, pero no mostraba interés por nadie. Por nada.
Leí en alguna parte que las salamandras podían sobrevivir entre las brasas de una hoguera. Eran animales mágicos, y por lo tanto, malditos, y se dudaba de si en su naturaleza pesaba más el fuego o el agua, si se fundían con las llamas o se oponían a ellas.
Clara compartía la habilidad para sobrevivir a los incendios con las salamandras; los vaivenes, que parecían zarandearla como a una caña seca, demostraban que continuaba con fuerzas. Cuando la conocí, Mikel aún vivía. Ella acababa de cambiarse de instituto, y cayó en mi clase. Simpatizamos enseguida. Al mes siguiente Balder murió, y fue ella quien se encargó de consolarme. Quien me explicó cómo trazar una ouija, y allanar así el camino hacia los espíritus.
Hablábamos de él en los descansos en la universidad, sentadas sobre la hierba, mientras el puente de Deusto se elevaba para permitir el paso a algún barco retrasado y el sol nos daba de lleno en los ojos. Al otro lado de la ría se elevaba el esqueleto rojo del que años después sería el museo más famoso del mundo. Y, un poco más allá todavía, se divisaban las ventanas del piso en el que un día canté con Balder las notas de “Aitormena”, envuelta en una manta.
– Es una lucha -me dijo-. O él o tú. Decide quién quieres que venza. Si continúas llorando, si no comes, te llevará con él. Vamos -me animaba- La vida sigue.
Ella recordaba bien “Ragnarok”; había ido a ver la película, y se había enamorado del diabólico Loki.
– Y cuando dice, cuando se dirige a esa pobre chica y dice: Vivirás para mí hasta que no puedas vivir para nadie… Por favor… -echaba la cabeza atrás, y se tiraba del pelo-. Si algún día alguien me dice esas palabras, estoy perdida. Me enamoraré inmediatamente.
– Nadie te dirá nunca nada parecido.
La primera vez que Clara marchó a Inglaterra yo no fui a despedirla al aeropuerto. Estaba enferma, y tuve que guardar cama durante dos semanas, con la peor gripe que nunca había conocido. Cuando me levantaba, las piernas me temblaban como gelatina, y el dolor de cabeza giraba en espiral entre mis oídos. El día que pude sentarme a la mesa y comer un poco consideramos finalmente derrotada la gripe, y me di cuenta de que me había quedado de nuevo sola. Según avanzaba la tarde, el pensamiento regresaba una y otra vez, insoportable, y los ojos se me llenaban de lágrimas.
Lo que comenzó siendo un berrinche afectado acabó en sollozos que me cortaban la respiración.
Lloré por todo; por mi vida tras la universidad, el trabajo, ese monstruo contra el que tanto nos habían advertido que acechaba allí, tras la esquina, por mi amiga, que no estaba conmigo, por la poca atención que me habían prestado mientras estaba enferma. Ése era el destino de Clara ahora que estaba lejos; nadie cuidaría de ella.