El puente [The Bridge - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
– ¡Señor Orr! -exclama. Le hago un gesto con el brazo mientras observo la cara de circunstancias de su nuevo chófer. Los dos anteriores, así como los portadores del palanquín, la miran sin dar crédito-. ¡Debemos hablar sobre mis viajes! Seguiremos en contacto, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza. Parece satisfecha. Esconde de nuevo la cabeza en el taxi y chasquea los dedos. Tras una sacudida, el vehículo se aleja definitivamente. El camarero y yo nos miramos.
– Dios debió de estornudar al darle la vida -comenta. Asiento y tomo un sorbo de café, para mostrar que no me apetece entablar conversación. El hombre se marcha a fregar vasos.
Estudio el pálido rostro del espejo, por encima de una fila de vasos y por debajo de otra de botellas. ¿Debo someterme a hipnosis? Creo que ya estoy hipnotizado.
Me recupero durante un rato más en el bar. Los conductores de los vehículos siniestrados se marchan por fin, arrastrando lo que queda de sus automóviles. La niebla se torna aún más espesa, si cabe. Me marcho del bar y tomo un ascensor, un tren y otro ascensor hasta casa. En la puerta, hay un paquete esperándome.
El ingeniero Bouch me ha devuelto el sombrero, junto con una nota con disculpas tan variadas como poco originales, y con mi nombre mal escrito: «Or».
El sombrero está como nuevo. Se nota que ha sido limpiado y arreglado por unas manos expertas; cuando lo llevé al Dissy Pitton's no olía tan bien ni gozaba de aspecto tan impecable. Lo saco afuera y lo lanzo desde el balcón. Desaparece entre la niebla siguiendo una curva descendente, rápido y silencioso, como si se hubiera embarcado en una importante misión en las aguas grises del profundo mar invisible.
Triásico
No tendría que estar aquí. No. Podría estar en cualquier sitio si me diera la gana.
Aquí en mi cabeza, en mi cerebro, en mi cráneo (y todo parece tan ob…)
no (no, porque «todo parece tan obvio» es un tópico y yo siento hacia los tópicos una repugnancia arraigada, intrínseca e indignante (y hacia los trópicos, y hacia los trompicones). En realidad, se trata de tirar desde un punto y eso (algo matemáticamente imposible, porque si tiramos de un punto creamos una línea, en cuyo caso, ya no existe el puto punto, ¿no es cierto). Lo que quiero decir es: ¿cuál es el dichoso punto? ¿Dónde estaba? (Cómo agobian las luces y los tubos, y que te den la vuelta, y que te pinchen. Es como para perder la concentración y eso).
Rebobinando y volviendo atrás, era el
problema de identidad mente/cerebro). ¡Aja! No hay problema (buf, menos mal), no hay problema porque son exactamente lo mismo y completamente diferentes. O sea, que si la cabeza no está en el puto cráneo y eso, ¿entonces dónde cono está? ¿O es que eres uno de esos religiosos idiotas?
(Pausadamente): No, señor.
Definitivamente y absolutamente no, señor. ¿Ves la trinchera?
El tema de tirar de un punto era cien por cien válido, tanto que estoy tremendamente orgulloso de ello. Siento ser tan malhablado, pero me encuentro bajo una terrible presión en estos momentos (soy el la mermelada del bocata/soy la arena en un bocata de mermelada). No estoy bien, puedo demostrarlo. Que me dejen rebobinar hasta aquí…
Al hospital a toda velocidad, con las luces encima. Grandes y potentes luces blancas en el cielo; operativo de urgencias, situación crítica, bla, bla, bla (que le den por culo al tío, siempre he estado en situación crítica), situación estable (ya está bien, las cosas me iban bien desde hacía poco y eso), cómodo (qué coño voy a estar cómodo, ¿quién va a estar cómodo así?). Ya hemos rebobinado, ahora volvamos hacia delante de nuevo…
Oye, tío, tú no quieres escuchar mis problemas y eso (y yo no quiero escuchar los tuyos), qué tal si te presento a mi amigo, un viejo colega de hace tiempo y eso, y podrías darle
Capital Fantasma.
Buen chico. Como decía, nos conocemos de hace tiempo y eso, y quiero que le des un
Capital Fantasma. Ciudad de…
Va, va, va. En marcha.
… cabrón.
Capital Fantasma. Ciudad de variopintos semblantes, lugar gris de ruinas y senderos, edificios nuevos y antiguos alternados entre el río y las colinas, con su propio tocón de piedra, una proporción helada de materia antigua fracturada que le producía auténtica fascinación.
Se instaló en Sciennes Road sin conocer el lugar, solo porque le gustaba el nombre. Era un sitio cómodo, tanto para acceder a la Universidad como al Centro, y si apretaba el rostro contra la ventana de su helada habitación, podía ver el filo de los Peñascos, ondulaciones grisáceas sobre los tejados de pizarra y el humo de la ciudad.
Nunca olvidaría lo que sintió aquel primer año, aquella sensación de libertad que le produjo su libre albedrío. Estaba solo, tenía su propia habitación por primera vez, su propio dinero para gastar como quisiera, sus propias compras que realizar, sus propias decisiones que tomar y sus propios lugares por visitar. Era una sensación sublime y gloriosa.
Su hogar se encontraba al oeste del país, en un centro industrial en decadencia, descuidado, sin energía y en peligro de extinción. Allí había vivido con su padre, su madre y sus hermanos y hermanas, en una vieja casa emplazada en una finca bajo las colinas, cuyas únicas vistas eran el humo de las fábricas y las chimeneas de los talleres ferroviarios donde trabajaba su padre.
Su padre tenía palomas en un almacén situado sobre terreno baldío. Al menos había una docena de almacenes en la extensión yerma, todos altos y sin orden ni disposición. Estaban hechos de acero laminado y pintados en negro mate. Casi todos los veranos, cuando iba a ayudar a su padre o a observar a las palomas, la temperatura interior del almacén era extremadamente alta, y él se sentía allí como en otro mundo, oscuro y de fuertes olores.
Su rendimiento en la escuela fue bueno, aunque, naturalmente, se decía que podía haber sido mucho mejor. Fue el primero en Historia, porque quiso, y ya tuvo suficiente. Se ponía las pilas cuando era necesario y, sobre todo, si era necesario. En su tiempo libre leía, jugaba, dibujaba y veía la televisión.
Su padre sufrió un accidente laboral y se vio obligado a permanecer en cama durante un año y medio. Su madre tuvo que empezar a trabajar en la fábrica de tabaco (sus hermanos y hermanas eran lo suficientemente mayores como para cuidar unos de otros). Su padre se recuperó y volvió a ser, guardando ciertas distancias, el hombre que había sido -tal vez algo más propenso a enfadarse- y su madre pasó a trabajar media jornada hasta que la despidieron por reducción de plantilla al cabo de unos años.
A él le gustaba su padre hasta que empezó a avergonzarse ligeramente de él, al tiempo que se avergonzaba ligeramente de toda su familia. Su padre vivía para el fútbol y para cobrar la nómina. Escuchaba viejos discos de Harry Lauder y de música de gaita, y sabía recitar de memoria una cincuentena de los poemas más conocidos de Burns. Naturalmente, era un acérrimo simpatizante de los laboristas, siempre fiel pero cauto, siempre preparado para las mentiras, las chapuzas y las traiciones. Mantenía que jamás había bebido un trago en compañía de algún tory, con la posible excepción de algunos publicanos que esperaba, por el bien de la causa socialista, que fueran conservadores (o también liberales, a quienes consideraba honrados, desorientados y relativamente inofensivos). Un hombre entre hombres; un hombre que nunca huía de una pelea ni abandonaba a un compañero de trabajo que necesitase una mano, un hombre que nunca dejaba de vitorear un gol, ni de abuchear una falta. Un hombre que nunca dejaba una pinta de cerveza a medias.
Su madre era como una sombra en comparación con su padre. Siempre estaba dispuesta cuando la necesitaba, para lavarle la ropa, para peinarlo, para comprarle cosas y para curarlo si se hacía alguna herida, pero él nunca la conoció realmente como persona.
Se llevaba bien con sus hermanos y sus hermanas, aunque eran bastante mayores que él (hacía solo unos años que había descubierto que él fue «un despiste»), y ya parecían adultos cuando él alcanzó la edad suficiente como para interesarse realmente por ellos. Lo mimaban, lo toleraban o lo vejaban en función de cómo se sentían ellos mismos. Él no se consideraba bien tratado y envidiaba a los miembros de familias menos numerosas que la suya, pero poco a poco llegó a comprender que lo habían mimado y consentido más que atormentado y culpado. Al fin y al cabo, él también era su niño y también era especial para ellos. Siempre mostraban una gran admiración cuando él contestaba a las preguntas de los concursos de televisión antes que los participantes, y estaban orgullosos -y algo sorprendidos- de que leyese dos o tres libros de la biblioteca cada semana. Al igual que su padre y su madre, sonreían y luego fruncían el ceño cuando leían sus calificaciones escolares, ignoraban los excelentes y los notables y cuestionaban los suficientes (en Religión; menuda confusión arrastró durante años porque su padre aprobaba el ateísmo, pero no el bajo rendimiento en cualquier asignatura) y los insuficientes (odiaba al profesor de gimnasia y el sentimiento era mutuo).