Diabulus in musica
- Автор: Freire Espido
- Год: 2001
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diabulus in musica». Краткое содержание книги:
De la muchacha que amó a los dos.
De las mentiras y los fingimientos entre los que se perdieron, y de cómo se buscaron durante años sin encontrarse.
El Diabulus representaba, en la teoría de la música antigua, el intervalo prohibido, un error deslizado entre las matemáticas perfectas que regían el mundo. También esta novela describe la lucha entre el orden y el caos, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente. La voz y el silencio. Las múltiples maneras en las que el diablo acecha a la espera de encontrar un hueco por el que llevarse a sus víctimas.
– Cuando tengamos tiempo, te llevaré al norte de Europa -me prometía algunas veces en las que teníamos tiempo para hablar, o en sus escapadas para fumar. Me acostumbré a llevar siempre una cajetilla y un encendedor en el bolso, para sentirme más cómplice, más útil-. Hace mucho tiempo que no voy por allí. Podríamos recorrer los lugares en los que rodamos “Ragnarok”. El verano que viene, quizás… si es posible. Si tengo tiempo.
Nunca hablaba de dinero, como si no fuera un problema, o como si no existiera. El tiempo le preocupaba, se agotaba, se escapaba. El dinero, al parecer, no. Yo sabía, sin embargo, que no podía permitirse dejar de trabajar, que mantener la casa, y la pensión de Frances y Karen, y nuestra casa, los viajes, y los caprichos a los que le habían acostumbrado los años de vivir como un colegial resultaba tremendamente caro. Gastaba sin detenerse a mirarlo, y no me decía cuánto ganaba.
Yo no me creía con derecho a preguntárselo. En esos momentos, me prometía que cuando regresáramos a Inglaterra yo volvería a trabajar.
Si era posible, ese verano nos vería bajo la luz invernal de Escandinavia. Guardaba buenos recuerdos de Suecia y de Noruega.
“Ragnarok” trajo tantos problemas, tantas dilaciones, que durante dos años no lograron desprenderse del todo de su sombra. Pero eran jóvenes y les mantenía la esperanza de triunfar, y se reían de los problemas.
Primero, uno de los actores, el Thor musculoso que vertebraba la primera parte, falleció de un ataque al corazón. Tuvieron que buscar un sustituto y grabar todas las escenas de nuevo. Después comenzaron los problemas con la productora, y los actores iniciaron una huelga que se extendió por varias semanas. Cada mañana, después de protestar sonoramente, se marchaban a pescar.
Chris rodó en Röyken las escenas en las montañas atestadas de riachuelos, árboles y alfombras vegetales. Las rocas surgían bajo el musgo como dedos de muerto que arañaran la tapa de un ataúd, y en el horizonte, las hileras de pinos parecían aquelarres de viejas erguidas y fuertes. Allí enfermó de amor por Nanna, logró seducirla, y allí vivía en una felicidad un tanto edulcorada, embebidos los dos de dicha, reflejándose el uno en los ojos de la otra. Los sábados se cruzaban con alguna pareja de novios que habían elegido esa misma zona para su reportaje de bodas, ella con el traje típico bordado, las fíbulas de plata y un velo blanco, y él con un traje negro que luego utilizaría en otras ceremonias.
Parte del equipo, especialmente para las pruebas de Thor, viajó a Islandia. Tuvieron problemas con el frío, pero regresaron entusiasmados con los parajes áridos y los cambios infernales de estación.
Luego rodaron la batalla final cerca del Círculo Polar, aterra dos ante el frío y la nieve que permanecía fija en las colinas aún en julio. Subieron hasta Finlandia en busca de hielo y tundra, y cuando necesitaron que Nyord dominara el mar navegaron hasta las Lofoten.
Él no. Él era el dios del sol del verano. No pisó la nieve.
Frey, Freya y él, Balder “el blanco”, con la fiel Nanna, se quedaron en el sur. Buscaron distracciones, visitaron iglesias de madera y se comportaron como turistas malcriados. Cuando no rodaban, las productoras se encargaban de alojarlos en residencias particulares, casitas pintadas de colores imposibles, amarillas, fresa, azules, verdes con ventanas rojas, con visillos de encaje en las ventanas sin persianas y viejos arcones con corazoncitos y rombos tallados en las habitaciones. Fuera, a una distancia respetable de la casa, los colgadores de ropa giraban enloquecidos cuando soplaba el viento.
Chris se instaló en Kalvösund, en una casa que les había dejado un matrimonio de artistas, muy cerca del mar. Cuando la marea bajaba, encontraba una línea de algas entre las rocas, y algunos pececitos encallados, que habían quedado allí sin el amparo del agua y que comenzaban a endurecerse por el sol.
Los islotes pelados eran manchones de tinta por la noche, fardos de liquen bajo la luz del día, y el agua rompía bajo el embarcadero de madera.
El matrimonio tenía buen gusto y una historia curiosa. La mujer se encargaba de los asuntos prácticos, mientras él se dedicaba a pintar y, cada vez más a menudo, a escribir ensayos sobre arte contemporáneo. Era una periodista italiana que se había enamorado en el transcurso de una entrevista de él, un pintor noruego mucho mayor que ella, y casado, por añadidura. Intentaron convencerla de que mirara hacia otra parte: tan joven, tan prometedora, tan linda, ¿qué iba a hacer ella en un país sin luz, con un viejo, sola? Sin embargo, no se arredró. Dejó todo para marcharse a vivir cerca de él. Familia, amigos, trabajo, idioma. Todo para conquistarlo.
La suerte se mostró caprichosa y favoreció a la osada. El hombre abandonó a su mujer y llegó a casarse con la italiana. Llegaron a un acuerdo, como Plutón y Proserpina. Vivirían medio año en Noruega, en la casa blanca de Kalvösund, el otro medio en Italia, en un piso que daba a una montaña que se cubría de amapolas. Decían que la casa albergaba fantasmas, que uno de los dueños había emigrado a América, y que el barco regresó únicamente con su equipaje y ni rastro de él. Aún conservaban el baúl, y pretendían que se escuchaban pasos espectrales en aquella habitación. Christopher coincidió con ellos en la casa un par de veces, ella aún hermosa, con los ojos pardos, él un hombre de pelo blanco, con la frente despejada de un genio.
– Creo que murieron poco después, en un accidente de tráfico. Te hubieran caído bien. Les unía algo bello y resistente. Incluso su casa era bella. Sin muebles, muy desnuda. No tenía ni cuarto de baño, pero a nadie se le hubiera ocurrido echarlo de menos.
Tiempo más tarde me encontré, por casualidad, con ellos. Tardé en reconocerlos: me parecían viejos conocidos de un tiempo remoto, pero no recordaba sus rostros, ni sus voces. Luego caí en la cuenta.
Les pregunté tímidamente si poseían la casa de Kalvösund, y sonrieron, encantados. Recordaban bien a Chris, y me preguntaron por él.
– Qué triste que todos los romances hayan de terminar así en la vida -suspiró la mujer.
Era morena y graciosa, y él se mostraba ligeramente dependiente de ella. Giraba cuando ella se movía, para no perderla nunca de vista.
– ¿Había fantasmas en Kalvösund? -le pregunté, y ella sonrió, mientras echaba una ojeada a mi colegio, al trocito de tierra que había elegido para habitar.
– Sí. Nosotros. Nosotros somos ahora los fantasmas.
Entendí por qué Chris les ponía como ejemplo. El tiempo no había alterado su belleza, su resistencia. Ni la muerte podría.
Nada podría.
Regresamos a Londres como quien se libera de una deuda mortificante. Yo dormí dieciséis horas seguidas, roída por el cambio horario y el cansancio. Christopher había elegido para entonces participar en “El caballero de Olmedo”, y eso nos aseguraba que permaneceríamos en la misma casa al menos hasta el otoño. Allá volaban nuestros planes de viajar al norte.
El ancla descendía brutal en la rutina, y no nos importó.
En unos días Frances vendría a pasar una temporada con su padre, y era el momento que Christopher deseaba aprovechar para convencerla de que se quedara con nosotros. Yo temía la reacción de Karen: temía también el carácter de la niña, y el modo en el que podría lidiarlo.
Chris no me servía de ayuda.
– ¿Cómo es?
– Una niña -respondía él.
– ¿Una niña qué más?
– Una niña. Una niña, yo qué sé -hacía un esfuerzo por contestar-. Va bien en clase. Tiene mucha imaginación. No sé, una niña como otras.
Aunque me avergonzara reconocerlo, temía que la presencia de la niña desviara su atención de mí.
No existía nada fuera de nosotros, pero ahora el círculo debía incluir también a la hija de otra mujer.
Yo había pasado semanas sin hablar con nadie más que con él, o sin que el resto de las conversaciones contaran lo más mínimo. Como los setos del jardín, que crecían sin podar, no quería otras atenciones.