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Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:

Después de acceder a casarse sin estar enamorada, Samantha Reed necesitaba probar, al menos una vez en la vida, el verdadero deseo, así que decidió tomarse una semana de vacaciones en la que experimentar todo lo que no iba a tener después: lujuria, pasión, éxtasis… y todo ello, con un extraño. Un camarero sexy como el mismo pecado parecía el hombre ideal con quien disfrutar y a quien poder abandonar después sin mirar atrás.
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
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Maldita fuera… la primera vez que conocía a una mujer diferente a las demás, que no fingía, que no quería nada de él, que le gustaba por el hombre que era y no por el dinero que poseía, no quería saber nada de él más allá del…

Miércoles. Sólo unos cuantos días más.

Conociéndola como la conocía, sabía que las barreras que había erigido entre ellos, como por ejemplo el hecho de que le hubiera recordado deliberadamente que había más mujeres, le servían para sentirse segura, sobre todo cada vez que él amenazaba su otro mundo, algo que parecía ocurrir con frecuencia creciente.

Y no se había engañado en ningún momento. Desde el principio había presentido que había algo especial, pero se había dejado arrastrar a una relación puramente sexual con la esperanza de construir algo más. Y así había sido, y ambos habían llegado mucho más allá de lo que se imaginaban. Por primera vez en su vida, estaba preparado para enfrentarse a lo que todo aquello pudiese implicar.

Pero ella no. En lugar de intentar saber de sus sentimientos, como harían y habían hecho las demás mujeres, ella se escondía en el sexo, lo cual no era necesariamente malo. La mayoría de hombres estarían encantados con tener la posibilidad de hacer el amor con Samantha. Y él también, por supuesto, pero su disfrute se veía frustrado cuando ella lo evitaba en otros terrenos.

Se recostó en el respaldo del banco con las manos bajo la nuca. Desde aquella posición podía ver la parte inferior del balcón y la camiseta de Samantha volando hasta el suelo se le apareció ante los ojos. Inmediatamente se levantó, pero ya sabía que no se había tropezado con ella al bajar.

– ¿Qué clase de alimaña estaría interesada en una camiseta? -se preguntó en voz alta.

– ¿Buscas esto, chico? -irrumpió la risa de Zee.

– Debería habérmelo imaginado -Mac le arrebató la camiseta-. ¿Es que nunca duermes?

– Bah. Sobre todo sabiendo que ibas a necesitar ayuda para limpiar lo de anoche. Por cierto, ¿qué tal está ella?

Levantó la mirada hacia la ventana e intentó no imaginarse a Samantha como la última vez que la había visto, una pierna y algo más asomando desnudas bajo la sábana.

– Sigue durmiendo.

– La has cansado mucho, ¿eh?

– Ahora no, Zee.

– Así que por fin te has enamorado -dijo el viejo, siguiéndole al porche y apoyándose en la barandilla-. ¿Cómo te sientes?

– Fatal -murmuró, aliviado por poder hablar de ello.

– Bienvenido al mundo real, chico -sonrió Zee-. Pero no se lo digas a Bear. Cuando tenga por fin a la mujer que busca, quiero tener unos cuantos nietos dando saltos a mi alrededor. Y que los tuvieras tú sería igual para mí, así que dile a esa señorita la verdad y que seáis felices y comáis perdices.

– No consigo que se relaje lo suficiente ni para decirle mi nombre de pila -se quejó.

Zee hizo un gesto de resignación y colocó una mano en el hombro de Mac.

– Puede que no lo hayas intentado con suficiente insistencia. Si quieres algo de verdad, no debes parar hasta conseguirlo, y si lo haces, es porque no lo deseabas tanto como creías.

Mac se quedó pensativo mientras dejaba la camiseta dentro del bar y volvía al lado de Zee.

– ¿Has limpiado lo de anoche? -le preguntó.

– Todavía no.

– Pues haz el favor de largarte. He avisado a Hardy y a Earl, y van a venir. No tienen nada mejor que hacer y están encantados de poder echar una mano.

– No puedo permitir que me hagáis el trabajo.

– Hazlo y le diré a Bear que te dedicas a dejar lencería femenina por todo el bar. Si yo tuviera una mujer como ésa esperándome, no estaría aquí disfrutando del sol, sino arriba disfrutando de otra cosa.

Y se echó a reír.

– Vale, pero te debo una.

– Pues preséntame a la próxima mujer que conozcas en The R…

– Dilo, Zee. ¿De dónde saca Mac sus mujeres?

Era Samantha. Había bajado y estaba apoyada en el marco de la puerta.

– Hola, Sammy Jo -la saludó Zee, pero después guardó silencio. Era algo poco corriente en él y Mac se dio cuenta de que estaba protegiendo su secreto.

– Quiero detalles -dijo Samantha con un brillo en los ojos-. Quiero saber dónde y cuándo.

Mezcla de determinación y celos… o, al menos, eso esperaba.

– ¿Sobre qué? -preguntó Zee.

No era propio de él hacerse el tonto, así que Mac acudió en su ayuda.

– Quiere que le presente a la primera chica guapa que conozcamos en la salida de hoy.

– ¿Salida?

Se había puesto un vestido de punto amarillo que se colgaba de sus curvas con todo detalle. Iba a ser un día muy largo, viendo pero sin tocar, y eso era exactamente lo que tenía pensado.

No tenía otra opción.

– ¿Adonde vamos?

– A algún sitio tranquilo en el que alejarnos del bar y disfrutar del buen tiempo.

Sabía exactamente dónde iba a llevarla.

Tras la sugerencia de Zee, había llegado a la conclusión de que Samantha necesitaba poner tierra de por medio con la intensidad que habían compartido.

Estaba de vacaciones y tenía que sentirlo.

Sam no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba salir de allí hasta que Mac se lo sugirió. Se había despertado sola y un montón de incertidumbres se habían apoderado de su cabeza. De que lo de la noche anterior también había sido bueno para él, no tenía dudas, pero quizás se había cansado. Eso entraba dentro de lo posible. ¿Cuántos hombres querían despertarse al lado de una mujer una vez habían… consumado su relación? Quizás aquella ocurrencia fuese para alejarse de allí y no tener que…

Sam movió enérgicamente la cabeza para deshacerse de esa horrible imagen.

– ¿Qué tengo que llevar? -preguntó.

– Nada. Sólo tu persona.

Estaba muy serio. No había ningún rastro del brillo sensual de su mirada, ni de los tonos cálidos de su voz. Algo había cambiado entre ellos.

– De acuerdo -la garganta se le quedó de pronto seca-. ¿Cuándo nos marchamos? ¿Después de limpiar el bar? Porque yo he empezado mientras estabas hablando con Zee y sólo me ha dado tiempo a…

– Zee se va a ocupar hoy de todo.

Zee también estaba muy callado, lo cual no era corriente. Qué sensaciones más extrañas…

– Decidme, ¿qué es lo que pasa? -les preguntó a ambos.

– Nada. Demasiada actividad ayer, eso es todo -contestó Mac, y en aquella ocasión sí que vio brillar una luz inconfundible en el fondo de sus ojos.

Eso quería decir que lo que fuera que le había hecho cambiar de humor nada tenía que ver con lo ocurrido la noche anterior, y Sam soltó la respiración que había estado conteniendo sin darse cuenta. No se había dado cuenta de lo mucho que temía que fuese a darle la espalda hasta aquel momento. En cualquier caso, y hasta que no le hubiera oído decir de sus propios labios qué sentía, no estaría completamente tranquila.

Zee carraspeó.

– Vosotros preparaos para marchar, que Earl, Hardy y yo nos ocuparemos de lo que haya que hacer aquí -les dijo, y señaló a la camioneta que entraba en el aparcamiento del Hungry Bear.

– ¿Estás seguro de que no sería mejor que nos quedásemos a echarles una mano? Podríamos salir un poco más tarde.

– Seguro que no. Zee y yo tenemos un acuerdo, y en cualquier caso, así se pagarán las copas que se toman -contestó Mac con una sonrisa, y con un gesto la invitó a precederle al interior del bar.

Apenas había entrado cuando tropezó con la camiseta que al salir no había visto. Se agachó a recogerla.

– No debes acostumbrarte a ir dejando por ahí tu ropa, Sammy Jo.

Su aliento le acarició la mejilla, y la risa había vuelto a su acento.

– No, no debemos -corroboró, y se dio la vuelta para mirarlo-. Mira, Mac, si te sientes obligado a estar conmigo o a llevarme por ahí hasta que me marche, no tienes por qué. Puedo cuidarme sola y encontrar cosas que hacer. Incluso puedo irme al hotel un par de días antes, si es que hay habitación. O si no, podría buscarme un motel…

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