El Jeque y el Amor
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Jeque y el Amor». Краткое содержание книги:
Aquella mujer ponía a prueba su honor… y su masculinidad
Jefri asintió, entendiéndola perfectamente.
– Estoy totalmente de acuerdo contigo. En el fondo, soy un hombre del desierto, de sangre caliente.
Esta vez a Billie sí que casi se le cayó la copa. ¿Cómo habían cambiado tan radicalmente de tema?
– Tú sabes lo que yo quiero -dijo él, bajando la voz-. Dime qué es lo que quieres tú. Si es que te deje en paz, sólo tienes que decirlo.
Pero Billie conocía la respuesta. Lo deseaba a él y la pasión que despertaba en él intensificaba aún más sus sentimientos. Conocía perfectamente los deseos de su corazón, aunque la parte razonable de su cerebro le advertía que la situación no podía terminar bien. Si continuaba adelante con aquella relación, sólo conseguiría que le destrozara el corazón. Sabía quién era él, y también que ella nunca podría entrar a formar parte de su mundo.
Peor aún, era un hombre que se había casado por sentido del deber, no por amor. Pero ella quería un esposo completamente entregado a ella y a sus hijos.
Lo miró a los ojos.
– Nunca he sentido miedo de volar. No hay avión que me asuste, ni barrera que no pueda superar.
Pero su vida personal había quedado a merced de sus hermanos y también incluso de sus propios miedos.
– No quiero que me dejes en paz -continuó, en un susurro.
– ¿Estás segura? Podemos volver o pasar aquí la noche.
Billie miró a su alrededor extrañada.
– ¿Aquí?
– Tengo una casa junto al mar. Allí nadie nos molestará.
Billie sabía lo que quería. Una noche con él sería un recuerdo que siempre llevaría en el corazón.
– Una casa en la playa, ¿eh? -repitió ella-. ¿Quieres que vayamos ahora, o después de cenar?
Jefri la miró durante unos segundos, y después alzó la mano para llamar al camarero.
– La cuenta, por favor.
Capítulo 8
Si Billie hubiera tenido tiempo para imaginar una casa propiedad de un jeque, jamás habría pensado en un lugar tan hermoso como aquél. El coche los dejó en la puerta principal, y Jefri utilizó una llave para abrir.
En el interior del vestíbulo desde el que había una espléndida panorámica del océano, había pétalos de rosa y velas aromáticas encendidas distribuidas por todos lados.
– Lo tenías preparado.
– Tenía los dedos cruzados -dijo él-. No es lo mismo.
Se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros, le apartó el pelo y la besó en el cuello. Al instante, Billie sintió el calor en la sangre y el deseo en todas las células del cuerpo.
– ¿Traes mujeres muy a menudo aquí? -preguntó.
Él se echó a reír y continuó acariciándole la espalda.
– Tú eres mi primera, pero no la primera. La mansión pertenece al rey de El Bahar y fue construida hace quinientos años para la amante del rey -le susurró en el lóbulo de la oreja, que mordisqueó suavemente.
– Así que hoy lo has llamado y le has dicho «hola, rey, tengo una chica que quiero impresionar. ¿Me dejas la llave de tu nidito de amor?». Más o menos.
Jefri la volvió en sus brazos y la miró a la cara.
– ¿Por qué te burlas de mí?
– Porque estoy nerviosa. ¿Acaso está prohibido?
– En absoluto-respondió él, sonriendo-, pero puede que tenga que castigarte por tu impertinencia.
– ¿En qué consiste el castigo?
– Ahora verás.
Se inclinó y la besó. Y ella no pudo evitar pegar su cuerpo a él y rendirse a sus caricias.
Billie entreabrió los labios y le rodeó el cuello con los brazos, saboreando el deseo masculino firme y pleno contra su vientre.
– ¿Estás bien? -preguntó él, interrumpiendo el beso-. ¿Esto te pone nerviosa?
Billie enmarcó la cara con las manos. Él se incorporó y la miró.
– No tengo miedo-le aseguró ella, con la misma pasión reflejada en los ojos masculinos-. Jefri, no soy virgen.
Qué casualidad. Era la segunda vez que repetía lo mismo en dos días.
– Después del ataque, me olvidé de los hombres durante un tiempo -continuó-. Hasta que me di cuenta de que no podía seguir así, de modo que me dije que necesitaba salir con alguien. Estuvimos unos meses en Australia y allí conocí a alguien. Era un hombre muy atento y encantador. El caso es que salimos juntos.
Y se acostó con él varias veces antes de abandonar el país, con la sensación de que Andrew tenía tan poca experiencia como ella.
– Lo que quiero decir es que no es la primera vez.
La mirada masculina no dejaba entrever nada.
– ¿Y desde tu primer amante? ¿Ha habido otros?
– Bueno, no exactamente. Pero no por miedo, desde luego.
– ¿Falta de oportunidad o falta de interés? – preguntó él.
– Un poco de las dos cosas.
– Bien -dijo él-. Gracias por hacerme saber que no debo preocuparme por tu pasado -dijo él. La tomó de la mano y la llevó por un corto pasillo-. Pero me gusta hacer las cosas despacio al principio. Espero que no te importe.
– Por supuesto que no.
Después de todo, ¿qué sabía ella? Lo básico, sí, pero tenía la sensación de que hacer el amor con Jefri no tendría nada que ver con las relaciones mantenidas con Andrew.
Entraron en un dormitorio inmenso con el suelo de mármol cubierto de pétalos de rosa. En una esquina había una inmensa bañera de agua caliente, y en el centro una cama con dosel que daba ilusión de intimidad.
– Para tu pelo -dijo Jefri, dándole unos pasadores que había sacado de una cómoda junto a la puerta.
Billie se recogió los largos rizos en una coleta que sujetó sobre la cabeza. Cuando terminó, Jefri se quitó la chaqueta y la dejó en una silla.
– Vamos a meternos ahí, ¿verdad? -preguntó ella, señalando la bañera.
– Si no te importa.
– ¿Antes o después? Ya sabes.
– Antes – Jefri sonrió-. Puedes desvestirte detrás de ese biombo.
Billie siguió su mirada hasta un biombo de madera exquisitamente decorado en una esquina. Había pensado que él se ocuparía de quitarle la ropa, y ahora no sabía si sentirse aliviada o defraudada, pero de todos modos siguió sus indicaciones. Detrás del biombo encontró una silla y una bata de seda rosa. Después de desnudarse por completo, se puso la bata y salió.
Jefri también se había desnudado, y llevaba una bata negra, también de seda. Le señaló la bañera.
Billie se acercó, pero titubeó antes de desnudarse ante él. Él se acercó por detrás y le desabrochó la bata, sin darle mucha opción. Apretando los dientes, Billie salió de la prenda que él sujetaba y entró en la bañera.
– Eres increíble -dijo él, con una voz pastosa cargada de deseo.
Billie alzó los ojos y vio su reflejo en el espejo que había detrás de la bañera. Allí su mirada se encontró con la de él. Jefri dejó caer la prenda rosa al suelo.
– Debo acariciarte -jadeó él-. Un momento, por favor.
Billie no podía moverse, y apenas respirar. Jefri le puso las manos en la cintura, y después deslizó una hacia arriba y otra hacia abajo. Los dedos de una mano alcanzaron el pecho, mientras los de la otra se deslizaban entre sus muslos. Ya estaba húmeda, hinchada y preparada para él.
– Exquisita -murmuró él, antes de besarle el cuello-. Qué suave eres -le acarició el pezón totalmente erecto con el pulgar-. Tus secretos – deslizó los dedos hacia ella.
Un roce sobre el punto de placer y Billie dio un respingo. Jefri le mordió el hombro y sonrió.
– Quiero darte placer -le dijo, dando un paso atrás.
Billie se hundió en el agua caliente y se sentó. Estiró las piernas y al echar la cabeza hacia atrás, se encontró apoyada contra él, que estaba de rodillas fuera de la bañera. Junto a él había una bandeja con varias botellas pequeñas. Jefri tomó una y la abrió.
– ¿Te gusta? -preguntó, haciéndole aspirar la fragancia a naranja.
– No está mal.