El Rostro De Un Extraño
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:
¿O no sería, más bien, que se le presentaban recuerdos mezclados, distorsionados, como ocurre en los sueños? ¿Sería que estaba recordando jirones del dolor y del miedo que había sentido cuando el coche se volcó sobre él, derribando, aprisionándolo, y que oyó el grito de terror cuando cayó el caballo y el cochero salió proyectado de cabeza y murió estrellado contra las piedras de la calle? Debía de haber experimentado un miedo violento y, en el instante antes de quedar inconsciente, debió de sentir el dolor agudo y cegador que se produce en los huesos al fracturarse. ¿Era eso lo que había sentido? ¿Podía ser que no tuviera nada que ver con Grey, sino con sus recuerdos, simplemente un destello, una sensación, la violencia de unas impresiones mucho antes de que recobrara la claridad de la percepción real?
Debía averiguar más cosas acerca de sí mismo, qué había hecho aquella noche, adonde iba o de dónde venía. Qué clase de hombre había sido, qué personas le interesaban, a cuáles había agraviado o a quién debía algo. ¿Qué cosas le importaban? Todos los hombres tenían relaciones, todos los hombres tenían sentimientos, ansias incluso; los seres humanos despertaban pasiones en otros seres humanos. ¿No tenía que haber en algún sitio alguna persona que abrigase sentimientos con respecto a él, sentimientos que no tuviese que ver con la rivalidad y el resentimiento profesional? No era posible que hubiera sido tan negativo ni que careciese hasta tal punto de objetivos que en toda su vida no hubiera dejado huella alguna en ningún otro ser.
Tan pronto como quedara libre de sus obligaciones, debía dejar a un lado a Grey, abandonar la reconstrucción pieza por pieza de la vida de aquel hombre, reunir las escasas claves que tenía de la suya propia y juntarlas una por una con toda la pericia de que fuera capaz.
Grimwade seguía esperando, observándolo lleno de curiosidad, consciente de que por un momento había dejado de ser objeto de su atención.
Monk volvió a mirarlo.
– ¿Y bien, señor Grimwade?-dijo con repentina suavidad-. ¿Qué otras mujeres hubo?
Grimwade confundió aquel tono de voz más bajo con una nueva amenaza.
– Una fue a ver al señor Scarsdale, señor, aunque él me pagó con generosidad para que no lo dijera.
– ¿A qué hora llegó?
– Hacia las ocho.
Scarsdale había dicho que había oído a alguien a [as ocho. ¿Se refería, quizás, a la mujer que había ido i verle a él, tratando así de cubrirse las espaldas por si la hubiera visto alguien?
– ¿Subió usted con ella? -dijo Monk mirando a Grimwade.
– No, señor, puesto que sabía que ya había estado aquí con anterioridad y que también conocía el camino. Además, yo sabía que el señor la estaba esperando.
Lo miró de reojo, con aire de complicidad, una mirada de hombre a hombre. Monk se dio por aludido.
– ¿Y la persona que vino a las diez menos cuarto? -preguntó-. Me refiero al visitante del señor Yeats, según información de usted mismo. ¿También conocía el camino?
– No, señor, subí con él porque no conocía mucho al señor Yeats y no había estado nunca en la casa, así se lo dije así al señor Lamb.
– Ya comprendo. -Monk se abstuvo de hacer ningún comentario negativo por la omisión de la muerte que había ido a ver a Scarsdale. Si seguía acosándolo frustraría sus propósitos-. ¿O sea que usted subió con dicho señor?
– Sí, señor -dijo Grimwade con firmeza-. Y vi cómo el señor Yeats le abría la puerta y lo hacía pasar.
– ¿Qué aspecto tenía el hombre? Grimwade frunció los ojos.
– Pues era un hombre alto… corpulento y… -De pronto, puso una cara compungida-. ¡No irá l suponer que fuera él quien lo hizo! -Lanzó un lento suspiro y con los ojos muy abiertos continuó-: Ahora que lo pienso… podría haber sido él…
– Sí, podría ser… -admitió Monk con voz precavida-. Cae dentro de lo posible. ¿Lo reconocería si volviera a verlo?
Grimwade puso cara de profundo abatimiento.
– ¡Ay, señor, en esto me ha cogido! No creo que pudiera reconocerlo. Mire usted, no lo vi de cerca cuando estuvo aquí abajo y, al subir las escaleras, yo no tenía en la cabeza otra cosa que el piso al que iba porque estaba muy oscuro. Estaba cayendo un chaparrón terrible y el hombre llevaba un abrigo grueso. Era una de esas noches en que la gente lleva el cuello del abrigo levantado y las alas del sombrero bajadas. Creo que era moreno, es lo único que podría asegurar, porque suponiendo que llevase barba, no debía de ser muy abundante.
– Lo más probable es que llevara la cara afeitada y quizá tenía la piel oscura. -Monk procuraba disimular la contrariedad que dejaba traslucir su voz. No quería que la irritación que sentía empujase al hombre a decir cualquier cosa con tal de complacerle, a lo mejor algo que no era verdad.
– ^-Era un hombre corpulento, señor -le dijo Grimwade en tono esperanzado-, y alto, un metro ochenta por lo menos. Esto ya descarta a bastante gente, ¿verdad?
– Sí, sí, por supuesto -admitió Monk-. ¿A qué hora salió?
– Lo vi salir por el rabillo del ojo, señor. Serían alrededor de las diez y media, o un poco antes, cuando pasó por delante de mi ventanilla.
– ¿Por el rabillo del ojo? ¿Está seguro de que era él?
– Tenía que ser él porque no lo había visto salir antes ni tampoco lo vi salir después y tenía el mismo aspecto. Llevaba el mismo abrigo y el mismo sombrero, era de la misma altura y del mismo peso. Aquí no vive nadie de esas trazas.
– ¿Habló usted con- él?
– No, parecía que tenía prisa. Con seguridad tendría ganas de llegar a su casa. Hacía una noche de todos los demonios, tal como le he dicho antes, señor, una noche que no era buena ni para los hombres ni para los animales.
– Ya lo sé. Gracias, señor Grimwade. Si recuerda alguna otra cosa, dígamelo o deje aviso a mi nombre en la comisaría. Que pase usted un buen día.
– Lo mismo digo, señor -dijo Grimwade con inmenso alivio.
Monk decidió esperar a Scarsdale, en primer lugar, para echarle en cara su mentira con respecto a la mujer y, en segundo lugar, para tratar de saber algo más acerca de Joscelin Grey. Se dio cuenta no sin una cierta sorpresa que apenas sabía nada de la víctima, salvo cómo había muerto. La vida de Grey era una hoja tan en blanco como la suya propia, Grey era una sombra circunscrita por unos cuantos detalles físicos, sin color o entidad suficientes para despertar amor u odio. Estaba fuera de duda que la persona que había golpeado a Grey hasta matarlo sentía mucho odio. Y no sólo lo había golpeado hasta matarlo sino que había seguido haciéndolo después de muerto. ¿Con qué propósito? ¿Había quizás algo en Grey que, de manera inconsciente o deliberada, hubiera podido generar tanta pasión, o sólo había sido el catalizador de algo que él ignoraba… y también su víctima?
Volvió a salir a la plaza y buscó dónde sentarse, para contemplar desde allí la entrada de la casa número seis. Scarsdale tardó más de una hora en llegar, ya empezaba a anochecer y hacía cada vez más frío, pero Monk consideró que valía la pena esperar. Lo vio llegar. Venía andando y Monk lo siguió a unos pasos de distancia; en el zaguán de la casa, preguntó a Grimwade si se trataba, en efecto, de Scarsdale.
– Sí, señor -dijo Grimwade en contra de su voluntad, pero a Monk no le interesaban las inquietudes del portero.
– ¿Me necesita para que lo acompañe?