Leyendas de Guatemala
- Автор: Asturias Miguel Angel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:
Ni Juan Poyé ni la Juana Poyé. Pero si mañana llueve en la montaña, si se apaga el incendio y el humo se queda quieto, infinitamente quieto como en el carbón, el amor propio hondo de las piedras juntará gotitas de agresiva dulzura y aparecerá nuevo el cristalino brazo de la cerbatana. Sólo las raíces. Las raíces profundas. El aire lo quemaba todo en la igualdad de la sombra limpia. Fuego celeste al sur. Ni una mosca verde. Ni un cocodrilo con caca de pájaro en la faltriquera. Ni un eco. Ni un sonido. Sueño vidrioso de lo que carece de sueño, del cuarzo, de la piedra pómez más ligera que el agua, del mármol insomne bajo sábanas de tierra. Sólo las raíces profundas seguían pegadas a sus telares. Ave caída era descuartizada por las raíces de los mangles, antes que la devoraran los ojos del incendio, cazador en la marisma, y las raíces de los cacahuatales, olorosas a chocolate, atrapaban a los reptiles ampollados ya por el calor. La vida se salvaba en los terrenos vegetales, por obra de las raíces tejedoras, regadas por el cristalino brazo de la cerbatana. Pero ahora ni en invierno venía Juan Poyé-Juana Poyé. Años. Siglos.
Diecinueve mil leguas de aire sobre el mar. Y toda la impecable geometría de las pizarras de escama navegante, de los pórfidos verdes bajo alambores de astros centelleantes, de las porcelanas de granitos colados en natas de leche, de los espejos escamosos de azogue sobre arenas móviles, de sombras de aguafuerte en terrenos veteados de naranjas y ocres. Crecimiento exacto de un silencio desesperante, residuo de alguna nebulosa. Y la vida de dos reinos acabando en los terrenos vegetales acartonados por la sequedad de la atmósfera y la sed en rama del incendio.
Sonoridad de los vestidos estelares en la mudez vaciante del espacio. Catástrofe de luna sobre rebaños inmóviles de sal. Frenos de mareas muertas entre dientes de olas congeladas, afiladas, acuchillantes. Afuera. Adentro.
Hasta donde los minerales sacudían su tiniebla mansa, volvió su presencia fluida a turbar el sueño de la tierra. Reinaba humedad de estancia oscura y todo era y se veía luminoso. Un como sueño entre paredes de manzana-rosa, contiguo a los intestinos de los peces. Una como necesidad fecal del aire, en el aire enteramente limpio, sin el olor a moho ni el frío de cáscara de papa que fue tomado al acercarse la noche y comprender los minerales que no obstante la destrucción de todo por el fuego, las raíces habían seguido trabajando para la vida en sus telares, nutridas en secreto por un río manco.
¡Hum!, dijo Juan Poyé Una montaña se le vino encima. Y por defenderse con el brazo que le faltaba perdió tiempo y ya fue de mover el otro brazo en el declive, para escapar maltrecho. Pedazos de culebra macheteada. Chayes de espejo. Olor a lluvia en el mar. De no ser el instinto se queda allí tendido, entre cerros que lo atacaban con espolones se piedras hablantes. Sólo su cabeza, ya sólo su cabeza rodaba entre espumarajos de cabellos largos y fluviales. Sólo su cabeza. Las raíces llenaban de savia los troncos, las hojas, las flores, los frutos. Por todas partes se respiraba un aire vivo, fácil, vegetal, y pequeñas babosidades con músculos de musgo tierno entraban y salían de agujeros secretos, ocultos en la pedriza quemante de la sed.
Juan Poyé reapareció en sus nietos. Una gota de su inmenso caudal en el vientre de la Juana Poyé engendró las lluvias, de quienes nacieron los ríos navegables. Sus nietos.
La noticia de Juan Poyé-Juana Poyé termina aquí, según.
2
Los ríos navegables, los hijos de las lluvias, los del comercio carnal con el mar, andaban en la superficie de la tierra y dentro de la tierra en lucha con las montañas, los volcanes y los llanos engañadores que se paseaban por el suelo comido de abismos, como balsas móviles. Encuentros estelares en el tacto del barro, en el fondo del cielo, que fijaba la mirada cegatona de los crisopacios, en el sosegado desorden de las aguas errantes sobre lechos invisibles de arenas esponjosas, y en el berrinche de los pedernales enfurecidos por el rayo.
Otro temblor de tierra y el aspaviento del líquido desalojado por la sacudida brutal. Nubes subterráneas de ruido compacto. Polvo de barrancos elásticos. Nuevas sacudidas. La vida vegetal surgía aglutinante. La bajaban del cielo los hijos navegables de las lluvias y donde el envoltorio de la tierra se rasgaba asiéndose a rocas más y más profundas o flameaba en cimas estrelladas, vientos de sudor vegetal se apresuraban a depositar la capa de humus necesaria a la semilla de las nebulosas tiernas.
Pero a cada planta, a cada intento vegetal, sucedíanse nuevas catástrofes, enfriamientos y derrames de arcilla en ebullición. La corrupción de los metales hacía irrespirable el sol, en el ambiente envenenado y seco.
Se acercaban los tiempos de la lucha del Cactus con el Oro. El Oro atacó una noche a la planta costrosa de las grandes espinas. El Cactus se enroscó en forma de serpiente de muchas cabezas, sin poder escapar a la lluvia rubia que lo bañaba de finísimos hilos.
El estruendo de alegría de los minerales apagó el lamento de la planta que en forma de ceniza verde quedó como recuerdo en una roca. E igual suerte corrieron otros árboles. El morro ennegreció sus frutos con la quemadura profunda. La pitahaya [9] quedó ardiendo como una brasa.
Los ríos se habituaron, poco a poco, a la lucha de exterminio en que morían en aquel vivir a gatas tras de los cerros, en aquel saltar barrancos para salvarse, en aquel huir tierra adentro, por todo el oscuro reino del tacto y las raíces tejedoras.
Y, poco a poco, en lo más hondo de la lluvia, empezó a escucharse el silencio de los minerales, como todavía se escucha, callados en el interior de ellos mismos, con los dientes desnudos en las grietas y siempre dispuestos a romper la capa de tierra vegetal, sombra de nube de agua alimentada por los ríos navegables, sueño que facilitó la segunda llegada del Cristalino Brazo de la Cerbatana.
Cristalino Brazo de la Cerbatana. Su cabellera de burbujas-raíces en el agua sonámbula. Sus ooojooos. Calmó un instante las inquietudes primaverales de la tierra, para alarmarla más tarde con la felicidad que iba comunicando a todo su presencia de esponja, su risa de leche, como herida en tronco de palo de hule, y sus órganos genitales sin sostén en el aire. Miel en desorden tropical. Y la primera sensación amorosa de espaldas al equinoccio, en el regocijo de las vértebras, todavía espinas de pececillo voraz.
Cristalino Brazo de la Cerbatana puso fin a la lucha de los minerales candentes y los ríos navegables; pero con él empezó la nueva lucha, el nuevo incendio, el celo solar, la quemadura en verde, en rojo, en negro, en azul y en amarillo de la savia con sueño de reptil, entre emanaciones sulfurosas y frío resplandor de trementinas.
Ciego, casi pétreo, velloso de humedad, el primer animal tramaba y destramaba quién sabe qué angustia. Picazón de las encías arcillosas en el bochorno de la siesta. Cosquilla mordedora del grano bajo la tuza, en la mazorca de maíz. Sufrimiento de los zarcillos uñudos. Movimiento de las trepadoras. Vuelo de carniceros exacto y afilado. El musgo, humo del incendio-lago en que ardía Cristalino Brazo de la Cerbatana, iba llenando las axilas de unos hombres y mujeres hechos de rumores, con las uñas de haba y corazonadas regidas por la luna que en la costa ampolla y desampolla los océanos, que abre y cierra los nepentes, que destila a las arañas, que hace tiritar a las gacelas.
3
En cada poro de su piel de jícara lustrosa, había un horizonte y se le llamó Chorro de Horizontes desde que lo trajo Cristalino Brazo de la Cerbatana, hasta ahora que ya no se le llama así. Las algas marcaron sus pies maíz con ramazones que hacen sus pasos inconfundibles. Cinco yemas por cada pie, el talón y la ramazón. Donde deja su huella parece que acaba de salir del mar.
Chorro de Horizontes pudo permanecer largo tiempo o muy erguido, pero en pie. Al final de dos afluentes carne le colgaban las manos. Sus dos manos nervaduras de hojas, las hojas que dejaron en ellas como en tamales de maíz, estampado su origen vegetal.
Se le agrietó la boca, al tocar un bejuco, para decir algo que no dijo. Un pequeño grito. El bejuco se le iba de la punta de los dedos, aun cuando él subía y bajaba las manos por su mínima superficie circular. Y empleó el bejuco, realidad mágica, para expresar su soledad genésica, su angustia de sentirse poroso.
Y la primera ciudad se llamó Serpiente con Chorros e Horizontes, a la orilla de un río de garzas rosadas, ajo un cielo de colinas verdes, donde se dieron las leyes del amor que aún conservan el secreto encanto de las leyes que rigen a las flores.