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El puente [The Bridge - es]

Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:

El hombre que se despierta en el mundo extraordinario del puente sufre amnesia, y su médico parece no querer curarlo. Pero?eso importa?
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
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– Eso me han contado. Es una de tantas cosas que he olvidado.

– ¿Todavía no han descubierto quién es?

– No. Nadie me ha reclamado, en todo caso. Mi descripción no concuerda con la de ningún desaparecido.

– Debe de resultar extraño -murmura mientras se lleva un dedo a los labios-. Pensaba que perder la memoria podía ser interesante y… romántico -determina mientras se encoge de hombros-, pero tal vez solo resulte… ¿frustrante?

Abberlaine tiene las cejas perfectas, muy negras.

– En gran parte, resulta frustrante, pero también tiene aspectos interesantes, como el propio tratamiento. Mi médico cree en la terapia de interpretación de los sueños.

– ¿Y usted?

– No. Aún no.

– Creerá en ella si ve que funciona -afirma.

– Seguramente.

– Pero -objeta mientras levanta un dedo-, ¿qué pasa si tiene que creer en ella antes de que muestre resultados?

– No estoy seguro de que esa idea coincida con los principios del doctor.

– Pero, si funciona, ¿qué más da?

– Si uno cree sin fundamento en un procedimiento, puede terminar creyendo sin fundamento en el resultado.

Por fin hace una pausa, pero muy breve.

– O sea, que podría pensar que está curado, cuando en realidad no lo está -alega-. Pero habrá obtenido un resultado concreto, recupere o no la memoria.

– Pero podría no recuperarla. Podría inventarla.

– ¿Inventarse su propio pasado? -inquiere con cierto escepticismo.

– Algunas personas lo hacen todo el tiempo. -La idea era bromear, pero al escuchar mis propias palabras, no puedo evitar pensarlo en serio.

– Solo para engañar a los demás. Pero saben que están mintiendo.

– No creo que sea algo tan sencillo. Pienso que las personas a quienes más podemos engañar somos nosotros mismos. Es más, puede que engañarnos a nosotros mismos sea una condición indispensable para engañar a otros.

– Ah, no -asegura firmemente-. Para ser un buen mentiroso, hay que tener muy buena memoria. Si quieres engañar a los demás, debes ser más inteligente que ellos.

– ¿Piensa que la gente no termina creyéndose sus propias historias?

– Bueno, tal vez algunos pacientes de centros psiquiátricos, pero nadie más. Creo que muchos de los que afirman creer que son otras personas están jugando de alguna forma con el personal sanitario.

¡Qué gran verdad! A veces, me da la impresión de que recuerdo cosas con plena seguridad, incluso cuando no tengo claro qué era lo que tenía tan claro.

– Seguro que piensa que es fácil engañar a los médicos – afirmo.

Ella sonríe. Su dentadura es impecable. Soy consciente de que estoy evaluándola y analizándola. Es entretenida sin ser encantadora, absorbente sin ser cautivadora. Afortunadamente.

– Creo que es fácil engañarlos cuando tratan la mente como si fuera un músculo -apunta-. No es muy frecuente que sus pacientes intenten mentirles deliberadamente.

Para el doctor Joyce, no creer todo lo que le cuentan sus pacientes parece una cuestión de ética profesional.

– Bueno -respondo-, creo que un buen médico sabe distinguir al charlatán de turno. La mayoría de la gente carece de la imaginación necesaria para asumir un papel con la convicción suficiente.

– Tal vez -dice arqueando las cejas y mirando intencionadamente al vacío-. Es que recordaba la infancia, cuando…

En este momento, el hombre sentado al otro lado, con los brazos hundidos en la mesa y la cabeza hundida en los brazos, se remueve y bosteza, mirando a su alrededor con los ojos llorosos. Abberlaine Arrol se vuelve hacia él.

– Ah, te has vuelto a despertar -le espeta al joven desgarbado de ojos turbios y nariz grande-. Por fin has reunido un grupo aceptable de neuronas, ¿eh?

– No seas capulla, Abby -le dice, tras lanzarme una mirada cargada de desdén-. Tráeme un poco de agua.

– Puede que tú seas un animal, querido hermano -responde-, pero yo no soy tu cuidadora.

El tipo echa un vistazo por la mesa, en su mayor parte cubierta de platos sucios y copas vacías. Abberlaine Arrol me mira.

– Supongo que no tiene usted hermanos, ¿no?

– No, que yo sepa.

– Ajá… -Se levanta y se dirige a la barra. El hermano cierra los ojos y se apoya en el respaldo de la silla, balanceándola ligeramente. El bar se está vaciando. Solo se ven algunos pares de piernas asomando tras las mesas distantes, testigos de donde las incursiones alcohólicas de sus propietarios a los viejos tiempos del gateo han llegado a su fin. Abberlaine Arrol regresa con una jarra de agua. Está fumando un cigarro largo y fino. Se detiene frente al joven y le vierte un poco por encima de la cabeza, al tiempo que exhala una bocanada de humo.

El joven tropieza y cae al suelo. Suelta una palabrota y se levanta como puede. Ella le acerca la jarra para que beba y lo mira con una especie de desprecio divertido.

– ¿Ha visto la famosa formación aérea de esta mañana, señor Orr? -pregunta la señorita Arrol sin dejar de mirar a su hermano.

– Sí. ¿Y usted?

– No -responde, negando con la cabeza-. Me lo han contado, pero al principio, pensaba que se trataba de alguna especie de broma.

– A mí me pareció muy real.

Su hermano se termina el agua y lanza la jarra hacia atrás, con un gesto muy teatral. El objeto se rompe contra una de las mesas del fondo, envueltas en oscuridad. Abberlaine Arrol mueve la cabeza con desaprobación. El joven bosteza.

– Estoy cansado. Vamos. ¿Dónde está papá?

– Se ha ido al club. Pero ya hace un buen rato de eso. Ya debe de estar en casa.

– Perfecto. Vamos, entonces. -Empieza a caminar hacia las escaleras. La señorita Arrol me mira y se encoge de hombros.

– Tengo que marcharme, señor Orr.

– No se preocupe.

– Me ha gustado hablar con usted.

– El placer ha sido mutuo.

Vuelve la mirada hacia al borde de las escaleras, donde el joven la espera con los brazos en jarras.

– Tal vez tengamos la oportunidad de continuar la conversación otro día -me dice.

– Eso espero.

Se queda allí de pie durante un momento; delgada, ligeramente despeinada, fumando; y emite una exagerada reverencia con un gesto de su mano, tras lo cual se retira, sosteniendo el cigarro en la boca. Una línea de humo gris se retuerce detrás de ella.

Muchos clientes se han marchado ya. La mayor parte de las personas que quedan en el Dissy Pitton's es parte del personal del local. Están apagando luces, limpiando mesas, barriendo el suelo, levantando cuerpos ebrios del mostrador… Me siento y termino mi copa de vino. Está caliente y amargo, pero odio dejar un vaso a medias.

Finalmente, me levanto y sigo el estrecho pasillo que todavía está iluminado, en dirección a las escaleras.

– ¡Señor! -Me vuelvo. Un camarero armado con una escoba tiene el sombrero de ala ancha en sus manos-. ¡Su sombrero! – exclama mientras lo agita, no fuera a ser que yo lo confundiese con la escoba. Agarro el maldito sombrero, convencido de que, si hubiera sido un preciado objeto, lo hubiera vigilado constantemente y me hubiera asegurado de no perderlo, seguramente habría desaparecido para siempre.

En la puerta, el guardia de seguridad, que ya se ha despertado de su cabezadita, está interrogando a Tommy Bouch sobre su identidad y su destino. El ingeniero Bouch parece totalmente incapaz de emitir sonidos coherentes; su rostro muestra una tonalidad verdosa y el guarda tiene dificultad para mantenerlo en pie.

– ¿Conoce a este caballero, señor? -me pregunta. Niego con la cabeza.

– No lo había visto nunca -respondo, mientras le planto el sombrero en las manos-. Pero se dejó esto dentro.

– Ah, gracias, señor -dice el guardia. Sostiene el sombrero frente al rostro del ingeniero para que pueda verlo (o verlos, porque seguramente vea doble)-. Mire, señor, su sombrero.

– Graciash -consigue pronunciar Bouch justo antes de transferir el contenido de su estómago a la copa del sombrero. Y gracias a su ala ancha, no salpica demasiado.

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