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El Jeque y el Amor

Электронная книга - «El Jeque y el Amor». Краткое содержание книги:

El príncipe Jefri de Bahania se sentía obnubilado… ¡por una mujer! Y no cualquier mujer, sino Billie Van Horn; su guapísima y exigente instructora de vuelo, que era todo un desafío para un hombre como él. Quizá fuera todo un as en el aire, pero en lo que se refería al amor, Billie prefería mantener los pies en la tierra. ¿Por qué entonces sentía que flotaba por encima de las nubes cada vez que estaba con aquel jeque tan sexy? Además, sabía que en cuanto el honor se lo exigiera, él se marcharía de su lado… A menos que desafiara a su destino y eligiera el amor…
Aquella mujer ponía a prueba su honor… y su masculinidad
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– Nadar no te ayudará si es un tiburón -dijo Doyle y salió.

Billie cerró la puerta de un portazo tras él.

– Hombres -murmuró.

– Los urbanistas municipales querían algo más que una serie de rascacielos en el distrito financiero -explicó Jefri, mientras el coche entraba en el paseo principal-. Aunque los edificios son altos, hay distintos niveles con jardines y museos.

– ¿Ése está hueco? -preguntó Billie, inclinándose hacia la ventana.

– Algunas partes, así. También se tiene la ilusión de que es transparente. Es parte del diseño.

– Son preciosos -dijo ella, admirando las modernas estructuras.

– A finales de los setenta mi padre se dio cuenta de que no podremos contar siempre con nuestras reservas de petróleo. De que dentro de tres o cuatro generaciones los pozos empezarán a secarse, y por eso preparó al país para el futuro. En alianza con el reino de El Bahar, nuestros vecinos, abrió las fronteras a las bolsas y las instituciones financieras.

El sol ya se había puesto en el horizonte y el brillo de las luces nocturnas iluminaba la ciudad. Jefri observó los rasgos femeninos de perfil, y su belleza lo dejó sin aire.

Billie no dejaba de asombrarlo. Que la mujer capaz y segura de sí misma que volaba como si hubiera nacido en un reactor pudiera tener el aspecto de una diosa parecía imposible, y sin embargo era cierto.

Billie se movió ligeramente en el asiento y los suaves rizos rubios aislados se balancearon sobre su espalda. Unos mechones sueltos rozaban las orejas y la garganta, y los ojos azules parecían vibrar con secretos femeninos.

Y el vestido. Jefri tragó saliva y se esforzó por no mirar la tela transparente y las pinceladas de color y pintura que ocultaban las curvas del cuerpo femenino.

Estaba seguro de que no podría comer. ¿Cómo iba a sentarse frente a ella en un lugar público y portarse con naturalidad? Él era el príncipe Jefri de Bahania, y sin embargo con Billie no era más que un hombre.

– ¿En qué estás pensando? -preguntó ella-. Si fueras un animal salvaje, habría jurado que estabas acechando a tu presa.

– No andas muy desencaminada -dijo, y le rozó el brazo desnudo -. Eres una presa muy deseable.

Billie se estremeció, pero no apartó la mirada.

– ¿Te he dicho lo bella que estás? -preguntó, para no hacerla suya allí mismo en el coche.

– Lo has mencionado un par de veces, pero, tranquilo, no es un tema de conversación que me aburra -dijo ella, y sonrió-. No me lo dicen muy a menudo.

– Entonces los hombres que conoces están ciegos.

– En eso tiene razón, y agradezco tu amabilidad – dijo ella-. Sólo soy parte del servicio y tú haces que me sienta como una princesa. Sé que normalmente sales con estrellas de cine y herederas.

¿Amabilidad? ¿A ella le parecía amabilidad?

Estaba a punto de decirle que no tenía nada que ver con la amabilidad cuando la limusina se detuvo delante del restaurante. Billie miró hacia la acera.

– Mira cuánta gente. ¿Ocurre algo?

Jefri siguió su mirada, y después maldijo en voz baja.

– ¿Qué? ¿Pasa algo?

– Nada que no se pueda arreglar. Lo siento. Se me olvidó decirle a mi ayudante que hiciera la reserva a otro nombre.

Billie estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y respirar la fragancia de su perfume. Ambas cosas eran una tentación.

– No lo entiendo.

– Son periodistas.

– ¿De verdad? – Billie se inclinó por delante para mirar por la ventana. Algunas personas se habían acercado a la limusina-. ¿A quién están esperando?

– A nosotros.

Billie se incorporó y lo miró.

– ¿Qué? Oh, claro. Tú eres el príncipe -se apretó el bolsito contra el pecho-. Me temo que se van a llevar un chasco conmigo.

Él sacudió la cabeza.

– Lo dudo mucho.

A Jefri le encantó la reacción de Billie. Normalmente, las mujeres con las que salía estaban encantadas de ser fotografiadas para aparecer en la prensa.

– ¿Y qué hacemos ahora?-preguntó Billie-. ¿Tú entras por aquí y yo por detrás?

Él se tensó.

– Estás conmigo. Entraremos juntos.

Billie miró a la multitud con cierta angustia.

– Esto no es lo mío. Seguro que tropiezo y me caigo.

– ¿Prefieres que volvamos a palacio?

Billie titubeó un momento, y se miró.

– He pasado mucho rato arreglándome. ¿Será así dentro?

– No. A los fotógrafos no les permiten entrar en el restaurante. Nos llevarán a una mesa reservada donde cenaremos como cualquier cliente.

Billie sopesó durante unos momentos la situación.

– Tú decides -dijo por fin-. Haremos lo que tú quieras.

Imposible, pensó él. Lo que él quería no tenía nada que ver con cenar en un restaurante.

– La comida es excelente -dijo él, e hizo un gesto con la cabeza al conductor-. E incluso podemos pedir un plato para Muffin.

Cuando la puerta de la limusina se abrió y Jefri salió, Billie intentó concentrarse en la comida y en Muffin. La explosión de flashes la pilló desprevenida y por un momento la cegó. Armándose de valor, se deslizó por el asiento de cuero para salir.

Alguien le tomó la mano. Al instante supo que era Jefri y se dejó llevar hasta el restaurante. Tenía una extraña sensación de opresión por parte de la gente, que no paraba de hacer preguntas y fotografías.

«Tranquila», se dijo. «Piensa en algo divertido».

No quería verse en la portada de un periódico con cara de animalito asustado.

Por fin lograron entrar en el restaurante. La calma y elegancia del lugar la tranquilizaron.

– Príncipe Jefri -dijo el maitre, con una sonrisa-. Gracias por cenar esta noche con nosotros. Es un honor. Tenemos su mesa preparada.

Jefri le indicó que lo siguiera.

– ¿Qué? -dijo ella, inclinándose hacia el -. ¿No nos van a apuntar en la lista y llamarnos cuando esté la mesa preparada?

– ¿Hacen eso en los restaurantes? -preguntó él, arqueando las cejas.

– Tienes que salir un poco más -le respondió ella, sonriendo.

Él rió y le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos, y la llevó hacia la mesa que les habían reservado.

– ¿Les parece bien aquí? -preguntó el maítre.

– Bien -dijo Jefri, justo antes de que Billie lo interrumpiera con un suave gritito mientras miraba a la mesa contigua.

– No puede ser -dijo, furiosa y humillada.

Doyle alzó la copa de vino, ofreciéndole un brindis.

– Hola, hermanita. Deberías probar la ensalada de la casa. Está buenísima, y eso que lo mío no son las ensaladas.

Billie no podía creerlo. ¿Qué hacía allí su hermano?

– No tienes ningún derecho a hacerme esto – dijo ella, con cuidado de no alzar el tono de voz.

– ¿Hay algún problema? -preguntó Jefri.

– Sí, él -Billie señaló a su hermano y deseó poder incinerarlo con la mirada-. Nos está espiando.

– Es cierto -dijo Doyle, que parecía más con¬ento que unas castañuelas-. Llamé a tu ayudante para preguntarle dónde ibais a cenar -dejó la copa de vino en la mesa-. Pero para que no lo decapites o algo así, le dije que mi hermana tiene alergia a ciertos alimentos y quería comprobar primero que todo estuviera en orden.

– No tengo alergia nada -exclamó ella, furiosa.

– Lo sé. A veces me gusta usar la imaginación – sonrió Doyle, y señaló la mesa con gesto invitador-. Sentaos. La comida es fantástica y la lista de vinos impresionante. Aunque supongo que tú ya lo sabes, ¿no? -guiñó un ojo a Jefri-. Vienes mucho por aquí.

Billie miró de la mesa de su hermano a la suya. Apenas había medio metro de distancia, y su hermano escucharía toda la conversación, que probablemente era lo que deseaba.

– Podemos pedir otra mesa -dijo Jefri -. ¿O prefieres que nos vayamos?

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