Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– ¡Cogedlo! -exclamó una voz que venía de más lejos.
Morgennes no lo pensó dos veces y salió a escape en dirección al campamento de los zakrad. Su jefe, Matlaq ibn Fayhán, había sido el primero de todos los nómadas en seguir a Saladino. Era un hombre justo y bueno, o al menos tenía esa reputación.
– ¡Es un espía de los zakrad! -gritó otra voz.
Una intensa agitación se propagó por el campamento de los maraykhát. Morgennes corrió tan deprisa como pudo, con una horda de perseguidores pisándole los talones. Podía oír cómo vociferaban, se atrepellaban y desenvainaban sus armas. A aquel escándalo pronto se añadió un ruido de caballos: una decena de jinetes galopaban tras él. Sacando fuerzas de flaqueza, Morgennes aceleró el paso y se precipitó hacia una tienda inmensa donde ondeaba el estandarte de los zakrad.
La irrupción de centenares de maraykhát entre los adiestradores de aves no pasó inadvertida. Sin preocuparse por aquel individuo con la cara envuelta en un pañuelo, numerosos zakrad corrieron hacia los bárbaros para expulsarlos, porque aquellos dos pueblos se odiaban. Mamelucos montados en recias cabalgaduras trataron de separar a los beligerantes, y al ver que recibían golpes de ambos lados, hicieron restallar sus látigos. Locos de rabia, los maraykhát se lanzaron contra ellos para derribarlos de la silla. Se entabló un cuerpo a cuerpo brutal, se enarbolaron armas y corrió la sangre.
De pronto un grito estridente resonó en el cielo, y un relámpago azul grisáceo golpeó a uno de los maraykhát en el pecho. El hombre se llevó la mano al corazón y la miró. Estaba manchada de una sangre espesa. No tuvo tiempo de sorprenderse y se derrumbó muerto. Los aullidos se hicieron ensordecedores, y un nuevo grito llegó del cielo.
Un halcón peregrino trazaba círculos bajo la bóveda celeste y escrutaba la tierra con sus ojos de oro. El ave abrió el pico, en busca de una nueva presa, extendiendo sus alas por encima de los combatientes. Generalmente aquellos pájaros no volaban de noche. ¿Estaría encantado el halcón?
Los zakrad enmudecieron. Los maraykhát se miraron con inquietud y volvieron a su campamento. Morgennes, que se había ocultado en medio de una hilera de caballos trabados, esperó un rato para hacerse olvidar. Estaba recuperando la respiración cuando escuchó un tintineo de campanillas. ¿De dónde procedía? No lejos de él, rodeada por una decena de tiendas más pequeñas, se veía una gran carpa de tela cuadrada: probablemente la tienda de Matlaq ibn Fayhán. Una ráfaga de viento levantó la cortina de pelo de camello de la entrada y dejó a la vista una mesita baja con unos vasos encima, y también una garrafa de cristal. Luego la cortina volvió a caer. El corazón de Morgennes se puso a palpitar con violencia. A unos pasos tenía con qué apagar su sed. «Demasiado fácil», se dijo.
Se escuchó de nuevo el tintineo. Morgennes volvió la cabeza y vio acercarse a una joven montada en una camella. El animal, originalmente blanco, había sido embadurnado de negro con el hollín recogido de la base de un caldero. Sobre el pecho llevaba una campanita de bronce que sonaba al ritmo de su marcha bamboleante.
La túnica de la camellera era de seda negra y brillaba en la oscuridad. La tela reflejaba todo lo que refulgía alrededor: resplandores de braseros o de antorchas, que se consumían en sus pliegues.
El pájaro de presa chilló otra vez. La joven levantó la mirada, lo buscó entre las estrellas y, cuando lo hubo descubierto, tendió el brazo. El ave se lanzó en picado hacia ella y se posó sobre el puño cerrado, abrazándolo con delicadeza. Su ama le habló entonces en una extraña lengua, hecha de sones guturales y notas agudas, de silbidos y susurros. El halcón la escuchaba inclinando la cabeza, y respondía a veces, tan dócil como un canario. La joven y el pájaro se entendían tan bien que parecían de la misma raza, de la misma sangre.
El viento expulsó las nubes y una claridad lunar los iluminó con un aura vaporosa. La campanita resonó por tercera vez. Morgennes tenía la impresión de asistir a una ceremonia religiosa y de estar, violando un interdicto. Aprovechando el retorno de las nubes, se deslizó a escondidas al interior de la tienda de Matlaq ibn Fayhán.
La tienda era profunda, con un mástil de marfil en el centro. Una luminaria en forma de palmera difundía una luz cobriza. El mobiliario era sencillo: algunos cojines bordados, una mesa baja, un arca, un biombo. Todos decorados con versículos del Corán. El biombo estaba compuesto por tres paneles de boj esculpidos: unos soberbios grabados representaban un águila gigantesca, el pájaro Roc, cuyas hazañas se relataban en Las mil y una noches. En uno de los paneles, el pájaro Roc transportaba a un elefante por los aires para abandonarlo en la cima de la montaña más alta de Arabia.
Cuando Morgennes entró, un pavo real que hacía la rueda plegó su cola y, con un graznido, huyó hacia el fondo de la tienda, lanzando reflejos coloreados sobre la tela. Aquella imagen reavivó la sed de Morgennes. Sus ojos no se apartaban de la garrafa de cristal. Tenía tanta sed que un frasco de alcohol de lana hubiera sido ambrosía para él. Morgennes cogió la garrafa y la inclinó hacia uno de los vasos. ¡Vacía! Su mano empezó a temblar. Poco faltó para que retorciera el cuello al pavo real y se saciara con su sangre. Sentía unas ansias asesinas que no podía explicarse. Miró los vasos; también estaban vacíos. Rabioso, barrió la mesa con el dorso de la mano. Vasos y garrafa se rompieron contra el suelo en medio de un silencio absoluto. Las espesas alfombras de lana habían amortiguado la caída.
Un ruido atrajo su atención: llegaba gente. Morgennes se deslizó precipitadamente tras el biombo, donde se había refugiado el pavo real, y un hombre con una voz que le era conocida invitó a una mujer a entrar en la tienda.
– Me envía a Bagdad con una camella cargada de trofeos -dijo la mujer en árabe, con un ligero acento franco-. Quiere que convenza al califa de que le envíe nuevas tropas, dinero y víveres. Si no, dijo, será toda la Umma la que se vea condenada a la desaparición, vencida por los francos.
– Me sorprendería mucho -replicó Taqi-. Los francos están demasiado atrapados en sus propias disputas para preocuparse por nosotros. No se moverán.
– Desengáñate -replicó la joven en tono disgustado-. Cuando sepan que la Santa Cruz está en vuestras manos, miles de soldados realizarán la travesía para acudir en su socorro.
– ¡Que vengan! Los venceremos, y luego iremos a llevar la palabra del Profeta hasta vosotros. París tendrá por fin su catedral, ¡pero será una mezquita!
Morgennes, que los había observado por una rendija del biombo, había reconocido a la joven del halcón peregrino y a Taqi ad-Din, el sobrino de Saladino. Sorprendido de volver a verlo, atribuyendo a la providencia el hecho de haberlo encontrado con tanta frecuencia en su camino, Morgennes pensó por un instante en salir de su escondite. Pero ya la joven volvía a tomar la palabra. Había visto los vasos en el suelo.