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El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
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– No, gracias. Encontraré el camino.

Subió los peldaños de dos en dos y llegó al final de la escalera justo en el momento en que se cerraba la puerta. Atravesó el rellano a zancadas y llamó con golpes enérgicos. Después de un segundo de vacilación se abrió la puerta. En pocas palabras, Monk dio a conocer su identidad y el asunto que lo había traído hasta allí.

Scarsdale no pareció contento de verlo. Era un hombre bajo y nervudo, cuyo rasgo más favorecedor era un bigote rubio que no armonizaba con el cabello, que empezaba a ralear, y unas facciones anodinas. Iba vestido con elegancia, aunque con un cierto amaneramiento.

– Lo siento, pero hoy no puedo recibirlo -le dijo con brusquedad-. Tengo que cambiarme, porque ceno fuera. Vuelva mañana o pasado mañana.

Monk, que era más fornido que él, no estaba dispuesto a que lo echaran a cajas destempladas.

– Mañana tengo que hacer otras visitas -dijo interponiéndose en el camino de Scarsdale- y necesito que me dé cierta información ahora.

– Pues no tengo ninguna información que darle… -comenzó a decir Scarsdale echándose atrás como si se dispusiera a cerrar la puerta.

Monk dio un paso adelante.

– Sí, por ejemplo el nombre de la muchacha que vino a verle la noche en que el comandante Grey fue asesinado y por qué nos mintió con respecto a ella.

Monk consiguió lo que quería: Scarsdale se había quedado de una pieza. Sin saber qué decir, dudó si marcarse un farol o intentar un arreglo amistoso. Monk lo observaba lleno de desprecio.

– Yo… -comenzó Scarsdale- yo creo que usted no me ha interpretado… Todavía no sabía qué decir. Monk tensó el rostro.

– A lo mejor preferiría que hablásemos del asunto en un lugar más discreto que el recibidor, ¿no?

Echó una ojeada a la escalera y al rellano, al que daban otras puertas… entre ellas la de Grey.

– Sí… sí, supongo que sí. -Era evidente que Scarsdale se sentía muy incómodo y tenía la frente perlada de sudor-. De todos modos no puedo decirle nada que tenga que ver con la cuestión, ¿sabe usted? -Retrocedió hacia el interior de su casa y Monk lo siguió-. La muchacha que estuvo a verme no tiene relación con el pobre Grey y ella no vio ni oyó a nadie.

Monk cerró la puerta de la casa y siguió al hombre hasta el salón.

– Esto quiere decir que usted ya se lo ha preguntado, ¿verdad, señor? -Dejó que su cara reflejase el interés que sentía.

– Sí, en efecto. -Scarsdale estaba empezando a recuperar el aplomo ahora que se veía rodeado de sus cosas.

Encendió la lámpara de gas y subió su intensidad; la luz se reflejaba ligeramente sobre el cuero bruñido, la antigua alfombra turca y las fotografías con sus marcos de plata. Un caballero que departía con un simple agente de policía de Peel.

– Por descontado que, de haber algún detalle que hubiera podido ayudarles en su trabajo, se lo habría comunicado.

Había empleado la palabra «trabajo» con una vaga condescendencia, una alusión al abismo que los separaba. No invitó a Monk a sentarse y también él permaneció de pie, un tanto incómodo, entre el aparador y el sofá.

– En cuanto a esa señorita, ¿la conoce usted bien? -Monk no trató de eliminar el desprecio sarcástico que evidenciaba su voz.

Scarsdale quedó confundido, sin saber si debía mostrarse insultado o mentir, debido a que no se le ocurría nada lo bastante tajante. Optó por lo último.

– ¿A qué se refiere? -preguntó con una cierta altivez.

– A si puede responder de su veracidad -respondió Monk mientras clavaba sus ojos en los de Scarsdale y acompañaba la mirada de una sonrisita irónica-. Dejando aparte su… «trabajo» -con toda deliberación había elegido la misma palabra-, ¿se trata de una persona de absoluta probidad?

A Scarsdale se le encendió el rostro y Monk comprendió que acababa de perder cualquier posibilidad de cooperación por su parte.

– ¡Usted se excede en su autoridad! -le escupió Scarsdale-. Y además, es un impertinente. Mis asuntos particulares no le atañen para nada. Váyase con tiento con las palabras o me veré obligado a presentar una queja a sus superiores. -Después de echar una mirada a Monk, decidió que no sería una buena idea-. La señora en cuestión no tiene motivo alguno para mentir -dijo con altanería-. Vino aquí sola y se marchó sola y no vio a nadie al entrar ni al salir, salvo a Grimwade, el portero, lo que usted mismo puede comprobar preguntándoselo a él directamente. Como usted sabe, aquí no entra nadie si él no lo autoriza. -Aspiró ligeramente por la nariz-. ¡Esta casa no es un establecimiento donde se alquilan habitaciones!

Por espacio de un segundo sus ojos se pasearon por el elegante mobiliario para luego posarse en Monk.

– De esto se deduce entonces que Grimwade tuvo que ver al asesino -replicó Monk, sin apartar los ojos del rostro de Scarsdale.

Scarsdale captó la insinuación y palideció. Podía ser arrogante y estar quizá cargado de prejuicios, pero no tenía un pelo de tonto.

Monk aprovechó lo que consideraba su mejor oportunidad.

– Usted es un caballero de posición social similar a la del comandante Grey. -El comentario hipócrita le despertó remordimientos-. Además, es su vecino inmediato. Con seguridad, podría hacerme algún comentario acerca de su persona, ya que no sé nada de él.

Scarsdale pareció contento de cambiar de tema y, pese a su irritación, parecía halagado.

– Sí, por supuesto -admitió él rápidamente-. ¿No sabe nada de él?

– Nada en absoluto -admitió Monk.

– Era un hermano menor de lord Shelburne, ¿sabe usted? -Los ojos de Scarsdale se dilataron y por fin decidió desplazarse hasta el centro del salón y sentarse en un sillón de madera tallada y respaldo duro. Con un gesto vago del brazo autorizó a Monk a hacer lo propio.

– ¿Ah, sí?

Monk escogió otro sillón de respaldo duro para no estar a un nivel inferior al de Scarsdale.

– Sí, por supuesto, una familia muy antigua -explicó Scarsdale con fruición-. Lady Shelburne, viuda de lord Shelburne, era la hija mayor del duque de Ruthven… o eso creo. Si no era ese ducado era otro de nombre parecido.

– Hábleme de Joscelin Grey -le recordó Monk.

– ¡Ah, era un tipo muy cordial! Fue oficial en Crimea, no me acuerdo de qué regimiento, pero sé que poseía un brillante historial militar -asintió vigorosamente-. Creo que me dijo que lo habían herido en Sebastopol y había pasado a la reserva. Tenía una ligera cojera, el pobre, aunque no lo afeaba, si quiere que le sea franco. Era muy bien parecido y tenía un gran encanto, gustaba mucho a la gente, ¿sabe usted?

– ¿La familia es rica?

– ¿Los Shelburne? -A Scarsdale pareció divertirle la ignorancia de Monk, se veía que estaba recuperando su aplomo-. ¡Y tan rica! Pero supongo que usted ya lo sabe… bueno, quizá no. -Miró a Monk de arriba abajo con aire despectivo-. Por supuesto que todo el dinero fue a parar al hijo mayor, el actual lord Shelburne. Ya se sabe, siempre ocurre igual, toda la fortuna es para el hijo mayor, incluso el título. De este modo no se fragmenta el patrimonio, de lo contrario quedaría todo desperdigado, ¿comprende usted? La propiedad perdería todo su poder.

Monk reprimía el deseo de demostrarle que no necesitaba lecciones y de que estaba perfectamente al corriente de las leyes que rigen la primogenitura.

– Sí, gracias. ¿De dónde procedía el dinero de Joscelin Grey?

Scarsdale agitó las manos, pequeñas pero con gruesos nudillos y uñas muy cortas.

– Pues de ganancias de negocios, supongo. No creo que tuviera mucho dinero, pero tampoco estaba necesitado. Siempre iba muy bien vestido. La indumentaria de una persona dice mucho de ella, ¿sabe usted?

Volvió a mirar a Monk torciendo ligeramente los labios, pero al percatarse de la calidad de la chaqueta de Monk y de la porción de la camisa que quedaba a la vista cambió de opinión y sus ojos reflejaron cierta confusión.

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