Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Jorge creía que no.
Encendió la tele con el mando a distancia y en la pantalla aparecieron los dibujos animados de la serie Cow amp; Chicken, de David Feiss. Con el disparatado y familiar ruido de fondo que provenía del aparato se sintió menos solo, más confiado y dispuesto a fingir de manera brillante, a mentir con la mayor sinceridad posible.
«Hola, soy Marta, y hoy me siento tan lasciva y despreciable que podría escribir bonitos poemas sobre el culo de mi chica, o hacer el amor durante horas sólo con la boca, atada de pies y manos. Me parece que sois todas unas putas cagadas y que no tenéis valor para venir aquí, a mi casa, a compartir conmigo mis sueños más perversos. O para salir a la calle y dejar que la gente os reconozca. Me parece que sólo habláis y habláis pero seguís escondidas igual que ratitas tímidas. No hay más que contar los anuncios de contactos de las revistas: "Chico busca chico", ochenta y cuatro anuncios. Y al lado, "Chica busca chica", cuatro. Las lesbianas o somos menos o somos mucho más cobardes. Así que… ¡vamos, dad la cara si tenéis lo que hay que tener!», escribió Jorge, y envió el mensaje al foro del chat.
Pensó que debería ir hasta el frigorífico y sacar una cerveza fresquita y unas aceitunas antes de que la cosa empezara a animarse, cuando le contestaran seis o siete lesbianas airadas, encorajinadas como niñas a las que él hubiera dado un brusco estirón en las trenzas.
Ya podían prepararse todas ellas una vez más. Eso sólo era el principio de la larga sarta de improperios que tenía intención de soltarles.
Les iba a proporcionar tela marinera a aquellas marranas.
Eran tan ingenuas y adorables…
Sinceramente, le encantaban.
Disfrutaba haciéndolas rabiar.
No se lo pasaba tan bien desde que jugaba al fútbol sin reglas en el instituto, si exceptuaba el par de veces que había coincidido con aquel hombrecillo que iba por la Academia de Vili. Un tipo tan frágil, tan atormentado que despertaba los mismos sentimientos que una lagartija -indefensa, paticoja y acobardada- provoca en un mocoso sádico de once años provisto de un mechero y una navaja.
Cuando se cansó de chatear, y dado que no conseguía una cita con una dulce lesbiana ansiosa de ser redimida por un verdadero hombre, apagó el ordenador y la televisión, y consideró el tema de su ex mujer.
En cuanto bebía un poco le daba por pensar en ella. Carmen y él lo habían dejado hacía más de un año, pero para Jorge la separación seguía siendo tan dura como el primer día.
Según Jorge, los matrimonios duraderos -como el de sus padres, sin ir más lejos- podían definirse con los mismos términos estratégicos de política militar MAD (en sus siglas inglesas); esto es: Destrucción Mutua Asegurada.
La política MAD tuvo un paradigma caricaturesco en el personaje del Doctor Strangelove -interpretado por Peter Sellers en una película de Stanley Kubrick-, que Jorge admiraba mucho.
Fue ésa la política que consiguió que Moscú y Washington construyeran miles de cabezas nucleares en la Guerra Fría.
El secreto estaba en tratar de impedir una guerra nuclear mundial mediante el expeditivo procedimiento de garantizar que -fuese quien fuese el primero que comenzara-, los dos rivales quedarían destrozados y no habría ganadores, aunque sí dos vencidos (más bien aniquilados).
Así, la seguridad dependía de un equilibrio de Terror Nuclear. La paz estaba garantizada. Una paz tensa y helada, sí, pero paz al cabo.
El asunto marchaba a la perfección, exactamente de la misma forma en que lo hacen los Matrimonios Duraderos, pensaba Jorge.
Mientras Carmen -su ex mujer- y él practicaron una política MAD matrimonial, la cosa funcionó. Desde luego que funcionó. Hasta que una de las partes cambió, y la situación se desestabilizó por completo. Fue su doméstica caída del Muro de Berlín conyugal. Entonces quedaron a la vista las atroces consecuencias del tirante arreglo: un matrimonio deshecho, un carísimo e inmediato divorcio y miles de rencores a punto de explotar, como armas nucleares desperdigadas a lo largo y ancho del planeta esperando caer el día menos pensado en las nerviosas manos de algún megalómano loco y… probablemente eslavo.
Pensó en Jorgito con ternura y desazón. Porque, claro, lo peor de todo es que en medio de aquel cataclismo hogareño estaba Jorgito.
Volvió al salón.
Agarró de nuevo el teléfono, que había dejado sobre la tele, y marcó el número de su ex.
– Hola, soy yo -dijo.
– ¿Y quién eres tú? -preguntó Carmen.
– ¿Quién voy a ser? ¡Soy Jorge! Yo pago la hipoteca de la casa donde vives, ¿te acuerdas?
– Ah, hola.
– ¿Dónde está Jorgito? -quiso saber Jorge. Había un recelo envidioso en su voz.
– Está afuera, jugando -le explicó Carmen pacientemente.
– ¿Afuera? ¿Qué quiere decir «afuera»? ¿Fuera de qué?
– Afuera. En el jardín.
– ¿En el jardín? -Estaba horrorizado. Miró los cristales de la única ventana de su salón, que la lluvia azotaba con fiereza en esos momentos-. ¿No has visto las noticias? -Se acercó a la ventana, escandalizado-. Vientos de sesenta nudos en las Rías Bajas. Lluvias torrenciales y cúmulos tormentosos por aquí y por allí. ¡Por todos lados!
– ¿Las Rías Bajas no estaban en Galicia o por ahí? -dudó Carmen-. Te recuerdo que nosotros vivimos en las afueras de Madrid, a las orillas del Jarama.
– Pero, pero, pero… ¿No está lloviendo ahora por ahí?
– Sí, un poco.
– ¿Cuánto de poco?
Carmen parecía molesta.
– ¡No sé!, pues un poco.
– ¿Y dejas que Jorgito salga de noche, con lo que está cayendo? ¡Pillará algo!
– A él le gusta retozar entre el césped, ya lo sabes.
– Me da igual si le gusta o si no le gusta. Hace viento y frío, está lloviendo y no debería salir de casa a estas horas. Espero que cuando me toque recogerlo, el próximo fin de semana, no esté enfermo, porque si no…
– No estará enfermo. No le pasará nada.
– No me puedo creer que le consientas estar a cielo abierto mientras cae el segundo diluvio universal. No me lo puedo creer, Carmen. No me puedo esperar estas cosas de ti. La vida no me ha preparado para esto.
– Quería salir, estaba lloriqueando y yo, sencillamente, le he abierto la puerta… -explicó Carmen.
– ¡Eres increíble! -Jorge estaba enojado-. ¡Tratas a Jorgito igual que a un perro!
El largo suspiro quejumbroso de Carmen le llegó a través del auricular como si acabara de exhalarlo justo al lado de su oreja.
– ¡Pero es que es un perro! -contestó lentamente la mujer.
Jorge estuvo a punto de soltar un aullido.
– ¡Ah!, ¡ya salió aquello! ¿Es eso una excusa, pues? -Agarró con fuerza el aparato y le rugió-. Puede que sea un perro, pero no es un perro cualquiera. Es Jorgito, ¿recuerdas? Nuestro perro. Un westhigland white terrier muy especial. Mi Jorgito. Y si tú no lo tratas como es debido, creo que yo tengo algo que decir al respecto. El juez de familia lo dejó muy claro. Tengo derecho a verlo los fines de semana alternos y la mitad de todas las vacaciones. Puedo decidir sobre cuestiones de importancia referentes a su salud, a su educación y a su alimentación. Y te digo, Carmen, que lo llames ahora mismo y lo metas dentro de casa. ¡Que lo seques y que te encargues de que no se constipe! Estoy en mi perfecto derecho de exigirte que lo hagas. Inmediatamente.
Jorge había conseguido, cuando se divorció de Carmen, que el juez encargado de su proceso de separación le otorgara derechos de visita sobre el perro. (Carmen y él no habían tenido hijos.)
– Está bien -dijo ella-. Lo llamaré ahora mismo. ¿Quieres algo más?
Jorge, de repente, se sintió invadido por un relajamiento espontáneo. Le flojearon las piernas. Estaba cansado, había tenido un día terrible en la oficina. Le dolía la cabeza. Echaba de menos a Jorgito. Y a Carmen, sobre todo a Carmen. Podía imaginarla sentada frente a la chimenea, o estirando las piernas sobre el sofá. Su cara pecosa un tanto adormecida. Sus anchas caderas enfundadas en un pantalón de chándal bien abrigado. Estaba un poco… fondona, de acuerdo, pero es que a él las mujeres le gustaban así. Las prefería cuando se adivinaba en ellas a una matrona luchando por salir ahí fuera, por asesinar a la top model en potencia y reclamar su orondo y fláccido lugar en el mundo. Las prefería mucho antes que a esas otras de pechos siliconados y culo endurecido en el gimnasio. Carmen era ancha y agradable. Acogedora como un buen hogar. Tenía unos dientes blanquísimos que parecían repasados con Tippex todas las mañanas, en vez de enjuagados con dentífrico común y corriente. Era una pelirroja tranquila y llena de curvas que reciclaba el vidrio y el papel y que, cuando llegaba el verano, comía helados, sonreía y disfrutaba de la vida al aire libre.
¡La echaba tanto de menos!
– No, nada -dijo, más tranquilo-. ¿Qué estás haciendo? Si puedo preguntártelo, claro.
– 0h, estaba leyendo un poco antes de acostarme.
– Qué casualidad, yo también estaba leyendo antes de llamarte -mintió él.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué estás leyendo?
– Bueno, pues un libro… -titubeó Jorge-. Una historia. Es algo así como una mujer que encuentra a un tipo estupendo, pero luego él la abandona por otra, y ella se suicida. Aunque también podría interpretarse a la inversa.
– Vaya, qué interesante.
– Sí, sí. Ya lo creo.
– En fin, voy a llamar a Jorgito para que entre en casa.
– Oh, sí. No dejes de hacerlo.
– Buenas noches.
– Sí, claro. -Jorge desconectó el teléfono despacio.
Recapacitó sobre su situación existencial unos segundos.
Él no codiciaba grandes cosas.
Únicamente quería llevar una vida sencilla, llena de pequeños placeres.
Eso era todo lo que siempre había ambicionado. Nada más.
En cambio, tenía un horripilante piso alquilado, una vieja Barbie de cuando Carmen era niña, y una herida puntillosa -difícil de localizar dentro de él-, que parecía infligirse a sí mismo sin descanso.