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El Jeque y el Amor

Электронная книга - «El Jeque y el Amor». Краткое содержание книги:

El príncipe Jefri de Bahania se sentía obnubilado… ¡por una mujer! Y no cualquier mujer, sino Billie Van Horn; su guapísima y exigente instructora de vuelo, que era todo un desafío para un hombre como él. Quizá fuera todo un as en el aire, pero en lo que se refería al amor, Billie prefería mantener los pies en la tierra. ¿Por qué entonces sentía que flotaba por encima de las nubes cada vez que estaba con aquel jeque tan sexy? Además, sabía que en cuanto el honor se lo exigiera, él se marcharía de su lado… A menos que desafiara a su destino y eligiera el amor…
Aquella mujer ponía a prueba su honor… y su masculinidad
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– Ahora ya no vas a querer besarme, ni tocarme, ni nada, ¿verdad? Tenía que haberlo imaginado.

Jefri hizo un esfuerzo para no sonreír.

– ¿Eso es lo que crees?

– Por supuesto. Tienes miedo de que me ponga rara, o que crea que me estás atacando -dijo ella, con los hombros hundidos -. ¡Pues no! Eso pasó hace mucho tiempo y lo he superado por completo.

– Crees saberlo todo sobre mí.

Billie torció los labios.

– No eres tan inescrutable.

– Entonces tendré que demostrarte que te equivocas y mucho.

Y sin darle tiempo a responder, Jefri la abrazó y la besó.

Capítulo 7

Aunque Billie tenía que admitir que Jefri la abrazaba como si fuera un objeto delicado, no creía que fuera por su pasado. En los brazos posesivos y en la intensidad del beso había también mucha pasión.

Mientras le acariciaba la espalda con los brazos y le tomaba la boca, ella deseó relajarse contra él y dejarse llevar. Quería decirle que le acariciara no sólo la espalda, y que quizá podrían hacer algo más que besarse.

Hacía mucho tiempo que no había deseado a ningún hombre como lo deseaba a él.

Jefri ladeó la cabeza e intensificó el beso. Cuanto más la acariciaba, más la deseaba. Deseaba explorar las curvas sinuosas de su cuerpo y darle placer de mil maneras diferentes. Hundió los dedos en la rubia y larga melena rizada e imaginó a Billie besándole el pecho desnudo y rozándole el torso con el pelo. Cuando ella le rodeó el cuello con los brazos y pegó los senos contra él, deseó tomarlos en la palma de las manos y después saborear los pezones duros y erectos.

Su propia erección empezaba a ser dolorosa, pero sin embargo no hizo más que besarla, a pesar de la clara invitación de Billie, pidiéndole más.

Para empezar, no estaba seguro de que su hermano no apareciera de un momento a otro. Y por otro, quería asegurarse de que Billie estaba completamente recuperada de la experiencia sufrida. Si todavía quedaban cicatrices y heridas, quería respetar sus límites.

Sin embargo, era muy difícil resistirse a ella cuando la sintió jadear en su boca.

– Eres una tentación -dijo él, echándose hacia atrás y mirándola a los ojos-. Difícil de resistir.

– Lo mismo puedo decir de ti.

– Entonces nos controlaremos juntos -dijo él, sonriendo.

– ¿Es necesario? -preguntó ella, con una mueca.

– De momento.

– ¿Eso es una provocación o una promesa?

– ¿Cuál de las dos quieres que sea?

Billie le tomó la mano y la puso sobre su seno. La curva del pecho le hizo arder hasta el alma y disparó su erección. Le acarició el pezón con el pulgar y los dos contuvieron el aliento.

Jefri fue hacia ella a la vez que ella se inclinaba hacia él. Él empujó la mesa de centro y los dos cayeron al suelo abrazados y empujados por un intenso deseo. Billie se tendió de espaldas y él se apoyó en un codo, sobre ella. Cuando Jefri deslizó la mano bajo la camiseta, ella sonrió.

Un fuerte golpe en la puerta los interrumpió.

Jefri contuvo una maldición.

– Supongo que será tu hermano -dijo-. Tenía la sensación de que vendría a verte.

– ¿Qué? -dijo ella, incorporándose-. Dime que no es verdad.

Un nuevo golpe resonó en el salón.

– Billie, soy Doyle. Vengo a ver qué tal estás.

– Estoy bien. Vete.

– No. Déjame entrar.

Jefri se levantó y tiró de Billie para ponerla en pie.

– Le diré que se vaya -dijo ella.

Jefri sacudió la cabeza.

– Te veré mañana.

– Pero…

Jefri le tomó la mano y le besó los dedos.

– Pronto -prometió él, y salió por la puerta de la terraza.

Billie lo vio marchar y sintió ganas de tirarle la mesa de café a la cabeza. Entendía sus motivos, pero su reacción no le hizo ninguna gracia.

Después de arreglarse la camiseta y el resto de la ropa, fue a la puerta y la abrió.

– ¿Qué quieres? -preguntó.

Doyle estaba apoyado en el marco de la puerta.

– Verte. La cena ha sido fantástica. Deberías haberte quedado.

– Tú me has echado -dijo ella, furiosa, yendo al centro del salón y cruzando los brazos-. Déjame en paz. Te lo digo en serio.

Doyle entró en la habitación, y se detuvo a medio metro de ella.

– No puedo evitar preocuparme.

– Te lo agradezco, pero ya soy mayorcita, y no sería la primera vez que me acuesto con un hombre.

Tampoco había habido muchas, pero su hermano no tenía que saberlo.

Doyle puso una cara como si lo hubiera abofeteado.

– Dios mío, Billie, no me digas eso.

– ¿Por qué no? ¿No haces esto para proteger mi virtud? ¿No crees que el príncipe tiene muchas mujeres a su disposición? No creo que necesite forzar a ninguna.

Desde luego no a ella, pensó Billie. Estaba más que dispuesta a perderse en sus brazos. Y a juzgar por los besos, seguro que acostarse con él sería espectacular e inolvidable.

– No me preocupa tanto que te fuerce como que te rompa el corazón. Pertenecéis a mundos diferentes.

– Me niego a aceptar lecciones románticas de un hombre que nunca ha tenido una relación seria con ninguna mujer.

Doyle sonrió.

– Corro demasiado para que me pillen.

– Me imagino que la razón es más profunda, pero estoy demasiado cansada para pensarlo ahora. Éste es el trato: seguiré viendo a Jefri mientras los dos estemos interesados, y si continúas espiándome dejaré la empresa y buscaré trabajo en otro sitio.

Los ojos azules de Doyle, del mismo color que los de su hermana, la estudiaron brevemente.

– No hablas en broma, ¿verdad?

– No. Ya es bastante horrible ser la única chica de la familia, pero no permitiré que me trates como a una idiota.

– Esta bien -dijo su hermano, hundiendo los hombros-. Tú ganas. No volveré a seguirte. Te lo prometo.

Doyle era un hombre que siempre cumplía sus promesas, y Billie decidió creerlo.

– Bien, así no tendré que matarte.

Su hermano sonrió, y después sus ojos se dirigieron hacia la mesa de café.

– Qué buena pinta. ¿Me invitas?

– ¿No has cenado en el restaurante?

– Sí, pero ya sabes que siempre tengo sitio para más.

– A la izquierda -dijo Billie, al micrófono-. Después gira. Así, así. Ya te tengo, mutante cabezota.

Oyó la risa a través del auricular.

– Me temo que tanta intensidad tiene que ver con vengarte de tu hermano por lo de hace dos noches.

Como siempre, la agradable voz de Jefri le produjo un suave cosquilleo.

– En parte, sí -reconoció ella, sin apartar la vista del panel de instrumentos donde se marcaba la ruta de los cuatro aviones-. Lo tenemos. Está en las dos miras. Se va a quedar a cuadros.

– Cuando quieras -dijo Jefri.

Segundos más tarde, oyó la maldición de Doyle.

– ¡Billie, maldita seas! ¡Lo has hecho a propósito!

– A Doyle le ha ganado una chica -recitó ella, como una cancioncita infantil -. A Doyle le ha ganado una chica.

El avión desapareció al instante del radar. Segundos más tarde, la puerta del simulador se abrió y la cabeza de su hermano se asomó.

– ¡No vuelvas a decirme eso! -le dijo, esforzándose por parecer furioso.

A Billie no lo impresionó. Al revés, le sacó la lengua.

– Te he derribado en veintisiete segundos. Ridículo, ¿a que sí?

Doyle masculló algo entre dientes y salió.

– Tendré que tener mucho cuidado de no enfadarte mucho -le dijo Jefri a Billie, desde la puer¬ta-. Lo tuyo no es perdonar a tus enemigos.

– A mis hermanos desde luego que no. Me lo van a pagar con creces, por cretinos y entrometidos -respondió ella-. Bueno, esta mañana nos ha ido muy bien.

– Cierto -dijo él-, y he comprobado que prefiero volar contigo que contra ti.

– Muy inteligente por tu parte -sonrió ella.

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