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El puente [The Bridge - es]

Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:

El hombre que se despierta en el mundo extraordinario del puente sufre amnesia, y su médico parece no querer curarlo. Pero?eso importa?
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
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Y lo mejor de todo es que este es Jimmy, ya lo verás.

– Vaya, menuda sorpresa. Un ascensor poco convencional, ¿no es así? Planta setenta y nueve: lencería femenina, ropa de cama y accesorios.

Vaya sitio más raro, es para alucinar. Una sala enorme con camas pequeñas y sofás y eso, y mujeres encima, pero las mujeres no están enteras, les faltan trozos.

Están todas tumbadas en las camas pequeñas y huele a perfume por todas partes y un tío raro y gordo llega todo brillante de aceite y con una voz de pito como las mujeres. Se frotaba las manos y cantaba con una voz fuerte y lloraba como una nena y tenía la cara llena de lágrimas y eso, así que me quedé sentado un rato y luego fui a dar una vuelta por ese sitio tan raro con el gordo persiguiéndome y el familiar clavado en el hombro.

Las mujeres todas estaban vivas pero les habían cortado trozos, ninguna tenía brazos o piernas, solo los cuerpos y las cabezas. Parecía como si hubieran estado en una batalla y eso, pero no tenían cicatrices en la cara o en el cuerpo, algún cabrón les había hecho eso. Pero estaban buenas, tenían las tetas grandes y buenos cuerpos y caras bonitas. Estaban atadas con correas y algunas también lloraban.

Joder, hay tíos que tienen gustos muy, pero que muy raros, sobre todo si esto es para la reina, pero los brujos y las brujas también son muy retorcidos y eso. Aunque el gordo no me seguía a mí porque creo que se estaba tirando a las tías esas, pero yo ya me estaba hartando y me lo cargué y luego encontré a unos bichos raros como mi familiar detrás de una cortina que iban vestidos con una ropa muy rara y eso.

No sé cómo no los he visto antes, pero se me acercan y empiezan a agacharse y a tocar con las manos una antorcha y se ponen a gritar. Les pregunto dónde está la reina y el maldito oro pero empiezan a hablar raro y eso, y no entiendo una mierda. Pero yo sé de uno que sí que lo entiende.

– Qué felicidad la del hombre indocto. Estoico aun cuando es vencido. El amigo de ustedes, me refiero al individuo obeso, colisionó con la espada de mi acompañante muscular hará unos instantes, un corte desafortunado, más aún si cabe que su lesión original. Creo que la paciencia de mi adjunto está mermando de forma considerable, y ya en circunstancias óptimas es mínima, con lo que, si no desean terminar como el susodicho gordinflón (bien cuando estaba vivo, bien como se encuentra en estos momentos), yo, en su lugar, cooperaría. Dicho lo cual, ¿cómo podemos encontrar a la reina? Ah, Molochius, sí, tú siempre fuiste el hablador, ¿no es cierto? Sí, por supuesto que quedarás libre. Tienes mi palabra. Aja, ya veo. El espejo. Solo plástico, imagino. Escasamente original, pero efectivo.

Corro el espejo de detrás de los bichos raros y salen unas escaleras que suben y eso. Cojonudo.

– Fantástico, descerebrado, ahora déjese llevar por su instinto natural y veamos adónde nos dirigimos.

Me cargué también a los tíos raros esos. Solo eran huesos y piel porque la espada casi no se manchó de sangre. Mejor, porque ya me estaba cansando y me dolía el brazo de tanto matar gente y eso. La reina estaba arriba de la torre en una habitación abierta y pequeña y muy alta, acojonaba un poco por la altura y eso. Pero, bueno, la reina estaba allí vestida con un vestido como de novia, pero negro, y una bola en la mano y me miraba como si yo diera asco o así. No está muy buena, pero no es tan vieja como me creía, te la podrías hacer a oscuras y todo. No sabía lo que tenía que hacer y sus ojos eran como raros, no podía dejar de mirarle los ojos y sabía que me estaba haciendo algo de magia y eso pero no podía moverme ni abrir la boca. Hasta el familiar se quedó callado un rato y todo, y luego dijo: «Mi pobre señora. Esperaba una lucha algo mejor. Esperad un momento, que debo cruzar unas palabras con mi amigo».

– ¿Se sabe aquel del hombre que entra en un bar, con un cerdo en los brazos, ornado con una cinta roja de regalo, y el camarero le pregunta «¿de dónde lo ha sacado?», y el cerdo responde…?

«Él no importa», le dice la reina… ¡al puto familiar! Y yo que no puedo mover un maldito músculo y eso. Será zorra, lo que me ha hecho… «¿Cómo has salido?», pregunta.

– El viejo Xeronisus fue algo estúpido. Contrató a este bruto y luego intentó no pagarle. Este idiota ha sido astuto. Siempre afirmé que los viejos fraudes se sobrevaloraban. Imagino que olvidó en qué caja me había guardado y me clavó en el hombro de este memo pensando que yo era uno de esos familiares baratos con una garantía de dos días y la perspicacia de un juanete.

– ¡Idiota! -le dice la reina-. No sé por qué te confié a él en primer lugar.

– Uno más entre vuestros muchos errores, querida.

¡Ya le daré yo errores cuando pueda volver a mover el brazo de la espada! ¡Los dos cabrones hablando como si yo no estuviera aquí!

– Entonces, vienes a reclamar tu lugar legítimo, ¿no es así? -dice la reina.

– Efectivamente. Y en el nanosegundo preciso, por lo que puedo apreciar; parece que las cosas se han descontrolado un poco bajo vuestro mando.

– Bueno, tú me enseñaste todo lo que sé.

– Sí, querida, pero afortunadamente, no os enseñé todo lo que yo sé.

(Y yo pienso: joder, venga, esto está fatal, vamos a hacer algo ya de una puta vez).

– ¿Qué es lo que piensas hacer? -dice la reina con una voz que parecía que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.

– Deshacerme de esta reserva de animales escaleras abajo, en primer lugar. ¿Y vos?

– Ya sabes cómo me gano el sustento. Las damas los excitan y luego yo… los ordeño.

– Podríais haber elegido sementales más jóvenes.

– Ninguno tiene más de veinte años, en realidad. Lo que ocurre es que el proceso los deja secos.

– Y la espada de mi amigo todavía más.

– Bueno, no se puede tener todo -dice la reina, y parece un poco triste y se seca una lágrima de la cara y eso, y yo sigo ahí como un pasmarote sin poder moverme y pensando pobre tía y ¿qué coño pasa aquí?, cuando de repente la tía se levanta de la silla y viene hacia mí como un murciélago y eso, con la bola apuntando directa al familiar.

Casi me cago del susto, pero el familiar salió de mi hombro y fue directo a la cara de la reina y la pegó fuerte y la sentó otra vez en la silla y eso. El bicho no se despegaba de su cara y se le cayó la bola y probó a intentar despegarlo, chillando, arañándolo y dándole leches y eso.

Menuda suerte que tuve. Por fin el bicho se había quitado de mi hombro. Los miré mientras peleaban y luego quería cogerla bola de la reina, pero quemaba un huevo, así que me fui hacia las escaleras y de repente una explosión de la hostia me echó para atrás y lo dejó todo hecho polvo. Joder, menos mal que no me había dado ningún golpe con nada, pero ahora las escaleras ya no estaban y todo se había quedado al aire libre y eso, como si todo hubiera desaparecido, y ni rastro de la reina y del familiar. Cabrones.

No encontré el maldito oro. Me tiré a las mujeres aquellas y me largué. Menuda pérdida de tiempo, pero por lo menos me quité al puto familiar de encima y eso, pero no he vuelto a tener tanta suerte y a veces echo en falta al tonto ese, pero da igual. Soy un puto caballero de la espada.

No, no, no, no, era mucho peor que todo aquello (el futuro, el presente, el despertar frente a la pálida luz gris que atraviesa las cortinas, con los ojos legañosos, un nauseabundo sabor de boca y un terrible dolor de cabeza). Yo estaba allí. Aquel era yo, y deseaba a aquellas mujeres mutiladas. Me excitaban y las violé. Para el bárbaro, eso no significaba nada, menos que una mancha de sangre en su espada, pero yo ansiaba poseerlas y las hice mías. Me ahogo en mi propia repugnancia. Dios mío, es preferible la ausencia de deseo que la excitación provocada por la mutilación, el desamparo y la violación.

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