La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
– Quizá es eso lo que pasó -respondió Lozini-. No digo que no haya podido suceder, que alguien me haya ocultado algo. Todo lo que digo es que yo no soy el que encontró el dinero. Nunca lo tuve ni lo tengo ahora. -Se inclinó hacia Parker, estiró la mano como si fuera a tocar su rodilla, pero no completó el gesto, y dijo-: Escuche, estoy bastante cansado. Quizá hace diez años no me habría dignado siquiera hablarle, habría sacado hasta mi último hombre a la calle para liquidarle y no me habría preocupado por el tiempo que llevara, el ruido que hiciera o los golpes que usted pudiera darme antes de que yo le cazara. Pero eso era hace diez años, cuando las cosas eran diferentes.
Parker esperó, siempre mirándole, sin ninguna expresión.
– Pero ahora -continuó Lozini-, no puedo hacer eso. Aquí las cosas han estado en calma desde hace mucho tiempo, ni siquiera estoy organizado para ese tipo de deporte. No tengo mucha gente que sepa su oficio; la mayoría de la gente que tengo a mis órdenes son empleados de oficina. Y en estos días la ciudad está en campaña electoral.
– Vi los carteles.
– Es una campaña dura -seguía Lozini-. Mi hombre puede tener problemas. Las elecciones son el martes y si hay algo que no quiero es sangre en las calles el fin de semana antes de las elecciones. Éste es el peor momento para mí; las cosas están muy movidas y podrían llegar a ponerse difíciles. Ésa es otra de las razones por las que no quiero una guerra con usted. Además, Karns me lo dijo. Todas estas cosas juntas son las que me han movido a pedirle esta cita para sacar algo en claro y llegar a algún tipo de acuerdo.
– Dejé setenta y tres mil dólares aquí -dijo Parker-. Y la mitad le corresponde a mi compañero. -Hizo un gesto hacia Green, en el otro coche-. Ninguno de los dos queremos una comisión, ni un apretón de manos, ni un acuerdo, ni nada, salvo el dinero. Todo el dinero, todo lo que sacamos del coche blindado.
– Entonces tendrá que pedírselo a otro -respondió Lozini. En ese momento una camioneta con una vieja nevera en la parte de atrás pasó junto a ellos, el primer vehículo que veían desde que se habían parado. Lozini la señaló por el parabrisas-. Si usted va a casa de ese granjero -continuó- y le dice que hace dos años dejó setenta y tres mil dólares en Tyler y los quiere, él le dirá que fue a ver a la persona equivocada porque él no los tiene y no sabe dónde están. Y yo le estoy diciendo lo mismo.
Parker sacudió la cabeza, manifestando su impaciencia con un rictus en la boca.
– Ese granjero no tiene nada que ver -dijo-. Y usted sí. No me haga perder tiempo.
Lozini trató de pensar algo más.
– Está bien -repuso-. Investigaré. Quizá fue uno de los míos.
– Lo fue.
– Está bien. Los investigaré y le contaré lo que averigüe.
Parker asintió.
– ¿Cuánto tiempo?
– Déme una semana.
Otra vez el pequeño signo de impaciencia.
– Le llamaré mañana por la tarde, a las siete.
– ¡Mañana! No me da tiempo.
– Es su gente -dijo Parker-. Si usted se ocupa, podrá hacerlo. No quiero perder más tiempo. Le llamaré a las siete.
– No puedo prometerle nada.
Parker se encogió de hombros y miró hacia otro lado.
Lozini no se sentía con ganas de terminar aquí la cita. Quería algo que le tranquilizase y hasta ahora no sentía que lo hubiera logrado. Dijo:
– Quiero que lo tome con calma, sabe.
Parker volvió a mirarlo, y esperó.
– Yo elegí el camino pacífico -agregó Lozini-. Ésa es la situación en la que me encuentro ahora, lo estoy haciendo por las buenas. Mientras hacerlo por las buenas sea cooperar con usted, lo haré. Si usted prefiere la violencia, si me obliga a luchar, entonces no tendré más remedio.
Parker pareció pensar en esas palabras.
– Ya veo -dijo-. Le llamaré a las siete.
XIV
Parker llamó a Claire desde una cabina telefónica de la calle. En otra época del año se hallaría en la casa que poseían junto a un lago, al norte de New Jersey, pero durante el verano la alquilaban y se mudaban a un hotel de Florida; ella lo esperaba ahora en el hotel.
Estaba en la habitación. Cuando respondió, él dijo:
– Soy yo -estaba seguro de que ella reconocería su voz.
Así fue.
– Hola -dijo, y en esa palabra puso toda su ternura. Ninguno de los dos manifestaba sus emociones con muchas palabras.
– Estaré aquí unos días más -informó Parker.
– Está bien -respondió ella, queriendo decir que no le parecía lo mejor, pero que comprendía que no había otra alternativa.
– Podría ser una semana entera -le dijo Parker-. Todavía no lo sé.
– ¿Podría ir yo?
– Podría ser bastante incómodo para ti -contestó él.
Hubo una pequeña vacilación y luego, con voz más débil, ella volvió a repetir:
– Está bien.
Él sabía bien lo que habría significado su presencia. En tres ocasiones desde que se conocían, el mundo violento en el que él se movía la había golpeado -durante el robo en el congreso de numismáticos, donde se conocieron; más tarde, cuando la habían secuestrado para forzar a Parker a intervenir en un robo de diamantes, y por último cuando dos hombres habían entrado en la casa del lago en su busca-. Desde entonces, ella no había querido correr más riesgos. Y eso a él le parecía muy bien.
– Correcto -convino.
Estaba a punto de colgar cuando ella dijo:
– Espera. Llamó Handy McKay.
Handy McKay era un ladrón retirado, dueño de un restaurante en Presque Isle, Maine. Era una especie de mensajero entre Parker y otros tipos, todos en el mismo negocio, y sus llamadas significaban que alguien quería invitar a Parker a participar en un trabajo. Preguntó:
– ¿Le dijiste que estaba ocupado?
– Me parece que no llamaba por eso -contestó Claire-. Llamaba por un asunto personal. Dijo que quería hablarte.
– Está bien.
– Me pareció que no se encontraba bien -dijo ella.
– ¿En qué sentido?
– No sé. Me pareció… agobiado, creo. O preocupado por algo. No estoy segura.
– Lo llamaré -respondió Parker.
– Perfecto.
– Volveré en cuanto pueda.
– Ya lo sé -contestó ella.
Colgó y llamó a Handy McKay. Mientras esperaba, recordó al viejo Joe Sheer, otro experto en cajas fuertes retirado que solía pasarle mensajes a Parker hasta que lo mataron en un asuntillo local, lo que hizo que citaran a Parker en el proceso. ¿Volvería a suceder lo mismo?
Al fin se oyó la grave voz de Handy, diciendo:
– Restaurante McKay.
Sin preámbulos, Parker respondió:
– Claire dice que querías hablarme.
– ¡Ah! Hola -dijo Handy. Y añadió-: La verdad es que necesito trabajar.
Eso era una sorpresa. Hacía nueve años que Handy no hacía nada en este campo de los negocios; él y Parker habían trabajado juntos en el robo de una estatuilla para un millonario, y en esa ocasión lo habían herido gravemente en el estómago. Ése había sido el principal motivo de su retiro. Vacilando, Parker le dijo:
– Creí que andabas bien de dinero.
– Andaba. Ahora tengo problemas. Con la nueva carretera perdí todos mis clientes. Y aquí no vienen familias.
– Ya.
– De modo que si tienes algo -dijo Handy-, o si oyes de algo…
– Está bien -respondió Parker. Entendía la situación-. Por ahora no hay nada -le informó-, pero te tendré en cuenta.
– Gracias -contestó Handy-. No como un favor, por supuesto; todavía sirvo.
– Nunca hago favores -le recordó Parker-. Me pondré en contacto contigo si surge algo.
– Está bien. Adiós.
Parker colgó y volvió al Impala, donde lo esperaba Grofield. Se puso frente al volante y Grofield preguntó: