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Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:

Su primera obra, Leyendas de Guatemala (1930), es una coleccion de cuentos y leyendas mayas.
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Ventanas, puertas, bocacalles, cercas, arcos, atrios, puentes dejaban atrás los jinetones, al entrar a la ciudad, seguidos de mulas de gran alzada en que traían la carga y el correo llegados al Golfo Dulce en naos de ultramar.

Diligenciados los requerimientos, reconocidas las firmas de canónigos y alcaldes ovitenses, abundantes los testimonios de los que bajo juramento respaldaban la conducta intachable de los fundidores, Deus Zibac no pudo levantar la manos que apoyó, abiertas en abanico, sobre la mesa de audiencias, al inclinarse a leer los documentos, y como si le clavaran los dedos con fuego, llovieron goterones de las palmatorias cuyo resplandor de incendio llegaba a sus ojos como la luz muerta de una batalla perdida. Las letras, las palabras, las frases, bailaban frente a él que no parecía leerlas, sino tragárselas, traga-atragantarse con ellas. Se le doblaron los brazos, las manos en guantes de cera, de gotas de cera blanca, y cayó de pecho sobre la mesa, sobre los pergaminos, sobre los documentos que denunciaban su oprobio… De bruces, los ojos vidriados y una baba de reptil sobre los pliegos, ya no oyó el romance callejero…

Los jinetones preguntan

por la campana difunta…

¡La enterraron!, les responden.

Por donde vinieron vuelven.

Los jinetones preguntan

¿dónde están los fundidores?

¡Ahorcados!, les contestan.

Por donde vinieron vuelven…

¡Campana de las clarisas,

la que se quedó sin lengua,

no le pusieron badajo

los piratas ahorcados

que no eran piratas, no,

sino muy buenos cristianos!

Y pisando los talones a esas cabalgaduras, otras. Las de los carros y jinetes de servicio y lanza que acompañaban al Magnífico Señor Don Sancho Alvarez de las Asturias. Nada le detuvo en Oviedo. Acudir a sus recomendados. Llegar a tiempo. ¿Quién osó poner en duda credenciales escritas de su puño y letra? Viaje azaroso el suyo. Corrió más de una borrasca, hubo racionamientos de agua, ancoradas en islas, cambios de rumbo, avistamiento de corsarios en menor peligro para ellos que no llevaban oro, aunque muchas veces aquellos robadores del mar asaltan los bajeles por esclavos o bizcocho.

Ciudad episcopal. Plantajes y jardines. Huertos de frutas y. hortalizas de regadillo. Don Sancho amadrigó lágrimas bajo los párpados cerrados. Llorar. No le quedaba otra cosa a la vista de la explanada del Calvario, trágico anfiteatro en el que se ahorcó a los fundidores de la campana de las clarisas.

¿Dónde estaba esa campana?

Si Deus Zibac, el inquisidor, el terrible Idomeneo Chindulza, no muere de apoplejía la noche en que llegaron a su poder los pliegos de ultramar ratificando la condición de cristianos sin tacha de los ahorcados, don Sancho Alvarez de las Asturias habría tenido que pedir que se desenterrara, pues aquél había exigido que se cumpliera su orden de enterrarla bajo muchos codos de tierra con el nombre de la campana difunta.

La Real Audiencia discutía, mientras tanto, si para recibir y desagraviar a tan Magnífico Señor llegado de Oviedo y exculpar y volver al seno de la iglesia a los asturianos, debía revivirse la campana de las clarisas. ¿Revivirse…? Se alzaron voces airadas en la sala de acuerdos. ¿Revivir una campana? Revivir o habilitar. ¡No, no, la palabra había sido dicha, revivir, y debía retirarse antes de seguir la discusión,,pues era una blasfemia imperdonable ¡Sólo Jesucristo Señor Nuestro, revivió, volvió de entre los muertos! Y estuvo a punto de naufragar en agua de saliva la propuesta de poner lengua a la campana difunta y echarla a vuelo el día que fuera recibido por la ciudad, el buen. don Sancho, si uno de los fiscales no interviene y hace ver que las campanas mueren y reviven litúrgicamente durante la Semana Santa. Mueren, es decir, enmudecen el Miércoles Santo, después de los oficios, y reviven el Sábado de Gloria.

La gente. Las calles. El bando real. La noticia. Se tocará por fin la campana de las cordeleras. No se abrió mucho el compás, pero sí lo bastante para hacer amplia y honda su cavidad bucal, una argolla por galillo que esperaba la lengua del badajo, interior escamoso en contraste con el pulimento exterior, revestido de signos zodiacales, festones con sus borlas, serafines y en lugar principal, una mitra que repetía la enorme mitra tallada en madera del altar mayor. Sólo quedaba el misterio del sonido, para bautizarla Clara, Clarisa o Clarona, según tuviera retintín de oro, retantán de plata o retuntún de bronce.

El día del desagravio, don Sancho, acompañado por el Capitán General y el primer Obispo arzobispado, llegó a la plataforma por una escalera recubierta de suntuosos lienzos, donde dominando la majestad de la plaza, se alzaba la campana, entre festones de flores coloridas, frutas perfumadas, hojas de dura estirpe en coronas de encina y laurel, oriflamas, lienzos con escudos, alegorías, armas, emblemas y espejillos que multiplicaban los rayos oblicuos del sol que se hundía entre los volcanes cuellilargos, decoración luminosa que hacía más visible un lienzo de catafalco sembrado de estrellas y bordado con los instrumentos de tortura de la Pasión -clavos, martillos, escaleras, lanzas, látigos-, lienzo de tinieblas tendido bajo la campana en memoria de los que como frutos de muerte colgó de árboles estériles, en la explanada del Calvario, el inquisidor Deus Zibac.

Don Sancho recibió de manos del Alcalde Mayor y por encargo del Cabildo, la cuerda que pendía del badajo -se adornó con piedras preciosas para que el Magnífico Señor de Oviedo olvidara la soga de los ahorcados-, y le pidió hiciera merced de dar los primeros golpes.

Fue el alboroto. Nadie se quedó en su sitio. Masa de pueblo hasta donde la vista llegaba, convertida en mar bravío. Indios que escupían por los ojos flechas de odio silencioso, mulatos, negros, mestizos, españoles de primera agua con memoria de conquistadores, otros después llegados, todos atónitos, esclavos y vasallos, sin dar crédito al sobrehílo de palabras que acompañaba el sonar de la campana…

…absuélvame! absuélvame! -se oía la voz de la monja conversa, llegaba de ultratumba y apenas formaba las palabras-…absuélvame, Padre, absuélvame, yo me saqué los ojos!…Clara de Indias… se llamará Clara de Indias por mis ojos de oro… yo di mis ojos de oro para que se llamara Clara de Indias…!…liberé los pies del Señor y me clavé el garfio en lo más profundo de las pupilas que cayeron al crisol… mezcla de Cristo y Sol… del Sol de mi raza tenue, sacrificada y sacrificadora y de Cristo lo español, bravo y también ensangrentado…

Don Sancho, sin dar crédito a lo que oía golpeaba más y más duro, hasta que la campana, extinguida la voz de la monja, se fue enronqueciendo y dejó de sonar. Volvía a ser la campana difunta, Clara de Indias, la campana de los piratas.

Leyenda de Matachines

Entre las cuatro grutas sin salida, la del viento, caverna agujereada, la de la tempestad, socavón de fuego y tambor de trueno, la de los despeñaderos de aguas subterráneas, cueva de cristalerías, la de los ecos, axila de guacamayas azules; entre las cuatro grutas sin salida, el llueve pies y pies y pies alucinantes de Tamachín y Chitanam, Matachines de Machitán.

– ¡No murió! ¡No murió…! -gritaban los Matachines yendo de una gruta en otra a perder sus voces-. ¡No murió! ¡No murió…! -cada vez más recio el llueve pies y pies y pies de su danza frenética-. ¡Y si murió… -blandían los machetes-, si murió, lo tenemos jurado, moriremos nosotros, Matachines de Machitán!

Temerarios, lluviosos de amuletos, enlagrimados de vidrios, lágrimas de colores, cubiertos de tatuajes embriagadores pintados con sustancias que se sorbían a través de la piel, llevaban sus cabezas de un lado a otro, de un hombro a otro, negando, negando que hubiera muerto, negándolo con la oscilación de dos péndulos sincronizados, ¡no! ¡no! ¡no!, mientras arreciaba el llueve pies y pies y pies de su danza suicida.

– ¡No murió! ¡No murió…! -las cabezas de un lado a otro, de un hombro a otro, ya no péndulos, badajos enloquecidos de campanas tocando rebato, resonantes las tobilleras de cuero de retumbo, tempestuosos sus brazaletes de metal de trueno, duros para golpear la tierra y que la tierra oyera-. ¡No murió! ¡No murió! -duros para golpear el cielo y que el cielo oyera-. ¡No murió! ¡No murió! -la tierra con los talones, lluvia de pies y pies y pies, y el cielo con sus gritos.

Y si hubiera muerto… -no, no, no…- lluvia de pies y pies y pies, seguía su danza, si hubiera muerto, lo tenían jurado, jurado con sangre, Tamachín mataría a Chitanam y Chitanam a Tamachín, en la plaza de Machitán. Matachines al fin.

Y si no cumplían, si no escampaba el llueve pies y pies y pies de su danza, el latigueo de sus cabezas que negaban y negaban que hubiera muerto, si no cumplían, si Tamachín no mataba a Chitanam y Chitanam a Tamachín, en la plaza de Machitán, la tierra abriría sus fauces y se los tragaría.

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