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Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:

Su primera obra, Leyendas de Guatemala (1930), es una coleccion de cuentos y leyendas mayas.
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Los Matachines ocuparon los lugares que los machetes arrojados al aire les señalaron, al caer de punta y clavarse en la tierra, y sin más esperar se alzó la voz de Chitanam. Pedía que le dieran por ataúd el árbol hueco que ahora sonaba con cien lenguas de madera. Dormir su último sueño en un tun. Que un tun fuera su tumba, su tumba retumbante.

Luego habló Tamachín. Pedía que lo enterraran en una piedra cavada a su tamaño y, sin decir más, empezó su última danza de pies y pies y pies…

¡Chin-chin-chin… Matachín-chin-chin…!, pies y pies y pies… lluvia de pies y pies y pies…

¡Tamachín-chin-chin,,… chin-chín Tamachín…Tamachín-chin… Tamachín!

¡Tam-tam-tam… Chitanam-tam-tam…! -empezó Chitanam su última danza, su, llueve pies y pies y pies… Antes gritó su proclama, los machetes al aire como peces de soclass="underline" no iban al encuentro de la muerte, sino de la bella de Machitán… pies y pies y pies… lluvia de pies y pies y pies…

No se hizo esperar. la proclama de Tamachín:

¡Un nudo de amor de tres, no se puede desatar…! En el eco se oía:…no se puede desandar…!

¡Es lo que pasa, Chitanam, cuando nacen dos hombres para una mujer!

– ¡Es lo que pasa, Tamachín, cuando nacen dos hombres para una mujer!

Pies y pies y pies… pies y pies y pies… lluvia de pies y píes y pies… golpe… quite… golpe… quite… chocando los machetes… plin… plan… golpe de Chitanam… plan… pila… golpe de Tamachín… plan… plin… plan… quite y golpe de Chitanam… plin…, plan… plin… golpe y quite de Taniachín… los machetes chocando… pies y pies y pies… lluvia de pies y pies y pies… plin… plan… golpe de Machitán… plan… plin…, quite de matachín… golpe… quite… golpe… quite… sin herirse para prolongar la danza… el llueve pies agónico… pies y pies y pies… pies y pies y pies… no hay quite sin quite… no hay golpe sin golpe… plan… plan… al quite… al quite, Chitanam… al golpe, Tamachín, al golpe, al golpe, al golpe, Chitanam… al quite, al quite, al quite, Tamachín… pies y pies y pies… pies y pies y pies… piesip… es… piesip… es… tambaleantes…, heridos de muerte… un puntazo al corazón… por la tetilla…,

Trapos ensangrentados… nada más sus camisas… nada más sus pantalones… sus fajas coloradas… su caites… sus sombreros…

Eso se enterró… sus trapos… no sus cuerpos… se hicieron invisibles…

Sus trapos ensangrentados y sus machetes, en un árbol resonante y en una roca de gesto doloroso…

Días, meses, años… Chitanam transformado en un caobo inmenso y Tamachín convertido en una montaña, se reconocieron:

– ¡Tam-tam, Chitanam!

– ¡Chin-chin, Tamachín!

– ¡Tam-tam, harás uso de tu talismán?

– ¡Chin-chin, Tamachín hará uso de su talismán!

– ¡Tam-tam, volverás a Machitán?

– ¡Chin-chin, volveremos, Matachín!

Un machetazo rasgó el cielo de miel negra. Heridos caobo y peñasco por el rayo, no pudieron hacer uso de sus talismanes, volver a set los Matachines de Machitán. Lluvia fermentada Ebriedad de la tierra. Los ríos borrachos de equis en equis zigzagueantes. Los árboles bamboleándose borrachos. La ebriedad del mineral es el vegetal. Los minerales son vegetales borrachos. La borrachera del vegetal es el animal. Los animales son vegetales alucinados, delirantes…

Rascaninagua, seguido del mono que lucía sobre su pecho peludo las manos enjoyadas de la Pita-Loca, asomó con el cuerpo intacto de aquella que en vida tuvo oídos rumorosos de ayeres, labios de brasas que ardían en presente y ojos de adivinaciones futuras.

La traía en brazos. Pesaba menos que el humo, menos que el agua, menos que el aire, menos que el sueño.

Un ataúd de caoba. Un peñasco de sangre. El nudo de las tres vidas.

Porque sueño con los ojos abiertos creen que yo sé cosas… Astros materiales, se deshojó la noche del destino!

Los brujos de la tormenta primaveral

1

Más allá de los peces el mar se quedó solo. Las raíces habían asistido al entierro de los cometas en la planicie inmensa de lo que ya no tiene sangre, y estaban fatigadas y sin sueño. Imposible prever el asalto. Evitar el asalto. Cayendo las hojas y brincando los peces. Se acortó el ritmo de la respiración vegetal y se enfrió la savia al entrar en contacto con la sangre helada de los asaltantes elásticos.

Un río de pájaros desembocaba en cada fruta. Los peces amanecieron en la mirada de las ramas luminosas. Las raíces seguían despiertas bajo la tierra. Las raíces. Las más viejas. Las más pequeñas. A veces encontraban en aquel mar de humus, un fragmento de estrella o una ciudad de escarabajos. Y las raíces viejas explicaban: En este aerolito llegaron del cielo las hormigas. Los gusanos pueden decirlo, no han perdido la cuenta de la oscuridad.

Juan Poyé buscó bajo las hojas el brazo que le faltaba, se lo acababan de quitar y qué cosquilla pasarse los movimientos al cristalino brazo de la cerbatana. El temblor lo despertó medio soterrado, aturdido por el olor de la noche. Pensó restregarse las narices con el brazo-mano que le faltaba. ¡Hum!, dijo, y se pasó el movimiento al otro brazo, al cristalino brazo de la cerbatana. Hedía a hervor de agua, a cacho quemado, a pelo quemado, a carne quemada, a árbol quemado. Se oyeron los coyotes. Pensó agarrar el machete con el brazo-mano que le faltaba. ¡Hum!, dijo, y se pasó el movimiento al otro brazo. Tras los coyotes fluía el catarro de la tierra, lodo con viruela caliente, algo que no se veía bien. Su mujer dormía. Los senos sobre las cañas del tapexco, bulto de tecomates [7], y el cachete aplastado contra la paja que le servía de almohada. La Poyé despertó a los enviones de su marido, abrió los ojos de agua nacida en el fondo de un matorral y dijo, cuando pudo hablar: ¡Masca copal, tiembla copal! El reflejo se iba afilando, como cuando el cometa. Poyé reculó ante la luz, seguido de su mujer, como cuando el cometa. Los árboles ardían sin alboroto, como cuando el cometa.

Algo pasó. Por poco se les caen los árboles de las manos. Las raíces no saben lo que pasó por sus dedos. Si sería parte de su sueño. Sacudida brusca acompañada de ruidos subterráneos. Y todo hueco en derredor del mar. Si sería parte de su sueño. Y todo profundo alrededor del mar.

¡Hum!, dijo Juan Poyé. No pudo mover el brazo que le faltaba y se pasó el movimiento al cristalino brazo de la cerbatana. El incendio abarcaba los montes más lejanos. Se pasó el movimiento al brazo por donde el agua de su cuerpo iba a todo correr al cristalino brazo de la cerbatana. Se oían sus dientes, piedras de río, entrechocar de miedo, la arena movediza de sus pies a rastras y sus reflejos al tronchar el monte con las uñas. Y con él iba su mujer, la Juana Poyé, que de él no se diferenciaba en nada, era de tan buena agua nacida.

Algo pasó. Por poco se les caen los árboles de las manos. Las raíces no supieron lo que pasó por sus dedos. Y de la contracción de las raíces en el temblor, nacieron los telares. Si sería parte de su sueño. El incendio no alcanzaba a las raíces de las ceibas, hinchadas en la fresca negrura de los terrenos en hamaca. Y así nacieron los telares. El mar se lamía y relamía del gusto de sentirse sin peces. Si sería parte de su sueño. Los árboles se hicieron humo. Si sería parte de su sueño. El temblor primaveral enseñaba a las raíces el teje y maneje de la florescencia en lanzadera por los hilos del telar, y como anclaban libres los copales preciosos, platino, oro, plata, los mascarían para bordar con saliva de meteoro los oscuros güipiles [8] de la tierra.

Juan Poyé sacó sus ramas al follaje de todos los ríos. El mar es el follaje de todos los ríos. ¡Hum!, le dijo su mujer, volvamos atrás. Y Juan Poyé hubiera querido volver atrás. ¡Cuereá de regreso!, le gritó su mujer. Y Juan Poyé hubiera querido cuerear de regreso. Se desangraba en lo inestable. ¡Qué gusto el de sus aguas con sabor de montaña! ¡Qué color el de sus aguas, como azúcar azul!

Una gran mancha verde empezó a rodearlo. Excrescencia de civilizaciones remotas y salóbregas. Baba de sargazos en llanuras tan extensas como no las había recorrido en tierra. Otra mancha empezó a formarse a distancia insituable, horizonte desconsolado de los jades elásticos del mar. Poyé no esperó. Al pintar más lejos una tercera mancha de agua jadeante, recorrida por ramazones de estrellas en queda explosión de nácar, echó atrás, cuereó de regreso, mas no pudo remontar sus propias aguas y se ahogó, espumarajo de iguana, después de flotar flojo y helado en la superficie mucho tiempo.

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Главный герой
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