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El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
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– Que usted supiera, este señor no estaba ni casado ni comprometido, ¿no es así?

Monk lo dijo con una cara muy seria, con la que disimuló en parte su satisfacción.

Scarsdale pareció sorprendido ante su ineficiencia.

– ¿Será posible que no lo sepa?

– Sí, sabemos que no mantenía ninguna relación de tipo oficial -dijo Monk apresurándose a enmendar el error-, pero usted se encuentra en unas circunstancias favorables para saber si existía alguna relación, alguna persona en la que él tuviera… algún interés.

Las comisuras de los gruesos labios de Scarsdale se torcieron hacia abajo.

– Si se refiere a una relación de conveniencia, no estoy enterado, aparte de que las personas de buena cuna no indagan en los gustos personales… o acomodos de otro caballero.

– No, no me refiero a una relación con intereses de tipo económico -respondió Monk no sin una sombra de desdén-, sino a alguna señora a la que pudiera haber… admirado… o incluso cortejado.

La indignación que hizo presa en Scarsdale le hizo subir los colores.

– Que yo sepa, no.

– ¿Era jugador?

– No tengo ni idea. Tampoco yo lo soy, aunque algunas veces juego con amigos, por supuesto, aunque Grey no se contaba entre ellos. No he oído nunca ningún comentario al respecto, si es a esto a lo que se refiere.

Monk comprendió que aquella tarde no le sacaría más y, además, estaba cansado. Por otra parte, su propio misterio personal pesaba como una losa sobre sus pensamientos. ¡Qué extraño que el vacío pudiera ser tan acaparador! Se puso en pie.

– Gracias, señor Scarsdale. Si se entera de algo que pueda arrojar alguna luz sobre los últimos días de vida del comandante Grey o si sabe de alguien que pudiera desearle algún mal, espero que nos lo haga saber. Cuanto antes detengamos al sujeto que buscamos, más seguros estaremos todos.

También Scarsdale se puso en pie, ahora con el rostro tenso ante aquel sutil y desagradable recordatorio del hecho ocurrido en su mismo rellano y que había amenazado su seguridad mientras él estaba en su casa.

– Sí, naturalmente -dijo en tono algo perentorio-. Y ahora, si tiene la bondad de permitirme que me cambie de ropa, tengo que ir a una cena, como ya le he dicho.

Cuando Monk llegó a la comisaría encontró a Evan que lo estaba esperando. Se sorprendió al ver que se alegraba tanto de verlo. ¿Habría sido siempre ahora vivía en el aislamiento del recuerdo, de todo lo que podía haber sido amor o afecto en su vida? ¿No tendría un amigo en alguna parte, alguien con quien hubiera compartido penas y alegrías o cuando menos vivido unas experiencias comunes? ¿No habría habido ninguna mujer, en épocas pasadas si no recientes, algún tesoro de ternura, de risas o de lágrimas? De no ser así, quería decir que era una persona desabrida. ¿No habría tal vez alguna tragedia en su vida? ¿O algún agravio?

Sobre él se cernía la nada amenazando con engullir la precariedad del presente. No le quedaba siquiera el consuelo de la costumbre.

El rostro atento de Evan, todo nariz y ojos, era en extremo afable.

– ¿Ha encontrado algo, señor? Se levantó enseguida de la silla en la que estaba sentado.

– No mucho -respondió Monk con una voz de pronto más alta y firme que lo que justificaban las palabras-. No es probable que pudiera entrar nadie sin ser advertido, a excepción del hombre que visitó a Yeats alrededor de las diez menos cuarto. Dice Grimwade que era un hombre corpulento y que iba muy arrebujado en su ropa, lo que me parece lógico dada la noche que hacía. Según él, lo vio salir hacia las diez y media. Lo había acompañado hasta arriba, pero no lo vio de cerca y no cree que pudiera reconocerlo.

El rostro de Evan denotaba una mezcla de excitación y de decepción.

– ¡Maldita sea! -estalló-. ¿Podría haber sido cualquiera, entonces? -Observó a Monk con rapidez-. Por lo menos sabemos exactamente cómo entró. Esto es importante. ¡Felicidades, señor!

Monk sintió que se le levantaba el ánimo. Sabía que la reacción no estaba justificada porque, en realidad, se trataba de un paso muy pequeño. Se sentó en la silla detrás del escritorio.

– Medía alrededor de metro ochenta-reiteró-. Moreno y quizá con la cara afeitada. Supongo que esto limita un poco las posibilidades.

– Las limita enormemente, señor -exclamó Evan, entusiasmado, volviendo a ocupar su asiento-. Por lo menos ahora sabemos que no se trataba de un ladrón ocasional. Si visitó a Yeats o dijo que iba a visitarlo es porque lo tenía planeado y se había tomado la molestia de estudiar el edificio. Sabía qué otras personas vivían en él. Y, por supuesto, está también Yeats. ¿Lo ha visto?

– No, no estaba, pero me gustaría enterarme de algunas otras cosas sobre él antes de ir a verle.

– Sí, sí, claro. Supongo que, si sabe algo, lo más probable es que lo niegue. -El rostro de Evan reflejaba ansiedad y hasta su cuerpo parecía tenso bajo la elegante chaqueta que llevaba, como si estuviese esperando que sucediese algún hecho repentino allí mismo, en la propia comisaría-. El cochero está fuera de toda sospecha, esto por descontado. Se trata de una persona perfectamente respetable y hace veinte años que trabaja en esta zona, está casado y tiene siete u ocho hijos. Jamás ha habido quejas contra él.

– Sí -confirmó Monk-, Grimwade dijo que no lo vio entrar en el edificio, cree incluso que no bajó del pescante.

– ¿Qué quiere que haga con este Yeats? -preguntó Evan, con una leve sonrisa que le curvó los labios-. Mañana es domingo, no es buen día para visitas.

Monk lo había olvidado.

– Tiene usted razón. Déjelo para el lunes. Hace casi siete semanas que sigue en su casa, no es una pista muy interesante.

La sonrisa de Evan se hizo más franca aún.

– Gracias, señor. Tenía otros planes para el domingo. -Se levantó-. Que pase un buen fin de semana. Buenas noches.

Monk lo vio salir con la impresión de que algo se le escapaba. Era una tontería. Como era lógico, Evan tendría amigos, familia incluso y también cosas interesantes que hacer, quizás una mujer. Jamás se había parado a pensarlo. En cierto modo aquello venía a añadirse a su sensación de aislamiento. ¿Cómo pasaba el tiempo normalmente? ¿Tenía amigos ajenos a su trabajo, algún entretenimiento o pasatiempo? Tenía que haber más cosas debajo del hombre pertinaz y ambicioso que había descubierto dentro de sí hasta el momento.

Seguía hurgando inútilmente en su imaginación cuando oyó unos golpes en la puerta, unos golpes apresurados pero no demasiado insistentes, como si la persona que llamaba desease que no le respondiese para así marcharse sin tener que entrar.

– ¡Adelante! -gritó, con voz estentórea, Monk.

Se abrió la puerta y entró un muchacho robusto. Llevaba uniforme de policía. La mirada era ansiosa pero el rostro agradable y de tinte rosado.

– ¿Qué hay? -preguntó Monk. El joven carraspeó.

– Señor Monk…

– ¿Qué hay? -repitió Monk.

¿Conocía a aquel hombre? A juzgar por su expresión circunspecta, en el pasado debía de existir algún hecho importante para ambos, por lo menos para aquel joven. Estaba de pie en el centro de la habitación, parado pero descargando alternativamente el peso del cuerpo de un pie a otro. La mirada de Monk y su silencio hacían que se sintiera peor.

– ¿Puedo ayudarle en algo? -Monk trató de imprimir un tono afable a su voz-. ¿Tiene algo que decirme?

Habría dado cualquier cosa por recordar su nombre.

– No, señor… quiero decir sí, señor. Tengo que hacerle una consulta. -Hizo una inspiración profunda-. Esta tarde se ha recibido la información de que en casa de un prestamista ha aparecido un reloj… y he pensado que a lo mejor podía tener algo que ver con el caballero que asesinaron… ya que no se le localizó el reloj, sólo una cadena, ¿verdad, señor?

Sostenía en la mano un trozo de papel con una nota escrita con la actitud de quien espera que estalle de un momento a otro.

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